No quiero que mis hijos hagan deberes en infantil, porque la que los tiene que hacer soy yo
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Mi hijo mayor tiene 5 años y va a segundo de infantil. Como se trata de educación que todavía no es obligatoria, yo siempre había pensado que era más laxa: jugar y aprender algo (jugando). Pero, mayoritariamente, jugar.
Recuerdo que en mis tiempos, hace ya casi 40 añazos, aprendíamos a leer en primaria y con calma. Así que el primer año de infantil, cuando mi hijo empezó a recitarme y escribir las vocales, me alucinó. ¡Superdotado! (o, altas capacidades, como lo denominan ahora). Pues no, todos los niños de su clase se sabían las vocales al dedillo.
Al ir avanzando el curso, lo hicieron también las letras y empezaron las primeras consonantes, el abecedario y… ¡Los trabajos para casa! ¡Para casa!
Estos primeros años deberían servir para que jueguen, exploren y se desarrollen social y emocionalmente. Van a tener una vida entera para trabajar, así que ahora es momento para ayudar a los niños a ir encontrando su yo y no a llevar la mochila cargada como si se fueran a ir de vacaciones.
Siempre había dicho que jamás iba a hacerles los deberes a mis hijos. ¿No querías? ¡Pues toma dos tazas! Y no es que mi hijo sea un vago, ¡es que tenía 3 años su profesora pretendía que hiciera algo relacionado con la prehistoria! Tiré de fotocopia de mamut, lo recorté y le di a mi vástago trozos de telita para ir pegándola como si fuera el pelo del animal. Pero, vamos, que lo gordo lo hice yo.
Después, le tocó hacer otro sobre las estaciones y su evolución. Los dibujos los hice yo y él coloreó, como pudo, el otoño, el invierno, la primavera y el verano. ¿Porcentaje del trabajo de mi hijo? Más o menos un 40 por ciento.
Llegaron los carnavales y con ellos el mayor chasco de la historia infantil. Cada niño tiene sus gustos: súper héroes, princesas, dinosaurios… Pues no, señoras, en el colegio de mis hijos la temática del curso pasado fue el cine. La clase de mi hijo tenía que ir de ¡palomita!. Y no era lo peor: había clases-butaca, clases-claqueta, clases-entrada… Vamos, que la esencia del carnaval de salirte de tu propia piel y meterte en un rol ajeno pero deseado, se fue al traste. Hacer ese disfraz sí que fue para nota. Y, oiga, que ni tan mal (otra vez gracias a Pinterest y a mi señora madre, que me enseñó a coser en caso de necesidad extrema).
Acabó el curso con muchos trabajos de ese estilo. Al menos, uno al mes para que “pasáramos tiempo de calidad con nuestros hijos”. Por ahí ya no entro, señora (y eso que yo también soy profesora de secundaria). ¿Es tiempo de calidad estresar a los padres con trabajos que no pueden hacer los hijos de manera autónoma? Somos más de irnos al parque, salir a jugar al fútbol, hacer un puzzle, leer un cuento o pintar lo que le salga a mis hijos del alma: me da igual que sea un Goku, que un Picachu o una Blancanieves. ¡Pero que elija él!
Este año hemos sido muchos los que nos hemos quejado. Es cierto que hay que fomentar el esfuerzo, el trabajo, la disciplina y la constancia a los niños, pero siempre en la medida de sus posibilidades. Que un niño pinte un dibujo o lo haga es viable, pero que te haga un mural sobre el hábitat, la alimentación y el tipo de ser vivo de un cocodrilo es un trabajo que nos guisamos los padres, nos lo comemos y le damos las sobras a un pobre niño que, aunque ya sabe escribir su nombre, prefiere pasar las tardes montando en bici.
¿Me niego a que mis hijos hagan trabajos de manera puntual? ¡En absoluto! Y, sobre todo, cuando tienen una finalidad didáctica definida. Sin embargo, sí me niego a hacérselos yo y a que estos estén fuera de su alcance. Primero, porque no es un tiempo de calidad y, segundo, porque les genera frustración: tener que llevar a clase un trabajo que no has hecho (en gran medida) es como que te den la enhorabuena por la tortilla del Mercadona.
