Para conocer a alguien, valga la redundancia, es necesario conocerse. En la primera cita solemos mostrarnos de la manera más agradable posible. Suele ser un escaparate para tantear a la otra persona, a la vez que para dejarnos ver. Intentamos mostrar nuestra mejor versión, a veces a riesgo de olvidar parte de nuestra autenticidad.

Aunque queramos lucir nuestros rasgos más deseables y atractivos, no podemos obviar lo que de verdad nos importa. Por supuesto, también depende de la profundidad de conexión que busquemos y la importancia que demos a ciertos valores. Puede que para una noche te dé igual o que “aunque estés en mala racha no te tires a un facha”.

En mi caso, aunque haya intentado mostrar mi mejor cara, he aprovechado la primera cita para “abrir melones” e identificar “red flags”, como mucha otra gente. Si algo me olía raro, tampoco necesariamente me proponía educar a la otra persona ni iniciar un debate que no iba a llevar a ningún sitio. 

Realizaba un sondeo amigable, sin juicios, como una entrevista de trabajo emocional, por así decirlo. Del mismo modo que yo me exponía para darme a conocer, también buscaba en la mirada y la mente de la otra persona para saber con quién estaba hablando, qué podía darme y qué no. 

Por un lado está la compatibilidad basada en intereses. Alguna vez he sido tan superficial como para descartar a alguien con hobbies y aficiones muy distintos a los míos, sin ser esto necesariamente malo. Al final buscamos una conexión, y el equilibrio perfecto entre “tenemos mucho en común pero puede aportarme algo nuevo y diferente” es difícil de encontrar.

Teniendo un mínimo de compatibilidad, es para mí el momento de “abrir melones”. Todos tenemos opiniones, experiencias e ideologías que definen nuestra identidad. Si bien hay gente que juega esa primera cita como un comodín, intentando agradar siempre a la otra persona, siento que este enfoque acaba siendo el del Lobo Feroz disfrazado de Caperucita Roja.

En una relación del tipo que sea busco autenticidad y una conexión real, como la mayoría de la gente. Por eso he sido siempre fan de las preguntas polémicas en estos encuentros. Si voy a compartir tiempo y energía con una persona, me gusta comprobar que nuestra visión del mundo es compatible (que no idéntica). Desde creencias espirituales o religiosas, sueños y planes para el futuro y hasta opiniones fuertemente arraigadas, me gusta hacerme una idea de quién es la persona que tengo delante.

Todos contamos con un pasado, y algún que otro trauma que seguimos trabajando o arrastrando. Soy el primero al que le siguen atormentando episodios de mi historia antigua o reciente. Igual que trato estos temas con mi terapeuta, también me gusta poder hablarlos y compartirlos con mi entorno. Mentiría si dijera que nunca me ha caído mejor alguien al haberme confesado sus experiencias sufriendo bullying o sus problemas de salud mental. No necesito a alguien que haya pasado por los mismos traumas que yo, pero sí valoro que alguien haya afrontado sus mierdas y podamos apoyarnos mutuamente en vez de arrastrarnos al barro.

Quitando algo de hierro al asunto, me gusta incluir preguntas o temas más divertidos. No todo debe ser serio y el sentido del humor de una persona puede expresar mucho. Premisas como el “¿Qué preferirías…?” pueden ayudar a conocer a la otra persona rebajando la tensión del encuentro. Contar algún chiste e invitar a la otra persona a que lo haga, abriendo la puerta a compartir anécdotas embarazosas, es una manera genuina y agradable de conectar con alguien.

¿Alguna vez has abierto un melón en una primera cita y no ha ido como esperabas? ¿Cuál es el tema más polémico que habéis tratado en un primer encuentro? ¿Qué sería para ti una línea roja que te haría querer dejar de seguir conociendo a esa persona? Os leemos.

 

Javier Vaquerizo