CUIDAR PERROS SENIOR ES PASAR DE NIVEL

 

Siempre he tenido mascotas. Mi vida ha estado permanentemente decorada con pelos en la ropa, huellas en el suelo y seres que te observan fijamente mientras comes, como si no hubieran probado bocado en semanas. Durante muchos años tuve perros y gatos “normales”: llegaban jóvenes, crecían conmigo y compartíamos una vida larga y bastante ordenada. Pero con el tiempo algo cambió dentro de mí. Dejé de buscar comienzos perfectos y empecé a sentirme, sin saber muy bien por qué, atraída por los finales.

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Hubo, en realidad, un primer perro senior antes de que yo supiera que aquello era “pasar de nivel”.

Fue una hembra de dogo alemán que envejeció a mi lado. Su persona favorita —mi exmarido— decidió cambiar de vida, y en ese pack también entraba dejar atrás a la perra. Así que, sin drama y sin duda, me hice cargo de ella. Pasó a ser MI perra, con mayúsculas. Un ejemplar precioso, atigrado, noble y sereno, que cuidó de mis hijos como solo saben hacerlo los perros grandes y viejos: con paciencia infinita y una dignidad que ya quisiéramos muchos humanos.

La acompañé hasta su último suspiro. Y fue entonces cuando entendí algo fundamental: que la muerte no siempre es un fracaso, que huir de ella no la hace menos real y que respetarla y acompañarla es, a veces, el mayor acto de amor que existe.

Después de ella, ya nada volvió a ser igual.

Todo esto se consolidó unos años después, cuando me convertí en mamá de acogida de cuatro minigatos que apenas tenían un par de semanas. No veían, no caminaban y dependían absolutamente de mí. Biberones cada pocas horas, calor constante, estimulación para que hicieran pipí, veterinarios, medicación, socialización… una experiencia agotadora que te hace replantearte todas tus decisiones vitales a las cuatro de la madrugada. Pero también fue preciosa.

Los saqué adelante. Los vi crecer, desarrollar carácter (porque sí, incluso con dos semanas ya lo tienen) y convertirse en pequeños individuos. Y uno a uno, los cuatro fueron adoptados y se marcharon a vivir con sus familias felices. Fue entonces cuando lo entendí: cuando haces acogidas no solo salvas a un animal. Salvas a dos. El que se va a una familia… y el siguiente, que entra en tu casa porque hay un hueco libre. Tu hogar se convierte en una especie de sala de espera entre el abandono y la vida digna.

Durante un tiempo tuve que parar. La vida adulta no siempre es compatible con biberones nocturnos y visitas constantes al veterinario. Así que hice un parón, aunque con la sensación de que aquello no había terminado del todo.

Años después, desplazándome por Facebook —ese lugar donde conviven teorías conspiranoicas y auténticos actos de humanidad— vi una publicación que me removió por dentro. Se buscaba una casa de acogida indefinida para dos carlinos abuelos. No adopción. No fotos bonitas. Solo un sitio donde terminar su vida con dignidad. Y sin pensarlo demasiado, porque pensar mucho a veces estropea las buenas decisiones, me lancé a la piscina.

No los adopté. Fui su casa de acogida. La asociación se hacía cargo de los gastos; yo solo tenía que llevarlos al veterinario y, básicamente, quererlos.

Cuando fui a recogerlos… madre mía. Qué percal.

El macho, dentro de lo que cabe, estaba bastante bien. Pero la hembra… la hembra era otro nivel. Mi pareja la bautizó como The Walking Dog. Era un estropajo de pelo tipo manopla exfoliante, no tenía dientes y se le salía siempre la lengua, caminaba fatal porque las patas apenas la sostenían, solo veía por un ojo y tenía una parálisis facial provocada por otitis no tratadas. Un cuadro clínico con patas. Y con carácter.

Muchísimo carácter.

Vinieron a casa con 10 años él y 12 ella. No sabemos qué parentesco tenían, pero juntos eran un espectáculo. En aquel momento mi manada estaba formada por mi carlina de 8 años y mi “impostor alemán”, un perro de 40 kilos convencido de que era pastor alemán aunque nadie se lo hubiera confirmado oficialmente.

Kira —porque así se llamaba la hembra— se convirtió en la reina de la casa en cuestión de horas. Tenía que comer sola porque si se acercaba otro perro… ataque preventivo. Cuando dormía, el impostor alemán cruzaba el comedor de puntillas, bordeando muebles, como si fuera una misión de alto riesgo. No emitía sonido alguno cuando ladraba, se hacía la sorda profesional y para pasearla acabamos comprándole un carrito con ruedas. Eso sí: lo utilizaba para perseguir perros e intentar morderlos… sin dientes… con unas patas delanteras que parecían entrenadas en crossfit.

A veces estaba dormida en su cama y parecía un angelito. Pasaba su compañero de toda la vida por delante y, de repente, ¡zas!, mordisco a la pierna y al suelo el pobre. Amor a su manera.

Con el tiempo, Kira fue perdiendo movilidad. Arrastraba el cuerpo, así que vivía con pañales. Las infecciones de orina eran constantes. Empezó a desorientarse: ladraba a la basura, a la nevera, a objetos que llevaban años en el mismo sitio, como si acabaran de mudarse. No comía sola, así que le daba comida húmeda con una cuchara. En cuanto notaba la comida en la boca, conectaba. Yo seguía, cucharada a cucharada, y ella comía como si nada. El agua se la daba con una jeringa porque beber por iniciativa propia ya no entraba en sus prioridades.

Ingresó tres veces por pancreatitis. Siempre lo mismo: “pronóstico reservado”. Al día siguiente sonaba el teléfono: “ya puedes venir a buscarla, está comiendo”. Aquella perra era mala hierba. La veterinaria se reía y decía que su supervivencia no se debía a ningún milagro médico, sino a su mala leche. Que mientras siguiera tan enfadada con el mundo, no pensaba morirse.

Pero el cuerpo tiene un límite. Con 16 años, Kira murió en mis brazos. Su vida anterior había sido dura, pero pasó cuatro años siendo feliz. Fue a la playa, nadó, paseó en la cestita de la bici con la lengua fuera por bandera, disfrutando como si el mundo acabara de empezar.

Su compañero se enamoró perdidamente de mi carlina. Los llamamos Marido y Marida. Dormían juntos, se lamían, se buscaban. Mi pequeño osito amoroso murió a los 15 años por un tumor que le causaba muchísimo dolor. Decidimos darle una muerte digna. Murió acompañado, escuchando palabras bonitas que nadie le había dicho antes.

Después llegó Coco. A ella sí la adopté, sabiendo que era una abuela. La perdí hace muy poco y todavía me duele decir su nombre sin que se me cierre la garganta. Coco fue un ser de luz. De esos que no hacen ruido, pero lo iluminan todo.

Ahora solo me queda una abuelita. Mi compañera de vida. Mi carlina tiene 16 años. Llegó a mí con menos de un mes y, como se llevaba solo seis meses con mi hija pequeña, decidí amamantarla. Literalmente. Biberón y a seguir.

Ha vivido mudanzas, un divorcio, hijos creciendo, universidades y hasta la llegada del gato de apoyo emocional de mi hijo, que merece un capítulo aparte. Tras un accidente con un pastor alemán perdió la visión de un ojo; en el otro tiene una catarata inoperable. Vive ciega. Lleva pañales porque toma cortisona, tose mucho y a veces tiene ataques de epilepsia. Va siempre con pijamas de algodón porque la hacen sentir segura y, sinceramente, está monísima.

El impostor alemán sabe que la jerarquía ha cambiado. Ahora manda él… o eso cree. Ella ya no necesita mandar. Su lugar está conmigo, en el sofá o en la cama, pegada, respirando tranquila.

Está acabando sus últimos días. Pensarlo duele. Mucho. Pero solo espero poder acompañarla hasta el final, como he hecho con todos los demás. Estar. No soltar. No mirar hacia otro lado.

Porque cuidar perros senior no va de salvar. Va de acompañar.
Y sí, duele. Pero también te enseña algo que no se aprende de otra forma.

Cuidar perros senior es pasar de nivel y entender el amor de otra manera: sin expectativas, sin promesas largas, sin futuro asegurado. Amar desde la presencia, incluso desde el humor cuando todo falla. Un amor más torcido, más real… y profundamente más humano.

 

Parvaty