Siempre que escucho la canción de Mecano, «El 7 de septiembre», recuerdo que yo también vivo una historia parecida, romántica en el fondo, con un ex mío: mi primer amor.

Vaya por delante que estoy felizmente casada, tengo mis hijos y todo está en orden. Pero cuando éramos muy jóvenes, mi primer amor y yo nos hicimos una promesa, y aunque han pasado 25 años, la seguimos cumpliendo, independientemente de que no tengamos trato. Él tiene su vida, me consta que feliz, está casado y tiene hijos también. Supongo que lo hacemos como un guiño cariñoso a aquellos años en los que vivimos cosas juntos tan sumamente preciosas.

Nuestra historia fue como las de los primeros amores de antes, cuando todo se vivía con esa persona con el corazón en la boca: el primer beso, el primer todo. Crecimos juntos. Empezamos siendo adolescentes con 16 años y terminamos siendo “adultos” de 22, ya que ambos tenemos la misma edad.

Tengo cientos de cartas manuscritas, letras de canciones… cuando el mundo era analógico, las historias de amor eran mucho mejores. Para hablar tenías que verte sí o sí. Eso, o que te llamase al teléfono fijo verde de tu casa y ponerte a hablar con tu padre al lado en el sofá.

Todo entonces era una aventura. Lo recuerdo con muchísimo cariño. También recuerdo nuestra ruptura como una hecatombe. Fue demoledor para mí, ya estaba tan hecha a él y a su compañía…

Nos queríamos muchísimo, pero en un momento dado, él se fue a estudiar fuera y nos era imposible seguir. El último año lo llevamos en la distancia, pero aquello era horrible. Nos escribíamos cartas (sí, de correo postal), pero no fue suficiente. El vernos poco, unido a todo el mundo nuevo que se abrió ante sus ojos, hizo que me dejase. Pero antes de eso, nos hicimos una promesa.

Dijimos que todos los 25 de mayo, el día de nuestro aniversario, celebraríamos nuestro amor, aunque pasaran los años y cada uno hiciera su vida por su cuenta. Que no hacía falta hablar para volver a nuestro banco del parque a sentarnos un rato, a la hora que cada uno quisiera. Y que, si ese día estábamos fuera, haríamos saber al otro de alguna manera que lo teníamos en la mente.

Los dos primeros años recibí una carta suya con una foto en otro banco, ya que seguía estudiando fuera. Yo contesté con una foto mía en el nuestro.

Con los años, seguí yendo al banco y me consta que él también. Unas veces lo supe por una figura de origami (le encantaba hacer animalitos de papel), otras porque había escrito “hola” en el albero. Cuando no podíamos ir o estábamos lejos, ya con Messenger, Facebook, WhatsApp o Instagram, nos hacíamos un guiño: una canción, una foto antigua, una frase que sólo entendíamos nosotros…

Este año hubiéramos hecho 25 años juntos, y unos días antes, él rompió el pacto de no hablar para proponerme, por WhatsApp, cenar en una hamburguesería cutre a la que íbamos con 17 años. Acepté. Fue una cena preciosa, donde nos pusimos al día, nos enseñamos fotos de nuestros hijos, y hablamos de lo felices que somos con nuestras parejas. También recordamos historietas juntos y nos reímos muchísimo.

Nos despedimos con un abrazo largo y cariñoso y la promesa de volver a celebrarlo dentro de otros 25 años, cuando hagamos 50 años de “aniversario”, y, si puede ser, cenaremos juntos de nuevo.

Hasta entonces, ya sabemos que, cada 25 de mayo, seguimos teniendo una pequeña cita.