El trabajo de teleoperador, con frecuencia, es ingrato, mal pagado y muy infravalorado para lo duro que es. Sin embargo, a veces, tiene sus pequeñas recompensas. Una de ellas es la de contribuir a la sana educación y transmisión de férreos valores morales a la juventud, como “no le andes tocando las narices a alguien que conoce tu número de teléfono”. Porque, como dice el proverbio, “para educar a un niño hace falta toda la tribu”. 

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En mi caso, me encontraba trabajando un sábado por la tarde (así es el curro en ciertos SAT: madrugadas, fines de semana y fiestas de guardar. Los Vengadores no pringan tanto como un humilde teleoperata) y si los días de diario ya tienes que aguantar a unos cuantos que no saben divertirse y para quienes el punto álgido de su día es insultar a desconocidos a través del teléfono, en findes y festivo esa cantidad se multiplica por cuatro. La parte buena es que, cuando ya llevas un tiempo trabajando y tienes ganada una cierta confianza, te dan una herramienta poderosa. Un programa que permite el acceso a la línea de los teléfonos. 

Cuando un cliente te llama, tú ves su teléfono, sus datos y puedes activar o desactivar los servicios que él te pida. Pero con ese programa ya hablábamos de la usabilidad o inutilidad de una línea. Vamos, que podías dejarle sin línea como quien se rasca un pie. Naturalmente, era algo que era preciso tener y de lo que no se abusaba (entre otras cosas, porque sólo tenían acceso a ello un par de personas en la sala) y si alguien precisaba restablecer la línea o el envío de mensajes a un cliente, ahí estaba yo. Y lo mismo cabía decir si alguien se ponía demasiado tonto. Generalmente, no lo usábamos más que una vez en toda la tarde, porque los estúpidos suelen ser también cobardes y el protocolo era decirles “su llamada impide que podamos a atender a clientes con consultas importantes. Su número es el tal y cual, si detectamos otra llamada, procederemos a cortar la línea”, y ya solían dejar de llamar. 

Bien, era cosa de las cuatro y media cuando me entró la primera llamada con insultos. “Pronto empiezan”, me dije, y mi interlocutora, a juzgar por la voz, tendría unos doce años. Le solté la frasecita de antes, volvió a insultarme y me dijo “si se te ocurre cortarme la línea, puta, voy a hacer que te despidan”. La colgué. Ni cinco minutos después, entró de nuevo (en sábados-festivos suele haber un solo callcenter para toda España, así que es más frecuente que las llamadas se repitan). Tras nuevos insultos le dije que le cortaba la línea en el acto y la dejé con la palabra en la boca. Y como yo siempre cumplo lo que prometo, entré al programa y le casqué una restricción de llamadas y mensajes que le dejó el teléfono hecho un pisapapeles. No podía ni recibir ni hacer llamadas, ni recibir ni mandar mensajes. O sea, que si era un Nokia, le valía para jugar al Serpiente Y YA. 

Varias horas más tarde, como a las nueve, me entró una llamada desde un fijo. Eso era poco habitual porque, para llamar desde un fijo, tenían que usar un número largo en lugar de la numeración corta para clientes y esa llamada era de coste. O sea, que si llamabas de un fijo, te sucedía algo gordo. La señora que habla conmigo, me dice que algo le pasa a su teléfono, que no puede ni llamar ni recibir llamadas. Le pido el número. Y cuando me lo da, pienso “oye… este número a mí me suena”. 

“Lo siento, señora, pero esta tarde se han detectado llamadas desde este número a nuestro SAT que consistían en insultos y descalificaciones graves. Tras advertir a la persona que no podía ocuparnos la línea con llamadas de ese tipo y ver que no desistía, hemos procedido a la desactivación total de la línea” (sí, nos hacían hablar así). 

“¿Que han usado mi teléfono?” dice la señora. O era una actriz fabulosa, o realmente la noticia le pillaba de nuevas. Y la oigo que grita “¡Menganitaaaaaaaaaaa!”. Y la conversación que me llegó del teléfono fue tal que así:

—A ver, ¿tú has usado mi teléfono esta tarde? ¿Para insultar y hacer el mono?

—Yo, mamá…

—¿Tú has usado mi teléfono? ¡¿Tú has usado mi teléfono SÍ O NO?! 

—¡Quijí… Guaaaaaaaaaa…! 

Cuando la mujer volvió a hablarme a mí, me pidió perdón y me aseguró que no volvería a dejar el móvil al alcance de su hija. “No se preocupe, eliminamos la restricción de la línea. En unos quince minutos la tendrá restablecida”, contesté. No creo que a la criaja le quedasen ganas de repetir un insulto telefónico en toda su -espero- larga y próspera vida. 

Delice.