Un día saliendo del trabajo me encontré un papelito en el parabrisas. Primero pensé que era una multa, pero no tenía mucho sentido, porque aparco en el aparcamiento de trabajadores de mi empresa. Y siempre estaciono bien, respetando las líneas en el suelo y los coches cercanos.
Lo desdoblé y había escrito unos versos de una canción de Joaquín Sabina que me encanta. No había firma, ni nombre ni nada más. Sólo un trozo de una canción. Metí el papelito en el coche y me fui para casa.
El día siguiente, en la pausa del café, en el trabajo, lo comenté y un par de compañeras me dijeron que a ver si me había salido un pretendiente, un admirador secreto. A mí me pareció una chorrada porque ni siquiera tenía la certeza de que el mensaje fuse dirigido a mí. Que sí, que yo soy una fan enloquecida de Sabina pero esa canción es muy bonita e igual le puede gustar a mucha gente. Yo no le di más importancia.
Unos días después, volví a encontrar otro papelito en mi parabrisas. Otro trozo de otra canción de Sabina. Y otra vez sin firmar y sin nada más que pudiese darme una mínima pista de quién podía ser el remitente. Pero la verdad, me hizo sonreír. Estamos tan “contaminadas” por películas, series y libros romanticones, que me pareció bonito que alguien se tomase la molestia de dejarme notitas con canciones que me encantan. Porque incluso se había preocupado de enterarse de que me gusta ese cantante, aunque no creo que nunca lo haya escondido.
El tercer papelito ya me empezó a mosquear. Porque, además de otro trozo de otra canción de Sabina, me decía que hoy estaba muy guapa y que le gustaba mucho el color verde del vestido que llevaba puesto, porque es el color de la esperanza. Efectivamente, llevaba un vestido verde.
El cuarto papelito me decía que estaba reuniendo el valor para pedirme salir a tomar un café, porque sabía lo mucho que me gusta el café. Estos papelitos ya me estaban mosqueando y empezaba a mirar a mis compañeros de manera diferente, con recelo, me hacían estar en alerta a ver si descubría quién era el autor de las notas. Porque tenía que ser del trabajo. Aparecían en el aparcamiento del trabajo, mientras duraba mi jornada laboral y hacía referencia a conversaciones que tenía allí dentro.
El siguiente mensaje me asustó un poco porque me preguntaba si tenía que ser tan amable con los clientes, cuando él se estaba tomando tantas molestias en ser romántico conmigo.
Así que harta del tema, y aconsejada por una compañera, me fui a Riesgos Laborales a informar de lo que me estaba pasando, porque me estaba empezando a sentir acosada.
Después de unos días de vigilancia discreta del aparcamiento, han pillado in fraganti a un compañero dejándome una nota en el coche. Con la amenaza de expedientarlo, le han hecho prometer que no volverá a dejar ningún papelito a nadie nunca más. Porque a la mínima que alguien vuelva a informar de un nuevo mensaje, se le despedirá y se le denunciará por acoso.
Se ha acojonado tanto que ha venido a pedirme disculpas y a jurarme que nunca más lo volverá a hacer. Que sólo quería ser detallista.
Por ahora, aunque sigo un poco paranoica, lo he dejado pasar. Cero contacto con “Míster Detallista” y a seguir con mi vida.
Anónimo
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