La rebelión de los yayos
Todo sucedió una mañana de diciembre que tenía yo que hacer unas gestiones en el banco, sin haber tenido en cuenta de que era día de cobro y paga extra de las personas jubiladas… Voy bien temprano, para no perder mucho el tiempo, ya que tenía que entrar a trabajar más tarde, y me encuentro una cola fuera del banco que parece la de un casting de Operación Triunfo Senior (¿Duermen allí los jubilados la noche antes del ingreso de la pensión?) Me da un micro infarto, hasta que me doy cuenta que la cola es para el cajero. Respiro… Pero por poco tiempo, lo que tardo en llegar a la puerta del banco. La oficina por dentro parece una lata de sardinas. Por lo menos 20 abuelos dispuestos a cobrar pensión y paga.
Pido la vez. Voy detrás de un señor mayor con una camisa blanca. Detrás de mí viene otro señor mayor con una gorra y sus dos nietas, una de ellas en un carrito viendo la vaca Lola a un volumen que rozaban los decibelios permitidos por la Organización Mundial de la Salud. Justo detrás de este señor entra otro, al que parece faltarle una “papa pal kilo” y me pide también la vez:
– ¿Voy detrás tuya?
– No, detrás de este señor.
– Ah, tú va detrás de este señor y yo detrás tuya.
– No, yo voy detrás del señor de la camisa blanca, usted va detrás del señor de la gorra.
– Ah, de la gorra.
– Si, de la gorra.
Se elimina la sospecha, no parece, le falta una papa pal kilo.
A esto que en entre todo el follón de gente (porque eso estaba lejos de ser una cola ya) veo a una conocida (en adelante Fabi) y como veo que esto va para rato, me voy a hablar con ella.
Y sigue entrando gente pidiendo la vez. El de la papa me vuelve a preguntar si va detrás de mí: «no caballero, usted va detrás del señor de la gorra». Y sigue entrando gente pidiendo la vez y hacinándose en la oficina. Aquello ya estaba más cerca de ser el centro de Málaga en Navidad que una sucursal del banco.
El señor de la gorra y las nietas me dice que va a salir un momento al cajero. El de la papa feliz:
– Ahora si voy detrás tuya.
-A ver, que el hombre ha salido el cajero, que si viene, sigues yendo detrás de él, y si no viene entonces sí, vas detrás de mí.
– Vale, detrás de ti.
Ojú qué pereza… Yo ya paso.
Sigue entrando gente preguntando quién es el último para caja y el de la papa sigue con su retahíla, liándola de tal forma que todos me preguntan a mí el orden. Yo, que sigo al lado de Fabi comentando las jugadas del personal, les digo, para que me deje todo el mundo en paz: «Yo lo único que sé voy detrás de este señor de la camisa blanca, quien vaya antes o después no lo sé, que es lunes y no me he tomado el café todavía». El de la papa intenta establecer el orden sin contar con el hombre de la gorra y las nietas, que estaba fuera y se supone que volvía. Yo sigo hablando con Fabi entre risas y desesperación. La gente ya cree que venimos juntas.
A esto que entre todo el follón, entra un señor pegando voces, con un papel del juzgado en la mano:
– ¿¿¿TO ESTA GENTE HAY??? ¡¡¡¡ESTO ES UNA PANDEMIA!!!! PO A MI ME DA IGUAL, YO TENGO QUE ESTAR A LAS 10 EN EL JUZGADO PORQUE ME HE METÍO EN UN FOLLÓN Y TENGO QUE COBRAR PORQUE NO TENGO DINERO PAL «ORTOBUS». ¡Y SI NO LLEGO, ME METEN PRESO!»
Los abuelos empiezan a murmurar y a poner los tacatacas en posición de ataque. Nos preparamos para la rebelión de los yayos. Termina la señora que está en la caja y el señor, papel en mano enfila el camino a la caja, cual toro de Miura, proclamando a los cuatro vientos que los que estamos allí esperando de hace tres cuartos de hora les sudamos las pelotas llenas de pelos, porque él tiene que cobrar. De repente, una señora que estaba en uno de los asientos se levanta y se dirige también a caja, poniendo el tacataca por lo menos a 30 por hora, llegando los dos casi a la vez a la caja. Empieza entonces un enzarzamiento digno de cualquier debate de salseo televisivo. A mí ya me da igual la hora, el curro y to… Me lo estoy pasando pipa. Me faltan las palomitas.
Mientras el de la caja intenta convencer a la mujer de que haga el favor de dejar cobrar al señor que tiene problemas con la ley, no por compasión, sino para que se vaya pronto y no protagonice otro suceso que le haga tener un segundo problema con la ley, entra el señor de la gorra, con las nietas. La niña del carrito sigue escuchando los cantajuegos al mismo volumen o más que si los estuviera viendo en concierto. El señor de la gorra le recuerda al resto de personas que él iba detrás de mí. Al de la papa le da una embolia:
– Entonces… ¿Ya no voy detrás tuya?
– Verás, que el señor solo salió al cajero, el orden el mismo que al principio, ya se lo dije.
– Entonces vosotras (dirigiéndose también a Fabi) ¿Vais detrás del señor de la camisa blanca y yo detrás de vosotras?
Y pronuncio la frase que puede hacer que todo acabe en tragedia:
– No, ella y yo no venimos juntas.
Al señor de la gorra y las dos nietas le da un síncope: «¿Entonces ahora no vas tú, me queda aún toda esa gente delante?»
El de la papa entra en un bucle infinito: «¿Entonces yo no voy detrás tuya? ¿Y tú entonces detrás de quién vas? ¿Y detrás de quién voy yo? ¿De ella?» (Señalando a Fabi).
A Fabi y a mí nos da la risa… Hasta que miro a mi alrededor para señalar al señor de la camisa blanca y decirle al de la papa que voy detrás de él, pero no lo veo. Me entran los sudores fríos, porque si se me pierde ese hombre yo ya sí que pierdo el rumbo… Hasta que lo veo en una esquina muerto de risa por el panorama. Yo respiro aliviada, lo señalo y le digo al de la papa que voy detrás de él. Y al de la camisa blanca le digo que por favor no se me pierda más porque entonces no salgo de esa oficina en la vida.
El señor con problemas con la ley se va, cobradito y todo.
Los demás protestan, pero por lo bajito, esperando que alguien con la mecha corta salte.
Los que tienen pinta de que iban a saltar no saltan, porque les ha entrado la risa de vernos a Fabi y a mí.
El de la papa sigue preguntándome cada cinco minutos que detrás de quién va él.
El señor que va detrás de mí sigue con sus dos gorras y su nieta… O al revés, yo qué se… Ya me he liado. La nieta ahora se ha puesto en el móvil el gallo no sé qué y tiene a todas las abuelas bailando. Menos a una, que ha sacado un tupper con papeles de colores y unas tijeras y se ha puesto a hacer manualidades (real).
Yo, que además de hablar con Fabi le estoy retransmitiendo todo el suceso a una amiga por Whatsapp, no tengo otra cosa que hacer que poner un audio suyo con el volumen un poco más subido del que me hubiera gustado (pero no tanto como la niña del carrito) y los que están a mi lado se enteran de que mi amiga va para el curro y no le ha dado tiempo de cagar, que a ver cuándo caga ahora. ¡Tierra trágame!
Finalmente me toca… una pena, porque la mañana en aquella sucursal prometía mucho.
Vir Pino

