En el cole de mis hijos llevan uniforme. ¡Con todo lo que yo he protestado por llevarlo, y lo genial que me parece ahora la idea! Se acabó el pensar que narices les pongo el jueves, o si llevar el viernes el mismo modelito que el miércoles estará bien visto. Todos los días iguales. Maravilloso.

Pero como dura poco la alegría en casa del pobre, tenÍa que venir alguien a joder la marrana.

Canal de mamis y niños aquí, VENTE!

La dirección del cole nos mandó una carta a casa hace unas semanas, inaugurando el “Independence Friday” (que no es que se crean mas chulos que nadie nombrándolo en inglés, es que van al cole en Reino Unido, es lo que hay). Se trata de una iniciativa que el cole ha puesto para los niños de 4 y 5 años, en la que, los viernes, los peques pueden elegir su propia ropa para ir al colegio. Se supone que es para potenciar la independencia de los peques, y que aprendan a ser autosuficientes.

Llegó el primer viernes. Super emocionados, abrieron su armario. Intenté guiarles un poco, pero me cortaron en seguida. “Mami, es viernes, yo puedo elegir”. Pues nada, nos vamos pal cole con unos modelitos que ni Agata Ruiz de la Prada en sus mejores épocas. Todo normal. El patio de los de infantil parecía la Paris Fashion Week versión miniatura. Y podías ver la vergüenza asomando por la cara de muchas de las mamas que allí había, pero oye, los peques tan felices. No voy a ser yo quien tire la primera piedra.

Total, que en la dichosa carta también nos incitaban a que aprovecháramos el día para darles más independencia en otras áreas que normalmente controlamos nosotros.

Tras hablarlo con mi marido, y descartar su idea de dejar todo tipo de pinturas a su alcance para que se expresen libremente (pobrecito mi sofá, que no tiene ni un mes de vida), acordamos que, los viernes, podrían elegir también la cena.

El día pasó normal, los recogí del cole y nos fuimos al super, a ver que elegían para cenar. Les dejé decidir a ellos como se organizaban, y se lo echaron a piedra, papel, tijeras o pistola (que esta última se la ha inventado mi hijo para asegurarse de que siempre gana, pues la pistola se carga a todo bicho viviente). Ganó él, por supuesto.

Solo les puse dos reglas: no podíamos cenar simplemente patatas, chocolate, o guarrerías varias y tenía que haber al menos una verdura en la cena. Yo ya estaba relamiéndome de la hamburguesa o el pollo frito que nos íbamos a cascar para cenar. Tan contento, con su carrito en miniatura se adentró en los pasillos del Lidl con su hermana pegada al culo, dispuestos a explorar hasta el infinito su vena artística culinaria. Primera parada, la panadería. Una hogaza de pan con cereales. Bueno, empezamos bien. De ahí, se va a la verdulería y cogió un broccoli con la confianza que solo se puede tener a los cuatro años. Y de allí, se fue a donde están las latas y demás. Cogió un bote de pepinillos y una lata de anchoas. Y me dice, ya mamÁ, vamos a pagar.

Si a la cajera le extrañó que un enano que no llega ni al metro, vestido con un vaquero blanco roto de cuadros (roto el vaquero, no el blanco), con una camiseta verde fosforito y un jersey azul con rayas amarillas, fuera a pagar los cuatro productos mas aleatorios que pudo encontrar en la tienda, no lo sabremos nunca. Por desgracia, cuando pedí que abrieran una caja para pagar porque siempre intento evitar la de auto cobro se negaron (que eso me da para otro tema, pero bueno).

Ya en casa, me pidió su delantal y manos a la obra nos pusimos. ¿En qué consistía la cena, os estaréis preguntando? Pues en un bocadillo de broccoli con anchoas, con unos pepinillos de postre. Tal cual.

Ahí claro, se me apareció un dilema. ¿Me niego a cocinar semejante atrocidad, a riesgo de quitarle su recién ganada autonomía e independencia, o hago de tripas corazón y de perdidos al rio? Pues de perdidos al rio. Aquí hemos venido a jugar, y el mochuelo ha seguido mis reglas. Aceptamos bocadillo de broccoli con anchoas como animal de compañía. Al fin y al cabo, no se me olvida que mi merienda favorita era un bocata de queso azul con nocilla…

El siguiente viernes no mejoró la cosa. Le tocaba a mi hija elegir. Después de 10 minutos convenciéndome de que una pizza era comida sana (mami el jamón, queso y tomate son sanos, y la yaya siempre me da un poco de pan, por lo que el pan es sano también). No supe rebatirle nada a esa lógica tan aplastante, así que nos fuimos al Lidl otra vez a por lo que yo pensaba que iba a ser una pizza. Pero no. Mi hija en su carro puso huevos, una coliflor, y un chorizo. Y le ayudé a cocinar una tortilla de coliflor con chorizo. Así, sin anestesia ni postre ni nada. Aunque he de reconocer que estaba mejor de lo que podría esperar…

Y en esas estamos. Vamos por el quinto viernes de la iniciativa y nuestras cenas parecen sacadas de una versión de rechazados por MasterChef, pero oye, los peques tan contentos contándole a sus amigos que “ellos son independientes”.

Andrea M.