“Tú a tu edad tienes que pensar en estudiar, no en novios… Me da igual que tus amigos se queden hasta las diez, tú vas a estar aquí a las siete y si no te gusta, no sales y punto… Tú no tienes que saber nada sobre píldoras ni condones, no tienes edad para eso… De pintarte, ni lo sueñes, eres un bebé, tú vas a pelito recogido y carita lavada, que no te hace falta más”. Todo eso podría ser comprensible si le hablásemos a una niña de once años. Cuando hablamos ya de quince-diecisiete, entenderéis que el discurso no iba bien encaminado. Pero era el que había en mi casa y no había réplica. 

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Mi hermana mayor ya lo había intentado, sí, me sacaba siete años largos y las peloteras habían sido épicas en su adolescencia: gritos, portazos, lloros, insultos, castigos. Mis padres le decían si no era capaz de entender que la calle y los amigos no traen nada bueno, sólo sexo temprano, drogas y distracciones de los estudios que era lo más importante, lo único que importaba en el mundo. Mi hermana les decía que ella ya no era una niña y tenían que dejarla crecer, que quería libertad… la reacción de mis padres era reírse y decir que dónde habría oído ella esas boberías.

Yo vi todo eso. Y vi cómo mi hermana mayor finalmente, tras muchos años de lucha inútil, rindió armas y se resignó a no salir por las noches y casi ni tener amigas porque estas la presionaban también: Mi hermana se quedó sola. En la universidad ni hizo el esfuerzo de tener amigos, ¿para qué? No tenía sentido intentarlo.

Con doce años se presta mucha atención al mundo que te rodea, sobre todo si eres la menor. Sabes lo que te espera. Y sabía que mi hermana no iba a ser ningún apoyo para mí, ya me lo había dicho: “Si yo lo tuve que hacer así, tú también”. No era un plan agradable, sobre todo porque a mi clase acababa de llegar un juego bestial llamado Dragones y Mazmorras, como la mítica serie de dibujos. Lo jugábamos en los recreos, pero en media horita no daba tiempo para mucho, así que estaban empezando a coquetear con la idea de crear un modesto club y pedir permiso al colegio para usar alguna de las “salas de usos múltiples” para ello. 

“Mamá, vamos a hacer una clase de refuerzo de Matemáticas en el colegio, y yo quiero ir. No quiero tener otro cuatro como en la Segunda Evaluación”, dije. Mi madre me preguntó cuándo sería y yo dije la verdad: miércoles y viernes de cuatro a seis. Le dije que podía llamar al colegio y preguntar por el grupo “Matemáticas Creativas”, y allí estaría yo. Con la esperanza de que trajese una nota respetable en la asignatura que llevaba atravesada, me dejó ir. La idea de llamar al grupo de rol “Matemáticas Creativas” había sido mía, precisamente porque en el rol, lo queramos o no, hay que usar números a menudo y porque no fui la única que, si decía que iba a pasarse cuatro horas a la semana luchando contra goblins, licántropos y dragones, le iban a decir que se contase otra, pero si hablaba de cuatro horas extra de mates, nadie pondría ninguna pega. Y oye, uno de los DM era muy ducho en mates, nos explicaba cómo resolver los problemas y ninguno cateó en verano, acabamos todos con notable y sobresaliente. 

Durante el verano, acordamos quedar en la academia de Mecanografía del barrio (que estaba regentada por un religioso al que habían puesto a hacer obra social porque era más rojo que el Bella Ciao y lo mismo daba Mecanografía-Taquigrafía, que enseñaba inglés, que enseñaba a leer y escribir a personas mayores que no pudieron estudiar; un tío cabal) y empezar a decir que no eran sólo clases de refuerzo, sino también el juego. Como jugábamos en “suelo santo”, vamos a decir por la presencia del cura, no hubo pegas, y yo me cuidé mucho de llegar siempre a casa temprano. A mi hermana no le hacía ninguna gracia, pero yo dije que no volvía tarde, incluso en verano, lo más tarde que llegaba a casa eran las seis. 

El tiempo pasó, y el club de rol se convirtió en una parte más de mi rutina. A mi madre no le gustaba mucho -cuando salió el caso del asesino aquél en los noventa, tuvo mucho miedo- pero viendo que yo aprobaba todo y con buenas notas, no hubo queja. Además, ella había venido a buscarme en más de una ocasión y había visto a mis amigos. Había niñas allí, yo no era la única chica, y mis amigos eran chicos formalitos, como yo. Estudiosos. Inofensivos. 

En apariencia. 

La realidad era que los freaks, por estudiosos que sean y por mucho que les guste el rol, tienen genitales igual que cualquiera. Así, en cuanto cogí años, me empecé a hacer preguntas y vi que nadie de casa iba a contestármelas, yo misma busqué mis propias respuestas. Salía de casa sin llevar más que vaselina de labios, pero iba a casa de Miriam o de Elena y nos ayudábamos a maquillarnos, de manera que llegábamos al club con más pintura encima que la Maja de Goya; yo salía con mi falda que me tapaba las rodillas, pero en cuanto salía de casa, me subía el dobladillo hasta medio muslo y me lo sujetaba con imperdibles. Salía de casa con mi sudadera y apenas estaba en la calle, me la quitaba y dejaba puesto sólo un botón de la blusa. Mis amigos tenían padres y hermanos mayores a quienes pispaban tabaco, cerveza… o maría. Y como en los noventa aún fumaba todo el mundo, no era extraño oler a tabaco cuando volvías a casa, sobre todo si ibas llevando ese olor encima desde los doce.

El primer beso con lengua fue a los trece. Aprendí a provocarme el vómito para librarme de lo peor del mareo alcohólico a los catorce, y antes de los quince di mis primeras caladas a un porro. Pero, eh, yo estaba en casa religiosamente antes de las nueve, con el maquillaje quitado y toda la ropa en su sitio. Nadie en mi casa sospechó nada, y hasta mi hermana llegó a decirme que, salir de una casa para meterse en una academia regentada por un cura para echar partidas a un juego infantil, para eso prefería ni salir. No la saqué de su error nunca. 

Yo fui siempre la niña perfecta, la formalita que ni siquiera pasó una fase rebelde contra la que hubiese que luchar, al contrario: estudiosa, sin forzar nunca la hora, sin una voz más alta que otra… la niña perfecta. Pero debajo de esa perfección había mentiras, astucias, disimulo, silencios a tiempo, dobleces. Embustes. Aunque me creía muy lista y hoy día recuerdo aquella etapa con cierta ternura, me doy cuenta de que pude correr peligro. Y todo porque mis padres prefirieron tratarme como si siguiera siendo una niña durante demasiado tiempo. Porque me enseñaron, indirectamente, que era preferible pedir perdón que permiso. Porque con su autoritarismo me enseñaron a mentir antes que a ponerme una compresa. Me enseñaron a no confiar nunca en ellos.