Parece que mi sobrina está desarrollando una pasión incipiente por la cháchara y el cotilleo. Me fascina lo precoces que pueden llegar a ser los niños. Llegó un día del colegio diciendo que su amiga Zutana tenía un novio y que, desde que lo tenía, a ella no le hacía ni caso. ¡Con cuatro años! Ella se estaba sintiendo apartada, un primer acercamiento a esa soledad que experimentará más de una vez a lo largo de su vida. Me encantaría poder observar todo lo que pasa en el patio del colegio con esas edades, y comprobar cómo se moldea su personalidad y carácter en todas esas primeras veces.

El caso es que la niña ha salido más sociable que el resto de la familia y charla por los codos. Ve mucho más divertido parlotear con sus comadres en miniatura que hacer la tarea que toque en el aula. Podríamos entrar en los modelos de la educación tradicional para niños que están sometidos a cientos de estímulos fuera del aula, pero eso para otro día y para gente que sepa.

La maestra habrá aguantado todo lo posible, con la paciencia estoica que se le atribuye a las profesionales como ella. Hasta que, ya harta de la niñita, cogió a su madre a la salida del colegio y le dijo lo que hacía tiempo venía observando:

—Beíta ni hace la tarea ni hace caso cuando le llamo la atención. Habla a todas horas.

No habría nada reseñable en esto si no hubiera sido por la sorpresa. Para todo el mundo, Beíta era una niña de comportamiento intachable. Irreprochable dentro de su edad, se entiende.

Luego las reacciones de los adultos, que también son dignas de observación para estudio sociológico.

  • La abuela dice que es que su niña es más inteligente que la media, así que en la clase se aburre y se tiene que poner a charlar. Todos los demás niños, obvio, no se aburren porque son más tontos que ella, así que hacen lo que la maestra les manda. Si espoleas un poquito a la buena mujer, te dirá que su nieta es una pequeña subversiva con razón, y que está “hackeando” un sistema opresor que mata la creatividad de los niños. Y todo esto con cuatro años.
  • Los padres han hablado con ella para que se comporte mejor, sin más. Centraron la charlita en el debido respeto a la autoridad: “A la maestra, igual que a los papás, hay que hacerle caso”.
  • A sus tíos, que somos mi pareja y yo, nos toca la parte divertida, que es reír con el asunto y dejar que se ocupen quienes se deben ocupar.

La pequeña indisciplinada

Le conté la anécdota a mis amigas que son madres, sabiendo que encendería el debate sobre los métodos de crianza. ¿Qué se hace con una niña de 4 años que tiene mal comportamiento reiterado? A la hora de aplicar “consecuencias educativas”, hay opiniones para todos los gustos: del castigo tradicional a ignorar lo que pasa porque es solo una cría. En general, mis amigas lo tienen claro: el/la niño/a tiene que saber que mandas tú y no él/ella. O eso o convertirse en un pequeño tirano intolerante al “no” y a las normas sociales. Y a la maestra hay que darle la autoridad necesaria para que pueda hacer su trabajo.

El asunto no pasó a mayores. Supongo que la maestra aplicó las medidas de la educación moderna: reforzar el buen comportamiento y recordarle lo que sí debe hacer, en lugar de decirle continuamente que no o regañar. Así que, a las dos semanas, Beíta salió del colegio con un peluche raído y roñoso: el osito viajero. Por lo visto, ese juguetito que parece sacado del basurero es el que le dan al niño que ha destacado esa semana por su buen comportamiento. El día que lo trajo, corrió feliz a los brazos de su abuela a la salida del colegio: “¡Mira, abuela! La maestra dice que ya me porto mejor”.

En fin, una anécdota cotidiana que daría para una larga discusión sobre cómo inculcar disciplina, qué métodos son mejores, cuáles desechables, cuál debe ser la actitud de los adultos y qué papel juegan el sistema educativo y sus representantes. El fascinante mundo de la socialización de los niños.

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