Lovebombing, breadcrumbing, gaslighting, ghosting… eran conceptos que, sinceramente, desconocía por completo hasta hace bien poco. Para las menos bilingües y las despistadillas en general, procedo a hacer un breve resumen con el que, sin duda, muchas de vosotras os sentiréis identificadas.
Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/channel/
Si prefieres en Telegram es aquí https://t.me/mundochollazo
Básicamente, estos términos tan modernos vienen a referirse a cuando un tío te bombardea a muerte con muestras de cariño con el objetivo de que te enganches y te sientas como una princesa para después escribirte cada vez menos y lanzarte migajas de atención con las que, seguramente, tú te conformes hasta que te mosquees. ¿Y qué pasa después? Que cuando le digas que es un cucaracho, te hará dudar de si todo ese amor que tú tanto echas de menos no fue en realidad una película que tú misma te montaste. Pero ya da igual, a esas alturas él habrá hecho bomba de humo y habrá desaparecido sin dar explicaciones.
Todas hemos sufrido estos comportamientos de mierda en nuestras carnes por parte de algún rollete pero, ¿qué pasa cuando es tu novio, con el que llevas dos años, quien te hace todo esto? Ay, amiga… pues que se te queda cara de idiota al cuadrado, como a mí.
Supongo que, como todas las relaciones de pareja, al principio la nuestra era perfecta. Todas esas novelas románticas se quedan cortas para describir cómo me trataba, lo especial que me hacía sentir y lo bonito que nos queríamos. No me podía creer la suerte que tenía de poder decir que aquel chico tan dulce, tan detallista, tan romántico y tan guapo era mi novio. Ramos de flores porque sí, cenas en restaurantes de película, mensajes preciosos a todas horas, pasión desenfrenada, planes de futuro… Pero claro, pasada la luna de miel de aquellos primeros meses, la cosa fue perdiendo gas y el romanticismo se fue disipando poco a poco. Lo normal, toda relación termina por caer un poco en la monotonía, me decía yo.
Sin embargo, no era la rutina lo que me empezaba a cabrear, ni tampoco la creciente dejadez por su parte, sino más bien que tuviera que ser yo quien fuera detrás de él si quería recibir un poco de atención. Y aquí es donde empecé, sin darme cuenta, mi etapa como novia migajera. Si antes era él quien siempre me buscaba para vernos y se moría de ganas por estar conmigo, ahora era yo quien tenía que hablarle. De lo contrario, podían pasar horas e incluso días, sin que supiera de él. Obviamente, me daba cuenta de ello, pero toda esa indiferencia se me olvidaba cuando volvía a darme muestras de cariño otra vez. Pasaba de mí hasta que le daba la gana, aparecía para lanzarme cuatro migajas y vuelta a empezar.
Y así fue pasando el tiempo hasta que un día en el que yo estaba especialmente dolida porque era nuestro segundo aniversario y él no había dado señales de vida, le monté el pollo. Me hubiera encantado que la persona que se supone que estaba enamoradísima de mí, hubiera reservado en algún sitio chulo para comer y me demostrase con cualquier detalle tonto, como un mensajito o una llamada, que había pensado en mí. En lugar de eso, me recriminó ser una intensa de mierda y una experta en buscar movida por cualquier cosa, una amante del conflicto. Y lo consiguió. Me hizo creer que era la típica novia pesada, que no era para tanto y que, en realidad, el problema lo tenía yo porque él, pobrecito, en el fondo era un encanto.
Y cuando pensaba que todo volvía a estar bien, sucedió algo que ni en un millón de años había imaginado que fuera a pasar. Después de dos años de relación, mi propio novio hizo bomba de humo y desapareció sin darme ninguna explicación, sin última conversación de por medio. Sin más, una mañana le llamé varias veces y no me contestó. Cuando pasadas unas horas, seguía sin saber nada de él, le escribí preguntándole si estaba bien, pero tampoco obtuve respuesta. Al día siguiente empecé a preocuparme, pensando que pudiera haberle pasado algo, pero entonces vi que había subido un par de historias a sus redes en las que se le veía de fiesta con sus colegas. Cabreada, volví a escribirle y le pregunté si tanto le costaba simplemente decirme que estaba bien. ¿Su respuesta? Bloquearme.
Intenté llamarle para cagarme en todo y decirle que era lo peor que había tenido la desgracia de conocer, pero también bloqueó mis llamadas. Han pasado tres meses y, desde entonces, ni un triste mensaje que me ayude a entender sus motivos para actuar de esta manera. Todo fue tan rápido que no lo vi venir y, a día de hoy, aún estoy tratando de recomponerme y de hacer encajar las piezas del puzle para poder entender cómo, cuándo y por qué. Aunque supongo que no hay nada que entender más allá de que mi novio era un imbécil con cero madurez emocional.
Mar Martín.