Tras varios años de citas de lo más desalentadoras y un sinfín de decepciones amorosas, mi amiga Irene ha decidido plantarse y tirar la toalla. Dice que pa’ fino su chumino, que está harta de tíos que parecen perfectos y luego resultan ser más malos que un funcionario sin desayunar. Y no es porque no lo haya intentado, precisamente.
Sin embargo, Irene nos dijo algo que nos dejó a todas pensando muy fuerte y es que, con la experiencia que sólo dan los años y las decepciones, nos aseguraba que, una vez emparejadas, algunas mujeres nos olvidamos del horror de las primeras citas. ¿Estaba mi amiga en lo cierto? Pues no sólo tenía más razón que un santo, sino que además, consiguió que una de esas citas horripilantes en concreto viniera a mi mente como el fantasma de las Navidades pasadas. Amigas, acompañadme en esta triste historia no apta para todos los públicos.
Yo tenía unos veintipocos años, era verano y estaba con mis amigas en la playa. A buen entendedor, pocas palabras bastan. Una noche de fiesta, después de bebernos hasta la mercromina, conocimos a un grupito de chavales muy monos con los que hicimos buenas migas y desde entonces quedamos todas las noches con ellos para salir.
Seamos sinceras, chicas. Por supuesto que existe la amistad entre hombres y mujeres pero cuando una está de vacaciones y hace piñita con un grupo de tíos que le ponen el ñoqui como un bebedero de patos, lo último en lo que piensa es en quedar con ellos para echar una partidita al mus. Ahí había una tensión sexual veraniega que ni en una canción de reggeatón y, por supuesto, una intención muy clara: abandonarnos al mambo caníbal.

Yo le eché el ojo a uno de ellos, un tío muy guapo con pinta de ser un empotrador que te cagas, de esos que ves y dices «este ha llevado a más de una al psicólogo, pero que me aspen». Al menos eso fue lo que yo pensé, borracha como una tarta cuando, después de llevar unos días frote que te frote más cachondos que las gatas en marzo, el chaval nos propuso ir a la villa donde se hospedaban a seguir la fiesta.
Y para allá que fuimos todos, beodos perdidos, fingiendo que no sabíamos que aquello se iba a convertir en una bacanal romana. Como era de esperar, en cuestión de minutos cada oveja se marchó con su pareja a un lado de la casa buscando intimidad, incluida una servidora y Mr. Empotrador. A los cinco minutos pude comprobar que, efectivamente, el tío hacía honor a su nombre: además de estar buenorro (MUY buenorro), el tío sabía perfectamente lo que hacía.
Todo eran sudores y piernas para arriba hasta que al chaval le dio un «derrepente», se levantó de la cama y sin decir una palabra salió de la habitación el calzoncillos. Yo me quedé ahí tirada toda jadeante sin entender nada. Varias hipótesis se cruzaron en mi cabeza; creí que igual le había dado un apretón, que tenía ganas de vomitar o que aparecería con un ramo de flores seguido de Toñi Moreno al grito de «Tú eres una persona maravillosaaaa!». Pero entre todas las situaciones hipotéticas que me imaginé no me imaginé jamás, porque tampoco tengo tanta imaginación, es que hubiera salido a la terraza a buscar el palo de una sombrilla y que entrara a la habitación con una sugerente sonrisa. ¿Qué pretende este tío?, pensé.
Are you ready, amigas? Pues ni corto ni perezoso, el tío (y juro que esto es verdad), apoyó el palo entre el suelo y el zócalo de la pared dejando la parte que se clava en la arena hacia arriba, se puso de espaldas a la pared y empezó a metérselo poco a poco por la máquina de hacer churros.

Mi Mr Empotrador se convirtió en Mr. Empalador, en un pollo asado dando vueltas. Por favor, imaginaos por un momento el cuadro. Yo desnuda, con cara de no saber qué coño hacer, mirando como el tío que hasta hace un minuto me tenía loca de placer, ahora me ignoraba completamente, feliz con su palo metido por el culo como un pincho moruno. En ese momento sí que deseé que aquello fuera una cámara oculta. Cuando vi que el chaval se empezaba a emocionar y a moverse como si aquello fuera un campeonato de twerking, supe que tenía que largarme de allí.
Cogí mi ropa, me vestí a toda prisa y salí de la habitación. Lo más flipante es que él ni se inmutó y siguió a sus cosas de hombre brocheta. Cuando me crucé con mis amigas y los amigos de Vlad el Empalador y vieron mi mirada de las mil yardas, me preguntaron si me había pasado algo.
Pero, ¿qué iba a decir? ¿No, no me pasa nada, ahí os dejo a vuestro amigo con un palo de sombrilla metido por el ojete? Intenté recomponerme del shock y les dije que todo estaba bien pero que prefería irme porque, extrañamente, me empezaba a encontrar mal. Sobra decir que en cuanto salimos de allí estallé de risa y les conté a mis amigas lo que había pasado y que, en los días que quedaban de vacaciones no volvimos a quedar.
Eso es lo peligroso de todo esto, que nunca sabes qué rarito disfrazado de tío normal te está esperando a la vuelta de la esquina. Desde entonces no he sido capaz de ver una sombrilla o un kebab girando en el asador sin acordarme de ese día.
Mar Martín.