Aún estoy intentando digerirlo, me ha dejado al quedarse delgado, después de más siete años juntos. Cuando empezamos era un chico grande, pero no pensabas en ningún momento en la palabra ‘obesidad’ al verlo, pero pasaron los años y de los 96kg pasó a los 105kg y acabó preocupándome de verdad cuando llegó a los 132 kg.
Jamás me ha importado su apariencia y no creo que nunca lo haga, lo quiero por cómo es, por cómo me trata, por cómo me hace sentir. Cada comentario que hace es ingenioso, inteligente, empático. Era un bomboncillo relleno de chocolate, de mucho chocolate. ¿El problema? Ver cómo tu pareja coge peso sin parar, cómo deja de poder atarse los zapatos, cómo casi que no puede ni ir a comprar el pan porque se ahoga, cómo cada análisis es peor que el anterior y tiene más estrellas en esos folios que el firmamento y no poder hacer nada porque le entiendes, le quieres y sabes que lleva una vida sana.
Y luego los mensajes de los médicos ‘tienes que bajar de peso, te estás poniendo al límite, no tienes calidad de vida, así no vas a poder envejecer’ y yo llegaba a mi casa después de escuchar aquello y lloraba, lloraba porque me metían el miedo en el cuerpo de verdad, porque me veía un futuro sin él, una maternidad sin él, una vida sin él y no lo podía soportar.

Después de muchas suplicas aceptó venir conmigo a una clínica en la que le trataban sus problemas desde todos los ángulos. Tenía un entrador personal cinco días a la semana, nutricionista una vez a la semana, médico estético para aplicarle tratamientos una vez a la semana, psicólogo una vez a la semana. La mejor decisión que tomamos jamás.
Estaba motivado, estaba feliz, estaba expandiéndose en todas las direcciones posibles. Hablo más allá de bajar de peso y del cambio físico que era lo evidente, lo que se veía por fuera estaba a la vista de todos, pero por dentro era tan bonito lo que estaba pasando… Empezaba a sentirse seguro de sí mismo, se veía guapo por fuera y eso le hacía verse más atractivo por dentro, se encendió la llama sexual y me buscaba a cada instante, hablaba de amor propio, de cuánto se había dejado, de lo que le gustaba su vida, de lo que me quería, de lo feliz que era.
Yo le miraba cambiar y le miraba embobada, capturando cada detalle, cada día que pasaba lo veía más feliz, más él, más seguro.
Nos lo pasábamos pipa cuando se probaba la ropa que le quedaba gigante, nos reíamos como nunca, íbamos de tiendas, el primer día que le cupo un pantalón de Zara literalmente me hizo un dedo en el probador (qué vergüenza contar esto, perdón), se probaba prendas súper locas y nos reíamos muchísimo… Y bueno, luego todo lo que subió fue para abajo.

No sé cómo pasó, no sé en qué momento fue, pero empezó a encerrarse en sí mismo, empezó a no contarme lo que pasaba, empezó a llenarse la casa de silencios, de intentos por mi parte de conversación, de cuerpos separados en una misma cama, de una casa que se convertía en un campo de batalla para una guerra más fría que el hielo.
No sé qué hice, no sé qué cambió, no sé en qué fallé. No sé si fue él, su cambio, su camino. Pero dejó de quererme como lo hacía, poco a poco, sin que nos diéramos cuenta, hasta que ya no hubo marcha atrás. Dejó de hablarme, dejó de tocarme y lo más duro: dejó de mirarme.
Nos alejamos mucho en todos los sentidos hasta que tuvimos la conversación, la conversación en la que estuvimos más cerca que nunca en los casi ocho años que tenemos compartidos, nos miramos a los ojos, él me dijo cómo ya no sentía por mí lo que debía y yo le decía cómo le quería más que nunca. Lloramos, nos abrazamos y follamos. Entre lágrimas, es un polvo que no voy a poder olvidar en mi vida, de verdad que no.
Nos quisimos como hacía tiempo que no nos queríamos, nos tocamos con la seguridad de que sería la última vez, nos transmitimos toda gratitud que habíamos acumulado el uno por el otro durante años.
No le culpo, no me culpo, no nos culpo. Simplemente sé que las personas cambian, evolucionan y necesitan moverse al ritmo que su corazón les marca. Me costará olvidarle, me costará superarle, me costará reconstruir mi vida sin él. Pero lo haré y sé que lo tendré ahí, que cuando lo necesite estará para mi; no como hasta ahora, será diferente, será otra fórmula, pero seguiremos siendo nosotros y eso es lo que me permite sonreír cada día.
Aprenderé a vivir sin él y lo haré por mí.
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