No me gusta nada ir al médico. No me gusta nada de nada, en especial a los médicos de los agujeros. Léase dentista, urólogo o ginecólogo. Por no gustar, no me gusta tampoco ir al otorrinolaringólogo, aunque de los sanitarios de los agujeros, ese es el que menos me disgusta. Sé que es algo completamente irracional y que debería hacérmelo mirar, pero es que es superior a mí. Lo paso fatal. Y en el que peor rato paso es en el ginecólogo. Solía ir por privado a gines recomendados por amigas o familiares, porque me horroriza pedir cita por la Seguridad Social y encontrarme con alguien diferente cada vez. Necesito hacerme a la idea de con quién me voy a encontrar. Necesito esa seguridad de saber de antemano quién me va a andar hurgando en los más delicados de mis agujeros. Fue por eso por lo que, en cuanto supe de su existencia, me pasé a la matrona de mi centro de salud para todos los procedimientos de los que se puede encargar ella. Y, desde entonces, voy mucho más tranquila y relajada, la verdad.

Mi matrona es una mujer muy agradable, además de una profesional excelente. Confío en ella, le hablo de cualquier cosa sin problema y me despatarro cómo y dónde haga falta.
Así que, cuando llegó el momento de realizar la citología de control, acepté la citación automática que me envió el servicio de salud de mi comunidad y no pensé en ello ni un solo segundo más. Tan pancha y madura y tan mujer normal y corriente que me sentía yo. La mañana de la cita transcurrió como cualquier otra mañana habitual. Me duché, me fui a currar, me ausenté de mi puesto y me presenté en el centro de salud a la hora que me tocaba.
Estaba tan tranquilita sentada en la sala de espera cuando sale un chico y oigo que dice mi nombre. Y yo me lo quedé mirando y pensando ‘A ver, tengo un nombre muy común. Lo mismo está llamando a otra, porque ese tiarrón NO es mi matrona’. El susodicho hizo un barrido visual mientras me volvía a llamar. Yo me levanto, me acerco y le digo ‘yo me llamo así, pero tengo cita con Mengana’. Y él: ‘ah, pues pasa, ella no va a estar esta semana y yo llevo sus citas’.

A ver, yo no tengo ningún problema con que la matrona resulte ser un matrón. El problema lo tengo con acudir a un sanitario de los agujeros pensando que va a ser una mujer con la que tengo confianza, y encontrarme allí un total desconocido. Pero, por si eso fuera poco, resulta que el desconocido parece sacado de la más húmeda de mis fantasías. O sea ¿quién se imagina a un chico de treinta y tantos, alto, fuerte, de piel morena, rastitas recogidas en un moño y antebrazos fornidos y tatuados cuando piensa en una matrona? ¿Quién? Yo no, desde luego. En shock me quedé. Tan paralizada que ni siquiera salí de allí con una excusa ni nada. Me limité a entrar, a seguir sus instrucciones y a colocarme en el potro tapada con esa especie de servilleta verde transparente que no puede hacer peor su trabajo ni aunque lo intente.
Fue la exploración y la citología más incómoda de mi vida. Y lo peor es que el pavo es tan bueno en lo suyo que ni me enteré. El problema fue que, mientras él hacía lo suyo ahí abajo, yo no podía parar de pensar en lo que guapo que era y en las ganas que tenía de pedir una cita para la próxima semana. Aunque fuese alegando un picor extraño.
Os juro que creo que me he enamorado.
Anónimo
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