Siempre me he considerado una persona muy legal en el tema relaciones. He sido de esas que miraba mal a los/las infieles, que no veía justificación posible ante esa traición, que se la liaba a los novios de mis amigas cuando les veía hacerles daño y que les destapaba las infidelidades sin pensármelo dos veces.

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Había vivido en el seno de una familia que parecía perfecta, pero en la que mi padre engañaba a mi madre cada vez que podía. Escucharles discutir mientras ella lloraba es un recuerdo muy habitual de mi infancia. Supongo que eso determinó bastante mi forma de pensar al respecto. Y recuerdo que odiaba a todas y cada una de las amantes de mi padre. De pequeña no era capaz de ver que mi padre era tan culpable como ellas o más, pero a medida que fui creciendo también le achaqué a él su parte de responsabilidad. Sin embargo, no soy de los que piensan que porque una persona esté soltera no es responsable de nada si establecer una relación con una persona que tiene un compromiso previo con otra. Si lo sabe, comparte culpa. Sororidad, lo llamamos muchos. Es por esto que jamás pensé que yo acabaría encontrándome en esa situación. Y no como persona engañada, pues eso puede pasarnos a todos, sino como la tercera persona en la relación de otros.

Llevaba soltera casi un año. Mi última relación había acabado de la peor manera posible: descubrí que hablaba con otra a mis espaldas. Me dijo que no habían hecho absolutamente nada en persona, pero para mí aquello ya era infidelidad. Además, él sabía de mi infancia relacionada con estos temas, por lo que aún me pareció más cruel que me hiciera algo así. Y si algo tenía claro, es que no iba a aguantar lo mismo que mi madre. Siempre me lo he prometido a mí misma. Ella nunca se divorció, siguió con mi padre hasta el final, lo soportó todo. Murió joven, de un paro cardíaco a los 58. Siempre pensé que sufrir tanto le había desgastado el corazón. Mi padre rehízo su vida al poco tiempo y nuestra relación no es demasiado cercana, la verdad.

El caso es que le conocí en el tren. Volvía de visitar a mi hermana y me tocó sentarme a su lado. Eran casi cinco horas de trayecto y acabamos conversando y tonteando casi todo el camino. Me dijo que iba por trabajo a mi ciudad, que solía venir bastante. Al bajarnos, me pidió mi número de móvil. Me dijo que no conocía a casi nadie allí y que así podría preguntarme si le surgía alguna duda. Ambos nos reímos por lo absurdo de la excusa. Y yo pensé, «¿bueno, y por qué no?».

Comenzó a llamarme cada vez que venía a la ciudad. Me atraía muchísimo y era evidente que era mutuo. No tardó en pasar lo que tenía que pasar. Y después de eso, seguimos adelante. Y así, poco a poco, fue forjándose lo nuestro. Era un rollo vivir en ciudades diferentes, pero como venía cada dos por tres a la mía,lo sosteníamos bastante bien. El trataba de venir una vez en semana, o como mucho cada diez días. A veces, solo venía por veinticuatro horas y otras se quedaba varios días seguidos. Por supuesto, se quedaba en mi casa todas y cada una de esas veces. Éramos oficialmente una pareja y me sentía muy feliz con él.

Algún fin de semana me ofrecí a ir a verle a su ciudad, me sabía mal no desplazarme yo nunca, pero siempre me decía que estaba muy liado y que no le venía bien. Y me terminaba de convencer diciendo que él tendría que viajar a mi zona por su trabajo de todos modos aunque no estuviese conmigo, que yo le alegraba la estancia.

Todo iba genial hasta que una mañana, al salir para trabajar unos quince minutos después de que él se marcharse, una mujer me abordó por sorpresa. Se me puso delante impidiéndome el paso y me soltó a bocajarro: «Así que tú eres la zorra que ha roto mi familia, estarás orgullosa», me dijo con rabia. Me quedé clavada en el sitio con cara de sorpresa e indignación. Le dije que no la conocía de nada y que no sabía de lo que estaba hablando, que yo no le había hecho nada a nadie. Intenté pasarle por el lado para marcharme pero entonces me enseñó una foto de mi novio. «Ah, ¿no? Entonces, ¿no estás tirándote a este tío?». Me paré en seco y le pregunté que de qué conocía a mi pareja. Se rió amargamente. «¿Tu pareja?, qué poca vergüenza hay que tener…», me soltó. Le dije que ya estaba bien, que si seguía faltándome al respeto la íbamos a tener pero bien, y que me explicase de qué iba todo esto. Pareció dudar al verme confusa y entonces empezó a hablar. Y yo entendí por qué me miraba con ese odio.

Resultó que mi pareja, ese hombre fantástico que había conocido en el tren, estaba casado desde hacía seis años. Que su mujer había descubierto el otro móvil que tenía en el fondo del cajón de los calcetines, el teléfono con el que hablaba conmigo, que resultó ser un móvil secundario. Y que yo era su amante. Que ella le había seguido esta vez para poder verlo todo con sus propios ojos antes de enfrentarse a él, porque no se lo podía creer.

No quería llorar delante de ella pero no pude evitarlo. Aquello me estaba poniendo en una posición terrible: era la otra, la que había hecho daño, la «persona extra», y me habían engañado para que ocupase esa posición. Él había jugado conmigo y me había hecho creer que me quería, que era «su chica», como me decía siempre. Su mujer, al ver que yo verdaderamente no sabía nada, se compadeció de mi. Y eso hizo que me sintiera aún peor, porque si yo sentía asco hacia mi misma, ella también debía sentirlo. Estaba en su derecho. Porque, para colmo, me contó que lo peor de todo era que acababa de saber que estaba embarazada. Ni siquiera se lo había dicho aún a él. Planeaba una forma divertida y original de decírselo, dejando pistas en lugares escondidos que él se iría encontrando, como el cajón de los calcetines, cuando vio el móvil secundario y descubrió el pastel, porque aunque lo mantenía en silencio y en modo avión cuando lo escondía, estaba cargadito de fotos íntimas de los dos, incluidos los nudes que intercambiábamos cuando pasábamos más tiempo sin vernos. Me moría de la vergüenza.

No sé cómo terminé aquel día el trabajo. Me pasé todo el tiempo ausente, zombi, improductiva. Pero volví a casa con una única idea en mente: no iba a quedarme en esa historia ni un minuto más. Metí todas las cosas que había suyas por mi casa dentro de su maleta sin miramientos, hechas una bola y la cerré con decisión. La coloqué en la puerta y me senté a esperar a que llamase al timbre.

No le dejé entrar, saqué yo misma su maleta al descansillo y le dije que se marcharse y no volviera ponerse en contacto conmigo. Abría la boca y balbuceaba como un pez fuera del agua, pero no le di opción a réplica. Le dije que era un desgraciado y un sinvergüenza, que ya lo sabía todo y que le deseaba lo peor y acto seguido le cerré la puerta en las narices con el golpe más grande que he dado jamás, el portazo me retumbó en los oídos. Me apoyé en el margen de la puerta y me sequé las lágrimas que empezaban a brotar de mis ojos. Aquella situación me había puesto al limite y no iba a ser fácil reponerse. Pero debajo del sufrimiento, sentí intacta mi dignidad. Porque no me planteé perdonarle en ningún momento y eso para mí fue fundamental. Porque demostraba que yo no era mi madre y no lo sería jamás.