En todos los grupos de amigos hay uno que es un tacaño. Ese que siempre pone pegas a los sitios que proponemos para salir a cenar porque son muy caros. Ese que siempre quiere ir a sitios de comida rápida porque es más barato. Ese que se pide un vaso de agua cuando ve en la carta el precio de la cerveza del local que hemos elegido para tomar algo.

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Y cuando ese tacaño, o este caso tacaña, crece, evoluciona y se convierte en madre, pues viene a ser la madre que no le comprar compra a su hija un Happy Meal en el McDonalds porque dice que la niña no se lo come, pero luego va la pobre niña mendigando patatas fritas y Nuggets de los demás niños.

En todos los grupos de madres hay una mamá gorrona. Y si en el tuyo crees que no, es porque eres tú.

Es esa que siempre se apunta a tomar café, la que nunca tiene prisa para alargar la charla durante horas, y curiosamente tampoco la tiene cuando llega el momento de sacar la cartera. 

Muchos días quedamos para desayunar después de dejar a los niños en el cole. Ese momento sagrado en el que las madres nos tomamos un descanso antes de empezar con los quehaceres diarios. Nos tomamos un café mientras nos contamos nuestras penas o despellejamos a alguna de las mamás que ese día no está presente. O a nuestros maridos. Depende del día. 

Bueno pues empezamos a ver que esta mujer se nos acoplaba. Al principio todo bien. Cuantas más seamos pues mejor, más animada la conversación. El problema viene cuando te empiezas a dar cuenta de que a la hora de pagar se hace la remolona. Si alguien se ofrece a pagar la cuenta, ella feliz.

Pero la mamá gorrona no es tonta, no se apunta todas las semanas a desayunar. Ella deja que pase el tiempo, cuando no le interesa quedarse al café, siempre tiene una excusa, algo que hacer, una cita médica, la casa hecha un desastre. Lo que sea. Y así es es más complicado pillarla.

Aparece una vez al mes, como el recibo de la luz, y justo coincide con el día en que a alguien le toca invitar.

Pero la última vez fue bastante cómico.

Ella llega con energía. Besos, abrazos, ¡qué alegría veros!, como si lleváramos meses sin coincidir cuando la vimos ayer, antes de ayer y probablemente también la veremos mañana en la puerta del cole dejando a sus hijos.

Se sienta y pide sin mirar precios. Importantísimo ese detalle.

—Yo voy a pedir un té matcha con leche de avena, que dicen que es buenísimo para la inflamación.

Como si pedir matcha fuese un estilo de vida y no una bebida verde sospechosamente cara que sabe a césped.

Pero llega el momento clave. El punto de inflexión. El plot twist de la mañana: pagar. Ese día, cosas del destino y de la cafetería a la que fuimos, teníamos que pagar en el momento de hacer la comanda.

Cuando alguien dice:
—¡Pago yo! Que el otro día invitó María.

A lo que María, que estaba un poco harta de pagarle los caprichos a la mamá gorrona, dijo:

—¿Por qué no pagamos cada uno lo nuestro? ¡Que hoy somos más y es mucho dinero para una sola!

En ese momento el tiempo se detuvo. El aire se volvió denso. Todas sabíamos por dónde iba la cosa. Alguna miró de reojo a la mamá gorrona. Otra se tapó la boca para no reírse. Yo bajé la cabeza como buscando monedas sueltas en mi monedero para que no me vieran la cara de satisfacción que estaba poniendo.

Pues no os vais a creer lo que pasó. La tía se acercó a la camarera y le dijo que anulara su té. Que había cambiado de opinión y le apetecía más un café con leche.

¡Un café con leche!

Jamás en la vida habíamos visto a esta señora tomarse un simple café con leche. Normalmente se pedía una tostada de aguacate o con jamón ibérico. O un zumo natural “porque necesito vitaminas”. A veces un croissant gigante porque “hoy me lo merezco” decía. O un smoothie detox con semillas, que, en mi opinión, es para hacerse la guay y se está comiendo el alpiste de los pájaros. Pero jamás un simple café con leche.

Pero aquel día, entre los cuatro euros que cuesta el matcha y el euro noventa que cuesta un café con leche, la decisión fue rápida. Milagrosamente, su inflamación intestinal dejó de ser un problema. Si se tenía que tomar un café e irse corriendo a buscar un baño, pues lo hacía.

Antes arriesgarse a una diarrea post café que pagar por un té matcha.

Yo creo que cuando se enteró de que se tenía que pagar lo suyo, le dieron ganas de irse. Pero para no quedar mal, creyó que era mejor quedarse y pedir lo más barato de la carta poniendo esa sonrisa incómoda de quien intenta aparentar normalidad mientras todas sabemos exactamente lo que está pasando.

Porque la mamá gorrona tiene algo admirable: jamás reconoce su gorronería. Ella lo vive como una forma de socialización. Cree firmemente en el concepto de compartir… siempre que compartan los demás.

Mientras, nosotras mañana volveremos a desayunar juntas. Ella no vendrá. Tendrá algo que hacer, seguro. Pero cuando vuelva, en dos o tres semanas, volverá a pedir matcha si alguien propone invitarnos a todas. Y nosotras volveremos a fingir sorpresa.

 

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