En la jungla social de las mamis del colegio, hay personajes de todo tipo: la que es como una agenda con patas y de todo se acuerda, la desbordada que no se entera de nada, la que siempre sus hijos son mejores que los tuyos, y también aquella que se convierte en el centro de las conversaciones por razones cuestionables.

Hace un tiempo, leí en otro artículo que la puerta del colegio es como un patio de instituto, con sus grupitos, sus piques y, por supuesto, sus cotilleos. Pues el otro día me fui a tomar café con mis amigas mamis y una de ellas, que ese día no vino, fue la víctima de nuestros chismorreos.

No me siento orgullosa, pero yo también participé en el escarnio, y es que lo de esta mamá os juro que no me parece normal. Hoy hablamos de la madre tacaña, un fenómeno que, aunque a muchos les parezca inverosímil, ocurre, porque yo lo he visto con mis propios ojos.

Resulta que hay una mamá del cole que baja de vez en cuando al parque con sus hijas y lleva unos meses juntándose con nosotras. Alguna mañana se ha venido a tomar café. Después de varios días viniendo, nos empezamos a percatar de que nunca invitaba ella, siempre esperaba a que otra sacara el monedero. Entiendo que no quieras pagarle el desayuno a las demás, pero entonces paga lo tuyo y no dejes que te inviten día sí y día también.

Pero es que lo que hace cuando baja con sus hijas me parece ya de ser una cutre. Tenemos costumbre de merendar de vez en cuando en el Burger King del centro comercial. Algún viernes que otro nos juntamos madres e hijos y pasamos la tarde allí. Cada mamá le compra a su hijo el típico menú infantil que trae la hamburguesa, las patatas, el refresco y un juguetito.

Ella tiene dos hijas, una de 5 años y otra de 2 años, camino de los 3. Pues a la nena pequeña nunca le compra un menú porque dice que no se lo come. Pero luego va la pobre mendigando patatas fritas y nuggets a los demás niños.

A veces es la propia madre la que espera a que el resto de los niños terminen, y si sobra algo lo pide para su hija. Al final la niña se come las sobras del resto.

Y lo que hace con el juguetito es de traca. La pillé una vez escondiéndose el juguete en el bolso y yendo a la barra a quejarse de que en la cajita de su hija se les había olvidado meter el regalito. Así le daban otro y se juntaba con dos por la cara, uno para cada niña.

Podríais pensar que lo del burger es una cosa excepcional, pero no, es que la tía es una roñosa. Según van pasando los meses nos vamos dando cuenta de detalles feos que va teniendo. Cuando estamos en el parque y mi hijo pide algo, una bolsa de patatas, por ejemplo, yo voy al super y me traigo dos o tres bolsas para que las compartan entre todos los niños. El otro día otra mamá llegó al parque cargada con churros para todos, otras veces chuches y otra veces son mandarinas, porque a su hijo se le antojó y la mamá llegó con medio kilo por si alguno más quería fruta.

Pero en varias semanas que llevo observándola, jamás ha traído ella nada para nuestros hijos, es más, si les baja merienda a sus hijas, se medio esconden para comérsela y no tener que compartirla con el resto de los niños del parque.

En verano hicimos un picnic y quedamos en aportar algo cada uno, pues ella vino con las manos vacías y se las llevó llenas, porque se fue cargada con un montón de comida que sobró. La repartimos y de ella no salió decir “no, yo no me llevo, que no he traído nada”. Sacó unas bolsas que llevaba perfectamente dobladas en el bolso y las llenó.

Pero ya la gota que colmó el vaso fue la vez que subimos a casa de otra mamá a cenar, pedimos unas pizzas y ella trajo una tortilla de patatas del súper. Decía que sus niñas no comían pizza, pero luego sus hijas sí que comieron y la tortilla se quedó sin abrir. Pues al terminar la fiesta, con todo el morro, se llevó la tortilla a su casa porque la había pagado ella. Eso sí, de poner el dinero de las pizzas que sus hijas se habían comido no dijo ni mu.

Sé que muchas estaréis pensando que puede que esté pasando una mala racha económica y por eso hace ese tipo de cosas, pero ya os digo yo que no. Su marido tiene un puestazo y ella también. Que no sabemos las deudas que tienen o si tienen una necesidad real de ahorrar, pero una cosas es pasar un apuro económico y otra muy distinta y aprovecharse de la buena voluntad de los demás y echarle morro a la vida.

Al final son niños, y yo soy incapaz de no compartir las cosas de mi hijo con sus hijas, porque esas niñas no tienen la culpa de que la madre sea más agarrada que un chotis.

 

 

Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.