Pillada en la azotea de casa con un bote de lubricante
A pesar de lo que pueda parecer esta historia no tiene ningún componente erótico (¡más quisiera yo!), sino más bien vergonzoso. Y es que, amigas, vivo en un edificio más viejo que la tos, con una gran azotea donde tendemos la ropa. Y vosotras diréis, “Bueno, ¿y esto qué tiene de interesante/novedoso/gracioso?” Dejadme que os cuente.
Hubo un verano de estos de ola de calor en el que no se me ocurrió otra cosa que subir a tender la ropa a las cuatro de la tarde, con toda la solana pegando de lleno. Con una verja y puertas de hierro macizo aquello era casi deporte de riesgo porque te achicharrabas las manos, pero nada oye, el sopor estival no pudo conmigo y yo me subí las escaleras cargada hasta los dientes con la ropa.
Llego arriba y abro la cancela, todo normal. Voy a abrir la puerta de la azotea y ¡ay!… NO SE ABRE. Yo pensé que me había equivocado de llave, así que empecé a probar con otras. Por algún extraño motivo, en casa tenemos un manojo de llaves impresionante que, supuestamente, son de la azotea, pero incomprensiblemente solo funcionan 2 o 3 como mucho. Lo suyo sería hacer una criba y no pasearme por el edificio como el portero de Aquí no hay quien viva, pero bueno, la cosa es que me encontré con ese pastel y ninguna de las llaves abría.
Me quedé un rato pensando mientras resoplaba de la humedad pegajosa y el sofocón de haber estado probando 587 000 llaves diferentes en lo que parecía un baño turco. De pronto, se me enciende la bombilla: “¡Será por la dilatación!” Claro, con eso de los cambios de temperatura bruscos las puertas se joden a veces, no es que no tenga la llave. Total, que pensé en bajar a por aceite de este para engrasar puertas.
Dejé el cesto de la ropa ahí en medio, abandonado, como un Moisés deforme en la orilla del Nilo, y bajé rápido a mi casa. Rebusqué por la cocina y no encontré ningún producto remotamente similar a lo que quería. De nuevo, tuve una iluminación divina. Fui al baño y cogí un bote de lubricante de una famosísima marca de productos de para la salud sexual porque era la única alternativa que se me ocurría (¡yo qué sé!). Encima vi que estaba caducado, así que era una bonita manera de contribuir a la economía circular y el cuidado de la biosfera.
Salgo de casa con el manojo de llaves de la azotea en una mano y el botecito del lubricante en la otra, feliz y ajena a lo que se avecinaba.

Llego arriba y le echo a la cerradura un buen goterón de lubricante para, después, continuar con el ritual de dar con la llave correcta entre las 785 000 que eran. ¿Dónde estaba el bote de lubricante mientras tanto? Coronando el cesto de la ropa.
No sé cómo de enfrascada estaría yo que no oía a mi vecina abrir la puerta de la cancela del rellano (Clonc, clonc) con lo escandalosa que es (la puerta, no la señora). Angelines (70 y muchos) me saludó educadamente, como siempre: “Hola, hija, ¿qué tal? Te veo un poco apurada”. Me doy la vuelta y me veo a la señora mirándome fijamente; a mí, al manojo infinito de llaves y al goterón translúcido y gelatinoso que resbalaba por la puerta de hierro. “Deja, que traigo yo aquí la llave”.
Angelines me salvó la vida, pero yo estaba roja como un tomate. Menos mal que abrió la puerta sin hacer ningún tipo de alusión a la extraña escena que se había encontrado y, quizá fuera por la presbicia, pero tampoco parecía que se percatara de que parte del líquido le había caído en las zapatillas de estar por casa. Parecía gomina.
Cada una se fue a una punta de la azotea a tender, pero, aun así, todo mi afán era esconder el bote de lubricante por si acaso aún no lo había visto. Como todo estaba tan… al aire, se me ocurrió metérmelo en el bolsillo delantero del pantalón, pero vamos, ni que se hubiera vuelto invisible.
No cruzamos palabra alguna hasta que se despidió. Yo me di la vuelta: “Adiós, Angelines, buena tarde” y al levantar la mano para saludar quedó expuesto aquello. ¡Parecía un vibrador!
Pobre Angelines, le dejé las llaves y las zapatillas pegajosas, y aun así me sigue tratando como si nada.