Qué bonito el verano, vacaciones con los amigos, la pareja, paseos interminables por la playa, helados, atardeceres en el mar, y el romanticismo que sube hasta convertirse en lujuria y en ese momento, que Dios nos pille confesados, que puede pasar cualquier cosa. Y una de esas “cualquier cosas” nos pasó a mi chico y a mí.
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Uno de nuestros amigos en común tiene una casita cerca de la playa, en una urbanización muy coqueta de adosados con jardines muy pequeñitos aunque cucos y bien iluminados, cuya luz iba con la general de la casa; encendías el salón y se encendía también el jardín. Es cierto que eran tan modestito que apenas había sitio para una tumbona y una barbacoa o piscinita para bebés. Puesto que se trata de casitas a las que uno va a veranear y por lo tanto no para en ellas más que a dormir y quizá algunas comidas, tampoco hace falta más, el jardín ya lo pone la playa. Bajo la misma premisa, tampoco son casitas muy amplias, sólo contaba con un dormitorio, sin embargo, como había confianza, lo mismo nos metíamos allí diez personas a dormir aprovechando colchones hinchables, sofás y hasta en la bañera si hacía falta: todo se soporta por ir a la playa.
Cierto verano estábamos allí todos. Mi chico y yo llevábamos juntos poco tiempo, los principios siempre son apasionados y fogosos, de manera que a menudo tratábamos de quedarnos un ratito a solas. El resto de amigos lo sabían y no ponían pegas. A medio camino entre la casa y la playa, había un bar estilo hawaiano muy majo al que solíamos ir a tomar algo y una noche, después de un par de mojitos, mi chico y yo dijimos de irnos a casa temprano mientras el resto del equipo seguía allí un rato más. Era evidente para qué.
Como la habitación única de la casa la ocupaba, claro está, el dueño, y no era plan de ponerse al asunto en mitad del salón, pues nos salimos al jardín, que estaba oscuro. En el resto de casitas estaban a su bola, en una hacían una barbacoa, en otra se oía charla y risas, lo normal. Apenas entramos, empezamos a besarnos, dejé el bolso en el salón, nos salimos a la terraza, nos acomodamos en la única tumbona y, allí, bajo la luz de las estrellas y el rumor de las olas, qué romántico todo y el polvazo padre.
Error número uno: el bolso en el salón, donde tenía el móvil. Si alguien te llama para avisar, no lo oyes. Y estaban llamando para avisar.
Error número dos: saborear las cosas y pedir ración doble. Si alguna vez echáis un polvo en un jardín, RÁPIDO, no os hagáis la ilusión de que estáis en un espacio privado porque no es así, el tiempo puede acabarse de golpe. Y se nos estaba acabando por momentos.
Mis amigos entraron haciendo todo el ruido que pudieron, pero uno de ellos, mi mejor amiga, sin darse cuenta, encendió la luz de la casa. Así que el jardín se iluminó de golpe, y tendría sólo una tumbona, pero tenía los dos faroles grandes y cuatro guirnaldas de luciérnagas. Me asusté y se me escapó un grito. Tercer error.
“¿¡Qué pasa?!” oí que decían en las casas de al lado. Demasiado tarde intentaron mis amigos apagar la luz o mi chico taparme aunque fuera el trasero -yo estaba encima- con la toalla de la tumbona. Las carcajadas que llegaron de ambos lados me hicieron saber que acababa de protagonizar el cotilleo más jugoso de aquél año en la colonia. Sep.
Resultó que mi amiga se había puesto malísima con una de las copas, que tenía que soltarlo todo y que si no lo soltaba, se ensuciaba encima. Trataron de llamarnos pero como estábamos a lo que estábamos, pues claro, ni lo oímos. Ella en el retrete pidiendo perdón entre ruidos estomacales, yo como un tomate envuelta en la toalla diciendo que no tenía importancia, mi chico con un ataque de risa que no podía parar y un imbécil en la casa de al lado diciendo “¡que repitan, que repitan!”, lo juro.
Yo al día siguiente no quería ni bajar a la playa. Quería ocultarme bajo la mesita del comedor tapada por el mantel y sacar la mano sólo para que me dieran mi plato en las comidas. Afortunadamente tengo unos amigos que son unos soles y me sacaron a rastras de la casa para bajar a la playa. “A ver si te crees que eres la primera a la que han pescado en plena función”, me dijo uno “¡A mi una vez, con Menganita, entró su padre en el cuarto y le tuve que decir que se me había soltado el elástico del pantalón!”. Así que me consuelo pensando que, bueno, es algo que puede pasar. Y seguro que el que aún los vecinos se aguanten la risa cuando nos ven llegar los veranos, no tiene nada que ver con mi episodio.
Delice