Cuando estaba en cuarto de universidad llevaba cuatro años con Sergio. A pesar de que teníamos una buena relación, no sé por qué, yo nunca acabé de fiarme del todo de él. Sergio vivía solo, era algo mayor que yo y le gustaba mucho salir de fiesta. Para aquel entonces, yo también salía de vez en cuando, pero no a su mismo nivel.
Recuerdo un día en el que yo me fui a dormir pronto ya que al día siguiente madrugaba porque tenía examen en la universidad. Él normalmente me llamaba para desearme buenas noches, pero esa noche no lo hizo, me mandó un mensaje cuando yo todavía estaba despierta diciéndome que descansara, que él estaría un rato más tomando algo y que se iría para casa. Quedamos en vernos el sábado.
Cuando me desperté para ir a la universidad, no tenía ningún mensaje suyo, sinceramente, pensé que me mandaría uno cuando llegara a casa, ya que solía hacerlo. En la facultad, recuerdo perfectamente que tuve un presentimiento que me atormentó y casi me hizo llorar, le dije a una compañera con la que me llevaba muy bien que creía que mi pareja se habría ido con otra persona. Ella me intentó quitar la idea de la cabeza, pero yo tuve una fuerte intuición sobre ello. Hice el examen, duró tres horas. Durante esas horas desconecté de mi preocupación y me centré en lo que realmente importaba. Recuerdo que a pesar de todo aprobé ese examen.
Al salir, hablé otra vez con mi compañera, que para aquel entonces ya se había convertido en una amiga, y le dije que iría a casa de Sergio, que aún tenía el teléfono desconectado y no sabía si le había pasado algo. Yo tenía las llaves de su casa. Bromeamos un momento imaginando qué pasaría si me lo encontrara en la cama con otra mujer y cuál sería mi reacción.
Algo dentro de mí me decía que aquello podía pasar de verdad.
Todavía recuerdo como iba vestida para aquel entonces, es un día que me ha marcado tanto que lo recuerdo como si fuera ayer a pesar de que han pasado ya muchísimos años. Llevaba el pelo recogido, una camiseta de tirantes blanca con rayas azules y unos tejanos.
Entré en el piso, vi un par de latas de cerveza encima de la mesa del salón y, de repente, vi un bolso de mujer en el sofá. Al lado, había unas botas con tacones. Entré lentamente en la habitación y ahí estaba Sergio, durmiendo con otra chica. Recuerdo perfectamente su piel pálida, y su pelo rubio. Me senté en la cama, en shock. No dije nada y me puse a llorar.
Cuando ella despertó me miró, y creo que se quedó en shock también. Pero entonces despertó él y yo me puse a gritar que qué hacía con ella si solo unas horas antes había estado conmigo, que cómo había podido hacerme eso. Sergio, en lugar de intentar disculparse y hablar conmigo, o probar de decir algo que me tranquilizara, me echó de casa. Me dijo que me fuera, que estaba loca.
En ese momento me demostró que era mucho peor persona de lo que podía imaginar. Lo pasé muy mal, adelgacé unos cuantos quilos, Sergio intentó que lo perdonara, me llamó llorando muchas veces, se obsesionó conmigo. Pero yo pasé uno de los mejores veranos de mi vida. Lo superé gracias a mi familia y a mis amigas y disfruté de la vida como nunca.
Sin embargo, este hecho me marcó, me creó una desconfianza hacia los hombres de la que me ha costado muchos años recuperarme. Por suerte, he aprendido que no todos son iguales y que cada persona es un mundo, que la infidelidad no entiende de géneros, sino de valores personales.
