Siempre había pensado que mi radar para conocer chicos era bastante afinado, pero después de una relación de 3 años descubrí que me fallaba.

Conocí a mi ahora ex pareja hace 4 años por una App para conocer gente. Empezamos a quedar porque conectamos en seguida, y en cosa de un par de meses comenzamos una, para mí, bonita relación. Creía que era un buen novio. Se preocupaba por mi bienestar, intentaba pasar tiempo conmigo en la medida de lo posible y notaba que le gustaba, o eso creía.

Vamos, que yo estaba muy feliz con él. Sólo había una cosa que no me gustaba, y era que jamás subía fotos de los dos en ninguna de sus redes sociales. Durante el primer año de relación, no le di demasiada importancia. Él me decía que no le gustaba mostrar cada actividad que realizaba a todo el mundo, que era un poco receloso con su intimidad, y a mí me parecía bien.

La cuestión es que eso no era del todo cierto. No era una persona totalmente pasiva en redes sociales. Es decir, subía contenido de cosas que hacía al menos dos o tres veces por semana, pero todo lo que subía era sólo de él. En el gimnasio, subiendo una montaña, algún selfie de postureo… pero jamás fotos conmigo.

Cuando ya llevábamos un añito y pico de relación, le comenté que me parecía raro que en todo ese tiempo no hubiera subido ninguna publicación en la que yo saliera de los muchos viajes que habíamos hecho, y él volvió con el mismo cuento. Le contesté que eso no era del todo cierto, que subía contenido pero que en ese contenido nunca aparecía yo. 

Su reacción fue ponerse como una fiera, reprochándome que me parecía a las típicas novias de sus amigos tóxicas que necesitaban reafirmación de la relación constantemente. Intenté que el enfado no fuera a más y me olvidé un poco del tema. Así fue pasando el tiempo hasta que habíamos hecho 3 años de relación, y en ese aspecto, la cosa siguió siempre igual. De cara a la galería, él no tenía pareja.

Un buen día, mi entonces novio estuvo utilizando mi ordenador y se dejó su IG abierto.

Yo no lo sabía y cogí el portátil un momento para mirar unas ofertas de trabajo. Entonces, saltó un aviso de un mensaje que le había llegado a la red social, y era de una chica con la que claramente estaba tonteando. Sé que no es lo más correcto, pero en ese punto me la pelaba y entré en la conversación. Gracias a ello pude verificar que efectivamente, habían estado tonteando durante semanas. Pero lo peor no fue eso. Las conversaciones con tías eran infinitas, y con todas, el tono era de ligoteo, por supuesto dejándoles claro que estaba soltero.

Me quedé clavada en el sitio, intentando buscar una explicación a esa situación. Explicación que, obviamente, no existía. Me sentí un poco tonta por no haber escuchado a mi instinto cuando me decía que después de varios años de relación no era natural que él no me mostrara en sus redes sociales, y desde ese día me prometí confiar más en mi intuición.

Por supuesto, hablé con él y le dije que lo sabía todo. Le recordé la discusión que habíamos tenido unos años atrás y que me tachó de loca porque no me sentara bien que fuera un fantasma en sus redes, y que finalmente el tiempo y su descuido me había dado la razón. Él agachó la cabeza y simplemente me deseó que me fuera bien en la vida.

Gracias al destino, su deseo se ha hecho realidad y estoy muy feliz, queriéndome mucho después de esta traición. Y por supuesto, censurarme en redes sociales se ha convertido en la mayor red flag para mis futuras parejas.

 

Anónimo