Lo que no se hace por la familia, no se hace por nadie. Y es que si mi prima tenía dudas sobre cuánto significa para mí, después de hacerle la cobertura y aguantar a semejante esperpento masculino, creo que le ha quedado bien claro lo mucho que la puedo llegar a querer. Desde entonces, no puedo —o más bien, no me da la gana— dejar de recordarle unas cinco o seis veces al mes, de media, que me debe una muy grande.

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Era verano y, como cada año desde que tuvimos edad para irnos de vacaciones sin nuestros respectivos padres, mi prima y yo hicimos la maleta y decidimos pasar unos días en la playa. Tostarnos al sol, alimentarnos a base de aperitivos de bolsa, pimplarnos un trillón de mojitos y/o de cervezas, bailar hasta caer rendidas y, básicamente, rascarnos la barriga. Ese era el plan, en principio. Pero, ya sabéis: cuando llega el calor, los chicos se enamoran. Es la brisa y el sol y también las tres o cuatro copas que llevábamos encima, así que al final conocer a alguien con quien pasar un buen rato, nos pareció una idea que si bien no formaba parte del plan principal, tampoco nos parecía una idea tan mala.

Una de las muchas noches que salimos de juerga, terminamos conociendo a dos chicos italianos. Mi prima, que de tonta no tiene un pelo, nada más ponerle el ojo encima, me dejó bien claro que «se pedía» al moreno y que me dejaba a mí al amigo; un chico rubio con pinta de creído que, sinceramente, no me atrajo lo más mínimo. Finalmente, los chavales dieron el primer paso y se acercaron a hablar con nosotras. Y digo hablar por decir algo, porque sólo uno de ellos chapurreaba algo de castellano. El churri de mi prima no entendía ni una sola palabra, pero parecían entenderse bien. A juzgar por los cinco minutos que tardaron en comerse los morros, supongo que es cierto que el amor es el lenguaje universal.

A pesar de que apenas le entendíamos, el rollete de mi prima resultó ser un chico súper simpático, pero por desgracia, no me equivoqué con su colega. El rubiales de media melena con pinta de Pocholo y aires de Brad Pitt, no sólo era un prepotente, sino que además me dejó bien clarito que no quería estar allí conmigo. Mira que el tío hablaba castellano que daba gusto, pero no me dirigió la palabra en todo el rato que estuvimos juntos, se limitó a pasear la mirada por el local mientras me ignoraba deliberadamente. Como si aquí mi amigo fuera lo más de lo más y yo no estuviera a su altura. No me jodió que yo no le gustara, porque esa falta de interés era mutua, pero al menos yo me molesté en fingir por pura educación que su presencia no me daba asco.

Cuando mi prima decidió que su sesión de besos ya era suficiente, se dieron los números de teléfono y nos marchamos a casa. Perder de vista a aquel imbécil fue el equivalente de quitarse el sujetador al llegar a casa, un alivio inmenso. Le dije a mi prima que me parecía estupendo si volvía a quedar con su italiano tan majete y comunicativo a su manera, pero que no contase conmigo. Sin embargo, para mi desgracia, no me quedó otro remedio que volver a soportar a aquella especie de Tony Manero con ínfulas. Resulta que los chavales eran como un pack de cervezas en oferta y no podían ir el uno sin el otro. Mi prima me suplicó que le hiciera la cobertura para poder volver a ver a su rollete y yo, que soy muy blanda, terminé cediendo.

Y allí estaba mi cita, con las mismas ganas que yo de estar allí. ¿Era posible que él creyese que me estaba haciendo un favor con su presencia? No sé qué me daba más asco de él, si su forma de ser sumamente altiva o su ropa de Borja Mari de la Toscana. Igual que la noche anterior, los dos tortolitos se empezaron a dar el filete, sólo que aquella vez, se adentraron en la oscuridad de la playa y nos dejaron solos. Entre su colega y yo, sentados en un banco, silencio absoluto. Era como si estuviésemos en la sala de espera del dentista, cada uno a lo suyo, esperando a que todo terminase de una vez. No podía entender por qué aquel tío me odiaba tanto.

Yo le tenía un asco que no le podía ni ver, pero al menos trataba de disimularlo. Sin embargo, él no paraba de resoplar mientras miraba el reloj y murmuraba en italiano por lo bajini y yo, que ya estaba harta de su mala educación, no pude evitar decírselo: no me estás haciendo ningún favor por estar aquí, eres el tío más gilipollas y más desagradable que he tenido la desgracia de conocer. Después sucedió algo muy extraño y es que él me contestó algo en italiano y yo le grité mientras se marchaba que hiciera el favor de pasarse un cepillo por el pelo porque parecía que había tenido dos gatos follando en su cabeza. No me juzguéis, fue lo primero que se me ocurrió.

Lógicamente, no me iba a quedar esperando allí en medio de la nada a que mi prima quisiera terminar, así que hice lo propio y yo también me fui a casa. Después de aquello, mi prima ya no se atrevió a pedirme el favor nunca más, así que siguieron viéndose a solas. Hasta donde yo sé, aquel rollete de verano acabó ahí y ninguna de las dos supo nada más de aquellos italianos tan diferentes entre sí. Ni ganas, desde luego.

Mar Martín.