Hoy traigo un misterio digno de ser tratado por Iker Jiménez en Cuarto Milenio. ¿Qué es lo que pasa en el cerebro de una suegra cuando nace el primer nieto que le da un hijo suyo? ¿Qué reacción química se sucede en su cerebro que provoca que los neurotransmisores de dopamina o serotonina se liberen en la sinapsis y se convierta por arte de magia en otra persona, a la que no conoces en absoluto?
Porque algo tiene que pasar. Seguro. Si no, no es entendible que una mujer la mar de maja pase a ser una tirana, criticona, sabelotodo, poseedora de la verdad absoluta y jueza suprema con el poder de regir nuestros destinos.
Empecé a salir con mi chico y como la cosa iba bien, al poco tiempo conocimos a las respectivas familias. Mis padres fueron un poco reacios durante una temporada ya que con mi anterior pareja se habían llevado muy bien y para ellos fue duro que nuestra relación terminase. Y supongo que durante un tiempo mantuvieron la esperanza, vana, de que volviésemos a estar juntos. Esta actitud tensó mi relación con mis progenitores un par de añitos buenos, puesto que intentaban que siempre que había una reunión familiar fuese yo sola, sin compañía. No me sentí apoyada y me distancié un poco. En cambio, los padres de mi chico nos abrieron los brazos y las puertas de su casa. Y allí todo eran buen rollo. Así que me encontraba más a gusto con su familia que con la mía propia. Con mi suegra y mi cuñada íbamos de tiendas, a tomar café… A mí me ayudaron a encontrar un nuevo trabajo, cuando me quedé en el paro, e incluso nos ayudaron a buscar piso.
Cuando mis padres vieron que estábamos a punto de dar el paso de comprarnos un piso juntos, tuvieron que asumir que no había vuelta atrás. La tensión se relajó y nuestra relación familiar volvió a fluir y a ser la misma de siempre.
Y entonces mi chico y yo decidimos ir a por el bebé. Me quedé embarazada bastante rápido, no hicieron falta muchos intentos. El primer trimestre lo pasé bastante mal. Mis padres se volcaron en cuidarme, llenos de ilusión porque por fin iban a ser abuelos. Y aquí mi suegra empezó a tener algún comportamiento raro. A veces yo creía ser receptora de veladas críticas sobre cómo estaba llevando mi embarazo en cuestiones como alimentación o revisiones ginecológicas. Insistió mucho en que hiciese seguimiento con su ginecólogo privado, pero no nos pareció buena idea Principalmente, por dos motivos, porque era de pago y mi chico y yo trabajamos en la sanidad pública (y somos pro servicios públicos), y porque aquel señor de una edad ya un tanto avanzada me daba un poco de repelús, para qué lo vamos a negar. No se lo tomó muy bien, mi suegra, casi como un desprecio, pero mi pareja le quitó importancia.
Ay, aquellas eran las primeras señales de que la cosa estaba cambiando y no quise verlo.
Nació nuestro bebé. Y la suegra involucionó. Como si se tratase de un gremlin que le han dado de comer después de las doce de la noche o lo hubiesen bañado. Todo lo hacemos mal. Bueno, corrijo: todo LO HAGO mal. Todo lo critica. Intenta imponer su opinión por encima de la nuestra. Al principio, se salía con la suya porque no sabíamos pararla, porque nos sabía incluso mal. La disculpábamos pensando que todo lo hacía por el bien de nuestro bebé. Pero llegó un punto que la situación se volvió insostenible. Y aprendimos, a las malas, a hacer valer nuestros derechos como padres, con algún que otro cristo de su parte por en medio.
Quería escoger el pediatra. No le parecía bien lo que le dábamos de comer. Compraba ropa super queca para ponerle y si no se la poníamos montaba el drama. Quiso opinar sobre la guardería. Sobre las vacunas. Sobre los juguetes. Llegaba a casa y si el bebé dormía, lo despertaba para que viese a su abuela. Traía a sus vecinas a casa sin avisar para que conociesen a su nieto.
Llegó un momento que sentía que mi privacidad estaba siendo tan vulnerada que me largué de mi propia casa y me instalé en casa de mis padres un par de semanas. Y mi chico se dedicó a tener broncas diarias con su madre para hacerla entrar en razón.
Tuve que aprender a decir que no bien clarito, para que no quedase ningún atisbo de duda, a negarme a hacer cualquier cosa con la que no estuviera de acuerdo.
Finalmente, con el paso del tiempo, hemos conseguido que afloje su constante acoso y derribo. Ahora suelta alguna pullita de vez en cuando, pero estamos más tranquilos. No obstante, la relación se ha enrarecido. Ya no hay aquella complicidad que hubo pre-bebé. Y no sé si volverá a haberla.
¿Sabéis qué? Echo de menos a mi suegra. A la de verdad. No a este ser extraño que ha invadido su cuerpo y suplantado su identidad.
Anónimo
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