Lo nuestro fue amor a primera vista. Nuestros ojos se cruzaron a lo lejos y, de entre todas las personas que estábamos allí esa tarde de verano, ella me eligió a mí. Se soltó de la correa, atravesó el parque a toda velocidad haciendo oídos sordos a los gritos de mi chico y se abalanzó sobre mí. Terminamos tiradas en el suelo, yo muerta de amor y de risa debajo de una bóxer de casi treinta kilos y ella muriendo por cubrirme la cara de besos. Así fue como conocí a Nala y así también fue como, por primera vez, creí en los flechazos.

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Una de las cosas que más me gustaba de mi pareja cuando empezamos, fue lo mucho que quería a su perra, el amor que había en sus palabras cuando hablaba de ella. Se le dibujaba una sonrisa tontorrona en la cara al decir su nombre y al poco tiempo de conocerla lo entendí perfectamente. Yo también me contagié. Cada vez que viajaba para pasar unos días con mi chico, iba corriendo en busca de Nala y él siempre me decía medio en broma medio en serio que parecía que quisiera más a la perra que a él. Yo siempre le decía que eran «quereles» diferentes.

Cuando, después de un año de aguantar carros y carretas, decidimos que las relaciones a distancia no eran para nosotros, empezamos a buscar casa para irnos a vivir juntos. Por supuesto, Nala estaba incluida en la ecuación y, aunque no fue nada fácil, por fin encontramos un sitio donde tener mascota no era un impedimento para entrar a vivir. Nos encantó que la casa tuviera un jardincito donde la perra pudiera correr y juguetear a sus anchas. Creo que fue, sin lugar a dudas, una de las épocas más felices de mi vida.

Mis padres nunca me habían dejado tener perro, así que durante aquellos años aprendí lo que era tener que madrugar para sacar a Nala, tener que pasear bajo la lluvia, gastar un dinero considerable en veterinarios o limpiar pipís accidentales de las alfombras. Sin embargo, también supe lo que se sentía cuando me recibía con tanta felicidad al llegar del trabajo, que me hiciera reír cuando había tenido un día de mierda o que me lamiera las mejillas cada vez que me veía llorando. Y así, durante años, fui descubriendo el significado del amor más puro.

Una tarde, Nala empezó a toser. Era como si tuviera algo atascado en la garganta y como siempre había sido muy tragona, pensamos que podía ser un trocito de comida mal masticada y no le dimos más importancia. Hasta que un día, meses más tarde, nos llevamos un susto terrible cuando la pobre empezó a toser y vimos que no podía respirar. Salimos corriendo al veterinario y nos dijo que tenía una infección respiratoria, que unas pastillas solucionarían el problema. Respiramos aliviados pero no terminaba de recuperarse. Ella, que siempre tenía ganas de correr y jugar, ahora estaba triste y no dormía porque la tos empeoraba por la noche.

La segunda vez que fuimos a consulta, le hicieron una placa de tórax y nuestros peores presentimientos se cumplieron: Nala tenía un tumor enorme que oprimía sus pulmones y el corazón. Estaba sufriendo y podía morir asfixiada en cualquier momento. Nos recomendaron dormirla y, como cualquiera que haya tenido que tomar esa decisión sabrá, lo hicimos sabiendo que aquel día nosotros también íbamos a morir aunque la única que dejase de respirar fuese ella. Nos despedimos de ella y ella movió su rabito por última vez al vernos.

Mi chico y yo nos pasábamos el día llorando, abrazando la cama de Nala, acariciando sus mantitas y sus juguetes. Desde aquel día, en casa reinaba un silencio absoluto. Apenas nos dirigíamos la palabra si no era para hablar de la perra y terminar hechos polvo. Era como si nosotros también estuviésemos muertos en vida. No entendía nada, pero lo cierto es que me di cuenta de que estábamos juntos por inercia, no por que en realidad sintiéramos un amor inmenso el uno por el otro. Aquella relación tan bonita que nació hacía años, había desaparecido.

Nos convertimos en dos personas grises que no se reconocían la una a la otra. Un día decidimos que sólo estábamos alargando algo que ya no tenía sentido y que era mejor dejarlo antes de que terminásemos destrozándolo. Mi chico era el dueño de Nala, así que cuando se marchó, se llevó las pocas cosas de las que no fuimos capaces de deshacernos y me dejó una de sus mantitas como recuerdo. Un recuerdo de la época más bonita de mi vida.