Cuando eres pequeña, todo el mundo te habla de la importancia de cuidar a tus amigas y amigos, de cultivar las amistades y regarlas, de lo importante que es tener siempre a alguien cerca y de lo importantes que serán algunas personas en tu vida.
Lo que nadie te cuenta es que, en algún punto entre los 35 y los 40, por más que hayas regado, por más que hayas sulfatado de malos rollos ajenos, por más que hayan alimentado, la vida lleva a cada persona a un lugar que suele ser lejos de las personas con las que creías que eran imprescindibles en tu vida.

Sé que hay grupos de amigos y amigas de toda la vida que continúan juntos hasta la jubilación, pero no es lo mismo. Nunca lo es.
Hace poco, el grupo de amigos de mi marido hizo una reunión. Hacía al menos 6 años que no se veían todos juntos. ¿Son amigos? En principio si, pero cuando tienes que repetir varias veces el nombre de uno de tus hijos te das cuenta de que el tiempo ha hecho un enorme agujero en medio.
En esa misma reunión me quedé hablando con una de sus amigas. Me consta el cariño mutuo que se tienen. Su novio nos cae genial, ella y yo tenemos mucho en común y ellos dos eran culo y mierda en la universidad. Pero hay algo inexplicable que hace que todo quede siempre en un “tenemos que hacer algo juntos”. Que nunca se encuentre el momento de romper tu rutina por un plan sencillo con quien antes pasabas los días enteros.

Mi amiga por excelencia, quien era mi otra mitad. Hoy en día hablamos, con suerte, una vez al mes. Creía que era ella quien se distanciaba, hasta que me dijo que ella se sentía como yo. Simplemente la vida nos ha separado físicamente y no hemos puesto suficiente por nuestra parte para que esto no hiciera meya en nuestra amistad. Nos vemos en fechas señaladas en el calendario y prometemos hacer algo más por vernos en medio, pero ambas sabemos que es mentira.
Cuando hacíamos planes imaginarios con la amiga de mi marido, nos quedamos solas un rato y le conté cuanto me preocupaba que él no tuviera alguien con quien hablar fuera de casa últimamente (tras la ruptura de su amistad con su mejor amigo). Entonces ella me contó que se sentía igual. Que recordaba cuando su madre le decía que al pasar cierta barrera las amistades pasaban a un segundo plano. Estaban ahí, si, pero solamente a veces. Ya no son el motor de tu día a día, ya no actualizas tu historia a diario. Pasas a tener que recordarle el nombre de tu hijo o a decir “tenemos que vernos más” sin que te suene tan raro.
Recordé entonces a mi madre, un día en que yo estaba muy mal por los problemas de una amiga. No dormía, dejaba de hacer mi vida por ayudarla, y mi madre me dijo: “ Eso está bien y es muy bonito, pero no descuides tu vida por la de otros, pues llegará un momento que esas personas ya no estarán y lo que hayas invertido lo habrás perdido. Ayúdala, pero sin dejarte a ti misma a un lado”.

¡Qué razón tenías, mamá! Me parece que hace varias vidas de aquello, me parece ridícula la cantidad de energía que metí en ayudar a alguien que jamás movió un dedo por mí y que hoy en día no sé ni quiero saber qué es de su vida.
Pero no todo son malos rollos. Es solamente la vida, el ciclo vital que te lleva a la introspección, a la rutina, a la intimidad…
Echo de menos tener una rutina con un grupo de amigos y amigas, pero realmente no encajaría en nuestra rutina.
Diré que encontré grandes amistades en las familias de las amigas de mis hijos y es un refugio, un lugar seguro libre de juicios que comprende los gritos y el desorden, los horarios extraños y los menús infantiles. Supongo que ahora ellas son la nueva versión de mi pandilla. Con un cariño mutuo comedido y más conversaciones de virus que de fiestas, aunque haya un poco de todo.
Siento que nadie nos avisó suficiente.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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