Así es la cosa: tienes una pequeña colección de cuentos eróticos publicados que, se vendan o no —que no se venden—, pues oye, son una fuente de orgullo personal. Porque tu trabajo te costó idearlos, escribirlos, corregirlos, y aún más, vencer la timidez de mostrarlos al mundo y publicarlos. Aunque no salgas a la calle con una camiseta estampada con un código QR que lleve a tus relatos (que no sería malo como idea publicitaria), tampoco se trata de que lo ocultes. Con frecuencia, alguien dice “la que sabe de erotismo es Delice, que lleva ya un montón de relatos escritos y los publica”, “la cultureta es esta que, ¿cuántos libros llevas escritos ya?”, o simplemente si me preguntan a qué me dedico, digo sin tapujos que —aparte de muchas cosas más— soy sobre todo escritora.
No falla. En el momento que lo dices, tiene que llegar El Listo: “ah, lo que tú tienes que hacer es escribir una saga, que ahora eso pega mucho. Lo que tienes que hacer es escribir algo bien salvaje, que el público está harto de porno vainilla de hadas. Lo que tienes que hacer es escribir algo que se salga de la norma, no sé, una violación estilo la manada, pero que a ella le guste mucho y luego los mate a polvos, para que nadie se queje. Lo que tienes que hacer…”, LO QUE TIENES QUE HACER ES CALLARTE, JOSÉ LUIS. Yo no te digo a ti cómo hacer tu maldito trabajo, ¿verdad? Llevas sin escribir más de seis líneas seguidas desde aquella redacción de “Lo que hice en mis vacaciones” que te pusieron en Sexto de Básica, y llevarías sin leer aproximadamente el mismo tiempo si no fuera por el Marca. No te lo creerás, pero llevo dos décadas escribiendo erotismo sin regirme por otro principio que “escribo lo que a mí me gustaría leer”, no te he pedido ideas ni opinión, no has leído nada mío, no tienes ni idea de qué escribo, pero tú te crees en la posición de darme directrices porque “las mujeres solo escribimos vainilla, solo escribimos porno para mamás, solo escribimos romance aburrido” y, claro, yo necesito que tú me digas cómo se escribe el erotismo que tú quieres leer. Pues te diré una cosa: si quieres leer un relato de violación a unas gemelas, o de protagonistas femeninas cuyo contenido en el sujetador es inversamente proporcional al de su cerebro, si quieres leer cualquier tipo de relato de los que salían en la Penthouse, te lo escribes tú, O ME PAGAS POR HACERLO, ¿hace?
Porque os diré: con discreta frecuencia he escrito a demanda o he coqueteado con límites del consentimiento en ciertos relatos, llevándolo a extremos que he preferido no publicar o no compartir, simplemente porque opino que el arte no ha de tener límites en la expresión, aunque sí en la distribución. Alguien me ha pedido relatos para sí mismo, o para regalar a su pareja y mediante un pequeño pago, le he hecho feliz, y ahí sí tienen derecho a decirme “quiero que salga tal cosa o tal otra”, vale, pero hay cosas que no me da la gana hacer y no haré, aunque me paguen. NO ESCRIBO ABUSOS A MENORES. NO ESCRIBO NINGÚN TIPO DE RELACIÓN SEXUAL EN LA QUE UN MENOR APAREZCA Y MENOS AÚN LLORE DE DOLOR, SEA MALTRATADO, HUMILLADO, MUTILADO O LASTIMADO. Punto.
Si alguna vez conocéis a un pintor, no le digáis que TIENE que pintar tal cosa o tal tema. Si es un escultor, no le digáis que TIENE que esculpir algo en concreto. Si conocéis a un escritor, no vengáis a decirle sobre qué tiene que escribir. Y si quieres leer un relato sobre el abuso entre varios hombres a una niña de seis años, directamente desaparece de mi vista, pero además, BUSCA AYUDA, MALDITO ENFERMO. Podéis creerme: se conoce a gente muy necesitada cuando dices que escribes acerca de según qué temas.
Delice.