No soy una persona atlética. Nunca lo he sido. Tampoco tengo la propiocepción especialmente desarrollada, ese superpoder que te permite saber dónde está tu cuerpo en el espacio sin necesidad de mirarlo. Yo voy por la vida como si el mundo estuviera ligeramente mal colocado respecto a mí. Es una saga familiar marcada por los golpes secos, los encontronazos con puertas y las caídas sin épica.
De pequeña, mi padre decía que si alguien pintaba una línea en el suelo con un lápiz, yo me tropezaba con ella y me iba de bruces. Y tenía razón. Mi cuerpo y el espacio nunca han sido grandes aliados. Me he caído de muchas maneras: no es lo mismo caerte de un caballo que descuajaringarte tú sola, sin motivo aparente, y verte de repente de rodillas en mitad de la calle preguntándote en qué momento exacto se rompió la dignidad.
Tengo experiencia en caídas. Mucha. Un máster, podría decirse. Y aun así, cada vez que veo que alguien se pega un mamporro… me meo de risa. No hablo de caídas graves, ojo. Hablo de esas caídas sin consecuencias, las de hacer el ridículo durante tres segundos eternos. Esas las que no deberían ser graciosas… pero lo son.
Recuerdo una escena de adolescencia grabada a fuego. De repente, una mujer empezó a resbalar. No fue una caída normal. Fue un proceso. Un espectáculo. Sus pies comenzaron a deslizarse como si estuviera improvisando una pieza de danza contemporánea. Pudimos anticipar el desenlace. Vimos cómo el equilibrio la abandonaba. Y vimos cómo, finalmente, caía. Le volaron los zapatos. Literalmente.
Durante un segundo nos quedamos congeladas. En cuanto supimos que estaba bajo control y que nadie se había hecho daño… explotamos. Un ataque de risa monumental. Incontrolable. Nos orinábamos vivas. No había maldad; había pura incapacidad de gestionar lo que acabábamos de ver.
Y aquí viene la gran pregunta: ¿por qué nos da la risa? Quizá sea ese momento absurdo en el que el cuerpo humano, diseñado para caminar erguido, falla estrepitosamente. Algo se rompe en nuestra cabeza y el cerebro dice: “esto es demasiado”.
A mi hijo mediano esto le da muchísima vergüenza. Él lo ve humillante. Y quizá tenga razón, pero aquí está la paradoja maravillosa: cuando se cae otro, me descojono. Cuando me caigo yo, me muero de vergüenza. Me levanto rápido, miro alrededor y finjo normalidad. Todo menos asumir que acabo de besar el asfalto.
Recuerdo que un chico en la hípica me soltó: “Es que los viejos no rebotáis igual que los jóvenes cuando os caéis”. Me cayó un sopapo viejil en toda la cara. Y me quedé pensando: ¿por qué no rebotamos? ¿Será el peso de la sabiduría o las articulaciones que ya no confían en nadie?
Las caídas cambian con la edad. Ahora te levantas, haces inventario corporal y decides si sigues o si necesitas cinco minutos de dignidad en silencio. Sigo riéndome de las caídas ajenas porque hay algo profundamente humano en ese humor involuntario. En ver cómo, por un segundo, todos somos igual de torpes.
Es incoherente, pero es honesto. Ahora dime tú: ¿cómo van tus caídas? ¿Rebotas?
Parvaty