Siempre digo que soy «libre de niños» porque no los tengo, pero nunca «antiniños». Me gusta interactuar con ellos y que me cuenten las vicisitudes de vidas marcadas por el descubrimiento continuo y las primeras veces. Son conversaciones que, con frecuencia, resultan más interesantes que las que tengo con sus papás y mamás.

Con mi sobrino he alcanzado otro nivel. Ya no es que me guste interactuar con él y preguntarle por el cole o por sus amiguitos, es que me divierto muchísimo. Me puedo pasar horas jugando con él, mirando su carita embobada cuando le estoy explicando algo, dejando que tome la iniciativa y haciéndome la tonta con las instrucciones que da para comprobar su reacción, viendo cómo sonríe y me mira para que reconozca alguno de sus hitos, sacando sus palabrejas…

No me importa que me utilice. A veces llego a casa de mi hermano y lo primero que me pregunta es «¿No has traído ningún regalito para mí?». Se ha hecho a la idea de que yo soy la tita que vive lejos y, cuando puedo ir, lo colmo de atenciones. Es posible que no tenga una relación más honesta que esa. Me quiere por lo que le doy y no tiene ningún problema en demostrarlo, porque ni siquiera es consciente de que haya problema alguno con esa relación “por interés”.

Mi sobrino es un pasaporte directo a mi infancia. Es clavado a mi hermano. A veces, mientras jugamos, saco la niña que llevo dentro solo por rememorar las tardes infinitas de juegos en casa o por el barrio con su padre, mi hermano, como si se tratara de un viaje en el tiempo en el que yo saco una versión mejorada de hermana mayor: ahora soy más veces cómplice que chivata.

No tengo que ejercer ninguna gran responsabilidad con él. Los padres, como todos los padres, se encargan de echar la “meadita” para marcar el territorio a nada que alguien se atreve a hacerles alguna sugerencia sobre crianza (cosa que a mí no se me ha ocurrido). Así que yo me limito a explicarle de manera amistosa por qué hay cosas que no pueden ser, y dejo que sean sus padres los que le regañen y busquen soluciones creativas para enseñarle.

No estoy con él tanto como me gustaría, pero es suficiente. No va a venir a llamarme a las 5 de la mañana porque le duele algo, ni me va a dar un dolor de cabeza averiguar dónde lo dejo al día siguiente porque al colegio no lo puedo mandar y yo tengo que trabajar. Si tuviera que hacerlo, lo haría, pero no es mi papel.

No me va a montar numeritos diarios con la comida, o porque la pasta de dientes le sabe mal, o porque no quiere irse a dormir. Tampoco preveo que ande detrás de mí durante semanas para que le compre una moto, o la Play, o el iPhone 1000 o cualquier otra que se le antoje de adolescente.

Asumo mi rol secundario y testimonial en la vida de mi sobrino, pero tengo lo mejor a cambio: disfrutar de su infancia sin tener que llevar el peso de la crianza. ¿No es ser tía mucho mejor que ser madre?

Adoro a mi sobrino, lo mimo y lo consiento porque es el que tengo y no lo veo todas las semanas, ni siquiera todos los meses. Esto es una carta de amor a él con carga irónica, porque para que haya tías tiene que haber madres. Nosotras tenemos la mejor parte (o no, según se mire), pero antes ha tenido que haber personas valientes con una enorme capacidad de dar que hayan querido embarcarse en el gran desafío de sus vidas. Y, de manera indirecta, hacernos uno de los mejores regalos de nuestra vida.