Tengo dos hijos: un niño de 5 años y una niña de 3. Y, algo que nunca pensé que sería así, son las tardes de parque. La verdad es que no sé si será porque mi madre trabajaba y nosotros teníamos una terraza muy grande en un patio de vecinos, yo apenas fui.
Sin embargo, ahora que tengo hijos me doy cuenta de lo que oculta una simple salida al parque o un chat de padres.
Llegas al cole, al primer curso de 3 años, y te aborda un padre para meterte en el chat de padres. El “comunity manager” es un hombre majete, agradable y que se ve que quiere que nos sintamos todos integrados. Todo genial.
“¡Bienvenidos a la clase de los leones!”. “Yo soy la mamá de Perico”. “Yo, el papá de Khalessi”. “Y yo la mami de Dulce. Emoticono infantil. Besos. Besos”. En fin, vale, bienvenidos a los “Alcohólicos anónimos de infantil”. Venga, vale, todo muy cordial.
“¡Leones, vamos al parque de las tortugas a las 17.00! ¿Quién se apunta?”. Y caes en la red… ¿Cómo no voy a llevar a mis hijos con sus amigos? Pero allí las conversaciones son tan variopintas como nosotros: cada uno de su padre y de su madre. A lo mejor tienes la suerte de cuadrar con algún padre majo, pero, a lo peor, no. Y no pasa nada. Repitamos: no pasa nada si no te caen bien los padres de los amigos de tus hijos.
Resulta que el “comunity manager” que, además, es psicólogo, tiene la misma psicología que Jorge Bucay y Mr. Wonderful: muy bonito todo, pero de mundos de Yupi. Además, no te cae bien. Y vale ya de ser políticamente correctos para todo: hay gente que te cae bien y gente que no. No es una cuestión de empatía, es una cuestión de simpatías y, en eso, no manda la razón.
Sí, me cae mal. De hecho, me cae fatal por una serie de encontronazos que hemos ido teniendo a posteriori. Y estoy cansada de llegar al parque, poner la sonrisa falsa y fingir que somos todos los Osos Amorosos.
Estos meses he estado haciendo una importante labor de introspección: he analizado por qué me caen mal algunos padres y he intentado ver si es algo irracional o se debe a algún motivo. Desde la empatía, pero también desde la tranquilidad de asumir que es imposible que me caigan bien todos.
El resultado es que, en mi caso, hay tres tipos de padres: los que me caen bien y con los que hemos quedado alguna vez para estar con los niños y nos hemos tomado algo. Nos hemos divertido y repetiría. ¿Son mis amigos? No, pero podrían llegar a serlo.
Luego están los padres que ni fu ni fa. Nos vemos en el parque, tenemos conversaciones de ascensor, nos llevamos bien, pero no nos iríamos un domingo al campo y luego a comer. Son como esos compañeros de curro con los que estás en el trabajo, pero punto y pelota.
Y luego hay padres que te caen mal. Y con esos te limitas al buenos días y buenas tardes. En mi caso, cuando coincido con estos, y sólo están ellos en el parque, me llevo un libro de esos que no tienes que seguir al pie de la letra, me pongo en otra punta y vigilo a mis hijos sin tener que mantener una conversación que me incomoda. ¿Por qué? Pues porque sus hijos son amigos de los míos, pero yo no soy amiga de sus padres. Y no pasa nada.

