Pues llevábamos cuatro años de relación, los dos últimos viviendo juntos. Todo maravilloso. A ver, no nos vamos a engañar, no era idílico: pero es que nunca lo es. Quien te diga que sí, o miente o es que pasa algo. Teníamos nuestros roces, fruto de la convivencia y de tener dos caracteres muy fuertes.
Somos tozudos y de personalidad explosiva, pero hemos sabido ir capeando nuestras pequeñas tormentas, limando asperezas y amoldándonos el uno al otro. Desde el respeto y el cariño, ya que es la manera que entendemos en la que se forja una relación duradera.
Un buen día fuimos cenar a nuestro restaurante pijillo de referencia. Sólo porque sí, porque nos apetecía. Cenamos súper bien, como de costumbre, y pedimos los postres. Yo siempre me pido el mismo postre en este restaurante, porque está buenísimo. Pero ese día me plantan delante un recipiente metálico tapado. Yo, que soy muy discreta, no dije nada. Pero sí le comenté a mi pareja que vaya presentación rara se habían inventado ahora para el postre. Él no le dio mayor importancia. Mientras esté igual de bueno.
Quito la tapa y empiezo a sacar hojas verdes. Yo flipaba. (Sí, así de tontita soy.) Hasta que llegué a un paquetito envuelto. ¿Y esto? No sé, ábrelo. Desenvuelvo el paquete y ya, ahí sí, me di cuenta. Ay, copón, que es una cajita de una joyería. Y abrí y sí, estaba el anillo con un pedazo de pedrusco importante. Pues nada, mi chico me preguntó si quería que nos casáramos y yo le dije que sí.
Se lo dijimos a familia y amigos y empezamos con los preparativos de la boda. No obstante, también hacía poco que habíamos empezado con los preparativos de ser padres, ya me entendéis. Pero decidimos seguir adelante con las dos cosas. Si me quedaba embarazada antes, pues no pasaba nada. Primero vendría la criatura y luego la boda. Y claro, como eran más divertidos los preparativos para ser papis que los otros, pues un buen día nos enteramos de que lo habíamos conseguido. Pero oye, que de mientras, podíamos seguir trabajando en la organización del enlace.
Encontramos una ermita románica preciosa donde celebrar la boda, pero había un poco de lista de espera. No nos importó, porque pensé que así mi niña (ya sabíamos que era una niña) estaría un poco más crecidita y yo tendría tiempo de recuperarme físicamente.
Fuimos a escoger, acompañados de nuestros padres, el restaurante para el convite con un bombo importante. Teníamos preparada la lista de invitados y el diseño de las invitaciones.
Y ya llegó el día de parir. Después de un día y medio en el que intentaron provocarme el parto, acabé con una bonita cesárea y una niña preciosa.
Me costó un tiempito recuperarme físicamente y emocionalmente vivía en una montaña rusa. Bonito y duro a la vez.
Y entonces empezaron a invitarnos a bodas. Hasta ese momento, como adulta, sólo había ido a una. Recuerdo pensar que, cuando yo me casase, haría las cosas de otra manera, porque me pareció todo muy queco. Pero es que resultó que a todas las bodas a las que íbamos eran iguales, fuese por la Iglesia o por lo civil, homos o heteros. Y chica, me empezó a dar grima pensar en la posibilidad de que, un día, yo fuese la protagonista.
A ver, analicemos componentes que no fallan en todas las bodas, así, aleatoriamente, para que comprendáis el motivo de mi rechazo.
Las fotos. ¿Por qué tiene que venir alguien a hacerte fotos mientras te estás vistiendo? ¿Dónde queda mi intimidad? Y luego te van siguiendo todo el puñetero día. Y si te quieres sacar un paluego que se te ha quedado enganchado entre los dientes, no estás tranquila como para sacártelo. Y luego que mientras todos los invitados se están poniendo finos filipinos con el cóctel, tú y tu pareja, haciendo el tonto para que os hagan fotos para el recuerdo. Y bueno, ya no quiero ni hablar de las fotos que se hacen en el baile, en las que todos están ya un poco pasaditos de vueltas y con la dignidad guardada en un bolsillo. Que cuando las ves días después, te avergüenzas hasta lo más profundo.
Tener que escribir los votos y leerlos delante de todo el mundo. Llamadme maniática, pero a ver a quién le importa, más a que mi chico y a mí, de qué manera nos queremos. No quiero tener que dar explicaciones sobre eso. Nos queremos y ya.
La entrada de los novios. Con lo vergonzosa que soy, venga ya, todo el mundo aplaudiendo y yo tengo que pasearme entre la gente, mientras saludo. No, no, yo complejo de diva no tengo. Ni he nacido princesa como para tener que hacerlo.
La sorpresa que invariablemente te hacen amigos o familia y que te hace llorar. Perdonad, pero yo lloro en privado, no me fastidies. Que pego unos sollozos muy poco dignos y se me cae el moco que es un gusto. A parte de que se me hinchan los ojos y la nariz. Además de quedar como un cuadro, fastidiar el maquillaje que seguro vale una pasta. No, no, no.
El que se besen, que se besen. A ver, que yo beso a mi pareja cuando yo quiero. Y no me gusta hacerlo mientras me están mirando. Que me da apuro. Y ya si nos piden que nos besemos encima de la mesa, con lo patosa que soy, fijo que me escamocho, subiendo o bajando, o ambas, y para qué queremos más. Que tengo yo una tendencia innata para visitar hospitales que es legendaria.
El baile de los novios. Por Dios, si mi chico es arrítmico total. Que nació con la cadera soldada. Todo el mundo mirando (¿he dicho que soy vergonzosa?) y nosotros haciendo el pena. No, gracias. Y menos eso que se ha puesto tan de moda de hacer una coreografía sorpresa para deleite de los invitados. ¿Qué soy yo, actriz de un musical?
Y podéis decir que si es mi boda puedo hacer lo que me dé la gana, pero yo sé que decepcionaría a familiares y amigos. Así que, si de decepcionar se trata, que se queden con la de que no van a poder asistir a mi boda. Porque no va a haber boda. Sí, ya sé que en su día dije que sí, y tengo un anillo que lo confirma.
¿Sabéis qué? Que lo tengo guardado a buen recaudo (no vaya a ser que lo pierda) y sólo lo saco cuando voy de boda como invitada, porque me parece de una ironía preciosa. Y, bueno, que al fin y al cabo, cambiar de opinión está bien, es sano, es de sabios. Soy más mayor y sé lo que quiero y lo que no.
Y no, no estoy en contra de las bodas. Me lo paso pipa siempre que voy a una. Las disfruto a tope. Me encantan las bodas. Las de los demás, claro. La mía, va a ser que no.
