Cuando era adolescente, mi mejor amigo y yo nos hicimos una promesa: si cuando tuviéramos 35 años no habíamos encontrado una pareja estable, nos juntaríamos para formar una familia. Sé que suena a “cosas de críos”, pero al final la vida nos llevó a poner en marcha nuestro plan y resulta que, a día de hoy, tiene incluso nombre: coparenting.

El coparenting como proyecto familiar

Sé que hay varios tipos de coparenting. También sé que yo no soy una experta en el tema, aunque lo practique a mi manera. Si tuviera que definirlo, hablaría de un modelo de crianza colaborativo en el que los padres del menor no tienen un vínculo sentimental. De ahí que yo difiera entre: coparenting voluntario o forzado.

El forzado, bajo mi punto de vista, incluye a esas parejas que, si bien están rotas, deciden mantenerse unidas por los intereses del niño y por facilitar la conciliación entre progenitores. En la actualidad, lo vemos mucho: sueldos bajos, alquileres por las nubes, educación pública cara, comedor y extraescolares a unos precios desorbitados; muchas horas de trabajo y poco tiempo. Con un sueldo apenas llega para malvivir, por lo que aunque el amor se haya terminado, deciden unir fuerzas para mantener un mínimo de calidad de vida.

Por otro lado, el coparenting voluntario lo relaciono con el deseo de formar una familia y no contar con ciertos recursos, como pareja estable o tiempo. De esta manera, dos personas que se aprecian pueden decidir juntarse con el objetivo de ser padres sin necesidad de ser pareja. Es lo que me pasó con mi mejor amigo.

La mejor decisión de mi vida

Una noche, entre copas y dramas, ya más cerca de los 40 que de los 35, lo lanzamos al aire. Esa misma noche nos liamos. Podríamos haber optado por un método menos carnal, lo sé. Existe la fecundación in vitro, y conocemos casos de coparenting que la han usado, pero a nosotros nos valieron un par de polvos para cumplir con nuestro objetivo. Eso que nos ahorramos (y disfrutamos).

Me quedé embarazada y arreglamos las condiciones de nuestra m(p)aternidad con un abogado. El niño ya nació con la custodia compartida, pero nunca le ha faltado ni su padre ni su madre. Nosotros decimos compartir piso; no obstante, conocemos casos de coparternidad en viviendas diferentes. En nuestro caso, la situación del país (y a pesar de nuestras edades), nos obligaba a compartir piso de igual modo. De esta manera, consideramos oportuno convivir los dos con nuestro hijo. Cada uno tiene su habitación, vamos a gastos compartidos en cuanto a la vivienda y el niño, y tanto él como yo somos libres de tener otras relaciones, ya que -insisto- no somos pareja. Él es “el padre de mi hijo” y, además, yo he tenido la suerte de que sea mi mejor amigo, pero en nuestro entorno hay casos incluso de desconocidos que se juntaron para crear un proyecto familiar conjunto. A pesar de que respeto todas las opciones, no lo recomendaría. Bajo mi punto de vista, es importante que veas en la otra persona un buen compañero o compañera de aventuras porque vais a traer una vida al mundo y no puede pagar por nuestros caprichos. El padre de mi hijo y yo nos entendemos a la perfección y, aunque he tenido parejas en este tiempo, mi mejor amigo es el mejor padre que podía haber elegido para mi hijo.

Poca compresión ajena

Obviamente, se te cierran puertas de relaciones. Muy poca gente entiende este camino. Según mi experiencia, a los tíos les explota la cabeza cuando les dices que convives con el padre de tu hijo, sin amor ni sexo. Sin embargo, lo aceptemos o no, cada vez es más común. O, al menos, el coparenting forzado por la situación económica y la falta de conciliación laboral. Una situación más tensa y compleja que la opción voluntaria, pero muy real y frecuente.

Para nosotros, al margen del vínculo emocional, lo más importante de nuestra vida es nuestro hijo. Nuestra prioridad es que se sienta amado, seguro, que no tenga que elegir entre papá o mamá, que nos sienta presentes en un ambiente positivo. La clave de nuestro éxito ha sido el respeto mutuo, el entendimiento y, todo hay que decirlo, dejar las cositas claras a nivel legal.

 

Relato escrito por una colaboradora basado en una historia real.