Valeria llevaba tiempo en la empresa en la que trabajaba cuando le tocó colaborar con la formación de Tamara. Tenían mucho en común y no tardaron en hacerse amigas. Aunque ambas dejaron aquel trabajo con los años, su amistad continuó.

Tamara le contaba siempre a Valeria todos los cotilleos de su nuevo trabajo. Que si esta le dejaba cosas sin hacer y las tenía que hacer ella, que si la otra era borde con los clientes… Y Valeria le decía siempre que debía hablar con ellas, decirle lo que pensaba con delicadeza, que sería mejor para la convivencia. Pero Tamara nunca decía nada a nadie… Bueno, a nadie no, a la persona afectada, porque el resto del equipo conocían cada detalle.

Valeria a veces se sentía un poco abrumada cuando Tamara llegaba a su casa para el café y solamente parecía tener cosas negativas de otra gente que contar. Porque no era solamente de sus compañeras, tendríais que ver cómo hablaba de su propia familia. Si su cuñada medicaba al niño con tal de no hacerle caso para que estuviera tranquilito, que si su hermana era una aprovechada y vivía de ayudas cuando su marido ganaba mogollón de pasta en B, que si su sobrina era una vaga que no llegaría a nada…

Todo esto era muy constante, pero luego la veía abrazando a su sobrina, pidiendo favores a su hermana y yendo a cenar con su cuñada, y Valeria pensaba que si hablaba de ellas así, cómo la pondría a ella cuando no miraba.

Un día se sinceró. Le dijo que ella prefería que las cosas se las dijese a ella y no al resto, porque así crecían los malentendidos. Tamara decía que ella no tenía malentendidos pues “Cuando mi sobrina se fue el otro día, le mandé un WhatsApp y le dije lo qué pensaba. Ahora se enfadó, pero ella verá, yo se lo dije por su bien.”

Unas semanas después llegó indignada, pues su cuñada le había hecho un feo tremendo. Así que cuando la vio no le dijo nada, pero luego le mandó un WhatsApp de dos kilómetros poniéndola fina, “Dejándole todo bien clarito”. Valeria insistía en que las cosas era mejor decirlas a la cara, pues los mensajes según cómo se lean se pueden malinterpretar y pueden hacer mucho daño.

Una noche en que se juntaron a cenar con sus parejas, estuvieron juntas de risas hasta la madrugada. Al día siguiente habían quedado para hacer unos recados juntas a medio día y comer por ahí. Por la mañana Valeria recibió un WhatsApp: “Hola Val, necesito decirte que ayer me sentó fatal la broma que me hiciste cuando llegamos. Me parece muy feo que me dejes en ridículo delante de mi marido de esa manera. Te lo tenía que decir”.

Valeria notó un acelerón en su pulso. ¿A qué venía aquello? Apenas podía recordar qué le había dicho exactamente, pero nunca le importó pedir perdón, así que le dijo que sentía mucho haberla hecho sentir mal, que su intención no era esa en absoluto.

Tamara no apareció para comer ese día ni al café durante dos semanas.

De pronto, un día le mandó un meme, sin más, como si no pasase nada y sus cafés dos tardes a la semana y sus cenas en pareja algún finde volvieron como si nada hubiese pasado.

Un día Tamara dejó un mensaje en visto, esa semana no apareció de nuevo y Valeria, agobiada por no entender lo que ocurría, le escribió “Tamara, por favor, no sé si te pasa algo, pero si es así prefiero que me lo digas. Lo paso muy mal cuando no entiendo lo que pasa. A veces desapareces y  no sé si hice algo, si estás molesta o si no estás bien por algo. Te pido que si te pasa algo conmigo me lo digas a mí directamente”. Su respuesta fue “Tranquila”.

¿Eso significa que sí que pasa algo? ¿Que si pasa ya se lo dirá?

Días después reapareció de nuevo como si nada. Valeria insiste mucho en que Tamara es muy buena amiga en general y que le tenía mucho cariño después de tanto tiempo.

El caso es que un día, sin más, Tamara escribe un mensaje al marido de Valeria recriminándole que no le saludó por la calle, que cuando va con según quien la mira diferente, que está cansada de sus feos y que no quiere que le vuelva a hablar.

Valeria, sin entender nada, le quiso escribir, pero la había bloqueado. Al día siguiente se cruzaron con el marido de Tamara. Él, con la mirada triste, los saludó de mala gana.

Ese día sí, pero poco después empezó a hacer que no los veía al pasar.

Tamara ahora está mucho en la cafetería de al lado de casa de Valeria con una compañera de trabajo. Una de la que siempre dijo que era bastante lerda y que se veía a la legua que le faltaba un hervor.

La cuñada de Tamara, esa que era desagradecida, mala madre, vaga y demás, ahora tampoco saluda a Valeria, pues a saber lo que Tamara le habrá contado.

Mientras hablábamos yo le decía que no entendía cómo había profundizado tanto en una amistad con alguien así, pero ella dice que al principio no parecía tan retorcida. Después de años si que destacaba su lado criticón, pero daba la sensación siempre de que eran los demás los que hacían las cosas mal.

Ahora que hay un montón de conocidas en común que no le hablan o le saludan de forma extraña, se da cuenta de que ahora era la víctima de las palabras venenosas de Tamara.

Le pregunté si no tenía la tentación de contarle a toda esa gente con la que ahora está tan unida y a la que llevaba años poniendo verde todas las cosas que ella sabía, pues dejaría en evidencia a Tamara y podría contar su versión de la historia, sea cual sea la historia, pues no sabe exactamente qué fue lo que ocurrió. Pero ella dice que no le merece la pena en absoluto. Que todo caerá por su propio peso y que si esas personas que ahora no le hablan o la miran mal están conformes así, pues adelante. Ella tiene cosas más importantes en las que emplear su tiempo.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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