Prometí que nunca gritaría a mis hijos y… no lo he cumplido

 

Ave María purísima, sin pecado concebida y demás:

Vengo a confesar que prometí que nunca gritaría a mis hijos y… no lo he cumplido.

Si es que no tardé nada en caer, para más inri. Y no fue una vez sola, qué va. Peco a menudo. Un montón. Prácticamente a diario. A veces —las menos, gracias a Dios— termino con dolor de garganta. Yo, la que jamás iba a tratar así a sus niños. La que no soportaba ver a otros padres chillando a los suyos. Esa que no entendía cómo podían tratarlos de esa manera.

Me parecía horrible, inhumano, denunciable. De gente sin respeto ni corazón.

Y entonces tuve hijos y todo cambió. Descubrí una parte de mí que no había visto jamás.

Prometí que nunca gritaría a mis hijos y… no lo he cumplido

Foto de Fustavo Fring en Pexels

Yo no fui de las que se peleaba con otros niños, nunca les levanté la voz a mis padres. Ni siquiera lo hacía cuando discutía con mis parejas u otros adultos. Sin embargo, de un día para el otro me vi gritándole a un niño pequeño. Me salí de mi cuerpo y lo vi todo a cámara lenta. Yo hecha una energúmena, mi hijo con los ojos como platos. Un cuadro terrible que me hizo sentir la peor madre del mundo, la peor persona de la historia. Solo que… unos minutos más tarde. Cuando ya no había forma de volver atrás, de contar hasta diez, cien o mil para intentar calmarme y evitar la catástrofe.

Mis hijos han dado con una tecla que nadie más puede tocar y que libera un monstruo que no sabía que llevaba dentro.

 

Prometí que nunca gritaría a mis hijos y… no lo he cumplido

 

Y, por más que lo intento, no soy capaz de contenerlo. Me parece que sí, que lo estoy consiguiendo, que todo va bien. Que estoy siendo paciente y comprensiva y que estoy aplicando correctamente todo lo que aprendo en mis numerosos libros de disciplina positiva. Pero a la décima, la vigésima o, según el día, a la tercera algo hace clic y ¡zas!, me salgo de mis casillas. Chillo. Grito. Joder, los trato mal. Si mi marido me hablara de la misma forma, me separaría de él. Si mi jefa me pegara esos chillidos, la demandaría. Soy muy consciente de que lo que hago está muy mal, aunque con un ligero desfase. ¿Por qué no puedo evitarlo? ¿Por qué no puedo parar de cometer esas atrocidades? Si sigo pensando que gritarles a mis hijos me convierte en monstruo, ¿por qué no puedo parar?

Prometí que nunca gritaría a mis hijos y… no lo he cumplido

Foto de Gustavo Fring en Pexels

Necesito dejar de hacerlo. No está bien, no funciona, no compensa en absoluto. El mensaje se me pierde en las formas, ellos no lo captan. Los niños solo ven a su madre hecha una furia, lo sé. Me sigue pareciendo horrible, inhumano y denunciable, pero es tan difícil controlar esa reacción cuando te sacan de quicio… por lo menos a mí.

Me prometí que nunca gritaría a mis hijos y no lo he cumplido, aunque no voy a dejar de intentarlo. Se lo debo a ellos y a mí misma.

¿Alguien que le pase lo mismo y haya encontrado el modo de parar antes de que se conviertan en adultos? Cualquier ayuda será bienvenida, amigas.

 

Anónimo

 

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