Los días previos a las Navidades, estaba hablando con dos de mis primas sobre los planes de Nochevieja. Le estaba contando a una de ellas que mis amigas habían alquilado un local con equipamiento infantil para echar la tarde y la noche, hasta que aguantara el cuerpo. Iba a ser un ambiente familiar, así que yo, que no tengo hijos, no me sumé al plan. Mi prima mayor, que tiene dos niños, se indignó:
—Pues, hija, las que van a estar allí celebrando son tus amigas de toda la vida, con las que ahora no quieres estar porque son madres.
Mi prima es una de esas integristas de la amistad que solo ven una forma posible de vivir las relaciones con amigas: tratarlas como a hermanas. Todo lo demás no lo consideran amistad (ya hablé de las lecciones moralistas de esta gente en otro texto). Sin embargo, quiero pensar que la mayoría de la gente entiende que una relación de amistad puede pasar por momentos tan diferentes como las personas que la integran. Cuando se tienen estilos de vida muy distintos, la relación se puede enfriar sin que eso tenga que suponer un drama.
Veo aquí una lealtad mal entendida. Sentir la pertenencia obligada a un grupo, y adherirte a él bajo cualquier circunstancia y condición, se parece más a una secta que otra cosa. La independencia emocional debería prevalecer siempre, en mi opinión, porque es lo que asegura la libre decisión de estar con alguien sin que aparezca el amor tóxico.
En cualquier caso, no me puedo hacer cargo de las expectativas radicales que tengan los demás sobre la amistad, que relacionan con la idea de estar ahí en todo y para todo. Me descargo de esa presión.

¿Y la reciprocidad qué?
Ninguna de mis amigas me pidió explicaciones ni me insistió para que me sumara, cosa que jamás esperé. La mayoría entendieron perfectamente el contexto, y me gusta pensar que tienen un concepto maduro de la amistad: aceptan los cambios y no fuerzan ninguna interacción.
Otras sabían que invitarme a ir con demasiado brío hubiera supuesto hacer algo a lo que no están dispuestas: integrarme, y eso no es tan fácil ni tan cómodo.
Solo dos de ellas mantienen preferencias, planes y temas de interés desde su era anterior a la maternidad. El resto del grupo anda sumido eternamente en planes familiares y conversaciones que versan sobre 1) crianza, 2) cotilleos y 3) trabajo. No hay más. Me pregunto si mi prima se puso en mi lugar cuando me soltó semejante soflama, pero yo creo que estaba conectando con esa herida de madre que, quizás, en alguna ocasión se ha sentido apartada o ignorada.
La relación con mis amigas mamás ha cambiado de manera irremediable. No pasa nada, no creo que tengamos reproches que hacernos. Quizás en un futuro nos volvamos a encontrar, sobre todo, si conservamos esas esencias que nos convierten en únicas. O quizás ese alejamiento colateral se haga más y más profundo, hasta convertirse en un abismo insalvable. Hay que aceptarlo, sin más. ¿No es la vida una constante de despedidas, encuentros y reencuentros, con los demás y con una misma?