Mi marido trabaja fuera de casa. Pero en casa ensuciamos todos. Mayores y pequeños. Por eso todos, en mayor o menor medida, colaboramos en las tareas de orden y limpieza de la casa. Cada uno adaptado a su edad. Por supuesto no hace lo mismo mi hija de 3 años que mi hijo de 11.
Mi niña tira a la basura su pañal, vacía su plato en la cena, mete su ropa sucia en el cubo. Mi hijo mayor colabora recogiendo la loza seca, lleva la ropa de la lavadora a la secadora. Mi hijo mediano vacía los depósitos de los deshumificadores, hace la cama, pone la mesa… Cada uno lo que pude y sabe, pero todos un poco.
El caso es que para que esto pase, ellos tienen que aprender con el ejemplo. No vale de nada que les hablemos de colaboración, de igualdad, etc, si luego me ven a mí todo el día con el mandil y a mi marido llegar a cenar a mesa puesta. Es como cuando la gente quiere enseñar a los niños a no gritar, gritándoles. No tiene sentido.

Entra dentro de nuestros valores la repartición de las tareas del hogar. Ya me ha caído mucho hate en otros artículos por esto, pero la verdad es que me da bastante igual, pues lo que pasa dentro de una casa lo saben en realidad del todo solamente quien vive en ella y las normas y condiciones de una convivencia se establecen por acuerdo mutuo.
El caso es que hablo con amigas y… La verdad es que flipo un poco. A veces mi marido y yo podemos discutir porque yo creía que él había hecho algo y no es así, o porque sí lo hizo, pero quedó peor de lo que esperaba. Pero me doy cuenta de que no debo quejarme, pues cuando me desahogo con mis amigas y ellas me cuentan sus realidades se me pasa el cabreo.
Una que trabaja 7 horas al día y su marido 5, duerme con sus hijos sola, pues su marido necesita descansar y los niños no le dejan. Su trabajo es demasiado importante como para ir sin haber descansado suficiente. Tanto es que, al salir, debe dormir una siesta. Y así ella sale de sus 7 horas de curro y se hace cargo de los niños, de la casa y él se levanta y la ve sudando de mala leche y le dice que no se organiza bien, que debería tener un mejor control de su tiempo. ¡Aun encima!

Otra trabaja las mismas horas que su marido, pero él no limpia porque a ella se le da mejor. Eso sí, cuando su camisa favorita tiene una arruga lo tiene que oír.
Otra trabaja en horarios cambiados con su marido. Lo hicieron así para poder atender a los niños. Sin embargo, las citas de pediatría solamente se ponen en los días libres de ella, porque ella se entera mejor. La plancha no se le da bien. El calendario de comidas lo hace ella y cuando está de mañana deja la comida hecha el día anterior y cuando está de tarde, deja la cena hecha a medio día cuando hace la comida.
Y claro, viendo las fotos que ellas mandan de fregaderos llenos hasta el techo de cacharros sucios cada vez que se plantan y dicen “hasta que lo haga él yo no hago nada”. Viendo cómo escuchan reproches por no tener todo perfecto cuando ellos no hacen absolutamente nada, me tengo que callar, porque entonces empiezan ellas con el “Pero tú no te puedes quejar, tú has tenido mucha suerte”.
Entiendo que es injusto que yo me queje de que mi marido no deja algo listo en el tiempo que yo esperaba o no lo deja tan limpio como cabría esperar, pero no, no es suerte, es elección.

Yo no he elegido a mi marido porque sepa cocinar, pero el hecho de que entre sus valores se encuentre la responsabilidad sobre su familia y su casa, la corresponsabilidad en la crianza y educación de los niños, la responsabilidad emocional para conmigo, sí son elementos fundamentales para mí a la hora de elegir con quien compartir mi vida.
Entiendo que el amor es ciego, sordo, mudo… Pero también entiendo que cuando empieza la convivencia se establecen unas normas y unas rutinas. Y todos estos casos empezaron así, con unos acuerdos 50/50 muy chulis, pero… ¡Chicas! Cuando empiezan a pasarse por el forro los acuerdos y os convencen de que es mejor que lo hagáis vosotras (esa táctica tan común de hacerlo mal para que prefieran hacerlo ellas que dejar que quede mal hecho) haced algo. Plantaos, replantead los acuerdos. Lo mío no es suerte, es que lo de los vuestros es jeta.
Mi marido no es un espécimen extraño digno de estudio. Es un tío consciente y responsable. No es un premio de la lotería (para mí sí, obviamente, pero en otro sentido) que he jugado a ciegas, es que sus valores jugaron un papel importante en mi enamoramiento.
La resignación solo os va a llevar a seguir acumulando cosas pendientes por hacer, frustración y desgana. No es necesario una guerra, un ataque, solamente sentarse y plantear cuantas y qué cosas hace cada uno y que sacar la basura ya preparada para bajar no cuente lo mismo que limpiar los baños, ni preparar un churrasco los domingos para los amigos cuenta lo mismo que el menú familiar cada semana.
Solo es cuestión de equilibrio.
Luna Purple.