No sé si alguna vez os habéis encontrado en la situación de presenciar sexo en la vía pública. Es una situación extraña en la que creo que lo pasa peor el que lo ve que el que está practicando; al menos, a mí es la sensación que me genera.
Más follodramas e historias cochinotas en whatsapp
Así como algo divertido, recuerdo una ocasión con mis amigas en el Port d’Aiguadolç. Quedamos una tarde para dar un paseo en barco y, antes de la hora acordada, estuvimos dando una vuelta por la zona que queda cercana al muelle. Estábamos las cuatro súper emocionadas, felices y eufóricas, por nada en concreto, solo por el simple hecho de pasar una tarde de amigas. Íbamos haciéndonos fotos por todos los rincones.
Justo en un punto, en un recodo del camino que daba al mar y en el que había un atardecer espectacular, con el que quisimos retratarnos, había una pareja sentada en el banco que allí se hallaba. En principio no reparamos en ellos, porque al aparecer nosotras por allí se cortaron un poco. Estaba el chico sentado en el banco y ella encima, a horcajadas, con una falda o vestido tan amplio que todo quedaba bien escondido y disimulado. Por eso, primero no nos fijamos, pero está claro que debajo del sayo había fiesta.
Nosotras, con las risas y el subidón, pasamos de ellos hasta el punto de que plantamos el mini trípode en el mismo banco donde estos estaban jugando al pin pon y nos hicimos la foto tan tranquilas. Además, como parece que hablaban otro idioma y no nos entendían, no escatimamos en pregonar que estaban de folleteo. Y con todo esto nos echamos más risas después.
Pero recuerdo otra vez que lo que presencié me violentó mucho más que esto. Me encontraba yo con mi pareja y mi hija de vacaciones en una playa, mes de agosto, en pleno día, la playa a reventar. Creo recordar que era una cala nudista, o mixta, por lo que no era extraño que hubiera más de una persona tomando el sol tal como llegó al mundo. Ningún problema al respecto.
Pero en un rincón de la cala —y cuando digo un rincón me refiero al extremo este, no a ninguna zona escondida ni apartada, es decir, mirando el mar desde la arena estaríamos hablando de la zona de la derecha— se hallaba una pareja totalmente desnuda. Él, acostado boca arriba; ella, encima, encarada a él, cubriéndolo de tal manera con su cuerpo que no se le veía al mozo poco más que las piernas y los dos brazos con los que agarraba firmemente el culo de la hembra. La posición era de “acoplamiento”.
A mí me llamó bastante la atención. No por lo que hacían en sí, sino por las circunstancias. De esos días en los que no queda un solo palmo de arena donde plantar la toalla. Público no faltaba, vaya.
Y más cuando empezó a hacerse visible un ligero movimiento de pelvis de ella, como recogiéndose para dentro, apretando.
Más claro, el agua.
La gente alrededor, todos miraban. Ya era como una expectación de a ver cómo acaba esto. El movimiento de cadera iba en aumento. El hombre que estaba debajo no asomaba la cabeza para nada; ella lo tenía totalmente envuelto entre sus brazos y su melena.
Así estuvieron un ratito, hasta que parece ser que algo pasó. El movimiento paró, se relajaron, se incorporaron. La cara de relax era más que delatadora.
Y ya está. Olé sus huevos de los dos.
Echaron un polvo en la playa como el que se come el bocadillo de la tarde, sin ningún tipo de pudor ni remordimiento.
Y a los demás, solo nos faltó aplaudir.
