Ha abierto su carpeta, ha sacado un montón de papeles, y con la mayor tranquilidad posible ha ido esbozando en un papel en blanco los platillos que saciarán nuestro hambre el 24 de febrero.
Con todo, lo difícil no ha sido encontrar un catering por la cuestión del (poco) tiempo con el que contábamos. La dificultad siempre ha estado en encontrar un menú que resultara familiar, sencillo, aunque igualmente delicioso.
En serio: los caterings de boda se han convertido en un campo de batalla por ver quién elige y/o ofrece el menú más estrepitoso.
Mirad, yo no sé nada de bodas. La última vez que fui a una todavía me correspondía el menú infantil y mi madre me escogió el modelito. Pero tampoco hace falta ser «wedding planner» para darse cuenta de que las cosas han cambiado: hace algunos años, el momento álgido de cualquier boda que se preciase era el momento de bailar ‘Paquito el chocolatero’ y ver a tu tío más pedo que Alfredo haciendo cualquier mamarrachada. Pero si ahora quieres sorprender a tus invitados, más vale que tengas a Leonardo DiCaprio sujetándote las bengalas de la tarta o a Omar Montes sirviendo cubatas, porque de lo contrario no vas a sorprender ni a tu tía Loli que lleva treinta años sin pisar una fiesta.

Podría parecer lo contrario, pero os prometo que no es nada fácil hacer una boda sencilla en los tiempos que corren. Tú tienes tu idea y vas con ella al fin del mundo: Un menú de picoteo, sencillo, un espacio abierto, e invitados, los justos. Quiero pasar un día en familia, reconocerme, no sentirme disfrazada y de pronto, te ves en una casa de novias, y el vestido que te gusta (Venus, se llama) vale 2.500 pavos. No quieres velo, pero te lo ponen para que te veas «más novia» y tú te ves como la Virgen del Rocío en su mejor momento. Y las asesoras venga a hacerte cumplidos, y venga a darle vuelo al velo, y tú mientras pensando cuántas semanas vas a estar a base de latas de sardinas si decides comprarte el modelito.
Otro día te lían para que visites un lugar idílico para tu celebración en un entorno campestre. “Está en mitad del campo, no puede ser muy caro» te dices inocentemente, porque allí arriba no hay ni águilas. PRECIO MÍNIMO DE TU BODA CAMPESTRE: 20.000 pavanquers.
Sí, sí, 20.000 eurazos. Resulta que el cortijo perdido en mitad de dos municipios perteneció al Duque de Wellington y, con ese precio, se ve que el que lo alquile algún ducado tiene que tener también. En fin, que next, SIGUIENTE.
Y podría estar así hasta quedarme sin tinta. Pero, aunque con más esfuerzo del que parece, se puede. Se puede hacer una pequeña renuncia e irte a un pueblo a 247 kilómetros a probarte el (casi) mismo vestido “Venus” a casa de una mujer argentina y llevártelo a tu casa por el módico precio de 300€.
Y también se puede pasarte el puesto de sushi, de cortador de jamón profesional y la mesa dulce que sirve galletitas con tu careto y con la de tu jambo por el Arco del Triunfo y servir CROQUETAS Y MONTADITOS DE LOMO el día de tu boda. Y oye, ningún drama, que mi abuela dio tortas de azúcar y pacharán y llegó a las Bodas de Oro. ¿Para nosotros? Sin duda, nuestro triunfo del día.
