Hacía poco que me había quedado soltera después de poner fin a una relación bastante larga. Llevábamos juntos prácticamente toda la vida, nos habíamos llegado a prometer e incluso llevábamos unos meses intentando ser padres. Parecíamos una pareja joven como otra cualquiera, pero la verdad es que nos habíamos convertido en un par de ancianos… o eso pensaba yo, hasta que descubrí que me había sido infiel con una compañera de trabajo.

Cansada de que todos me tomaran por tonta, decidí que el mejor remedio para olvidar —o al menos pasarlo bien por el camino— era hacer las maletas y marcharme a la playa sin pensarlo demasiado. Un cambio de aires era justo lo que necesitaba, y si sumábamos a mis amigas a la ecuación, el resultado era un planazo asegurado.

Aquella misma noche conocí a un chico guapísimo, camarero en una de las discotecas más conocidas y abarrotadas de la zona. A pesar de que no daba abasto, se las arregló para tontear conmigo y robarme un par de besos al terminar su turno. Llevaba años sin besar a otro que no fuera mi ex y, aunque estaba acojonada, me dije: estamos de vacaciones y hemos venido a jugar. Y jugamos. Mucho. Tanto que, durante los días que estuve allí, apenas me separé de él.

De vuelta a casa, seguimos hablando, incluso con algún que otro sexo telefónico. Hasta que un día, por sorpresa, me dijo que vendría a mi ciudad por temas familiares y quería verme. Pasamos el fin de semana como dos descosidos y, antes de que se marchara, le prometí que la próxima vez sería yo quien iría a verle.

Semanas más tarde, allí estaba yo, en la playa donde todo empezó. Me instalé en la habitación del hotel y, mientras esperaba, me serví un par de copas del minibar… que se me subieron a la cabeza más de lo previsto. Entonces me llamó para decirme que estaba en el hall y que su madre quería conocerme.

Su madre. En el hotel donde estaba clarísimo que íbamos a frungir como si no hubiera mañana. Yo, con un pedal considerable antes de la hora de comer. Me lavé la cara, me maquillé un poco y bajé con la dignidad que pude reunir.

Fue surrealista: nada más verme, él me comió la boca delante de su madre, que nos miraba como si fuéramos dos cachorritos. Cuando pensé que el momento no podía ser más incómodo, nos invitó a un café “antes de dejarnos con nuestras cosas (guiño, guiño)”. Me tragué el café más largo e incómodo del mundo, deseando que se marchara.

Al final, subimos a la habitación, pero antes de liarnos tuve que dejarle claro que no buscaba nada serio y mucho menos implicar a nuestras familias. Se lo tomó fatal, me echó en cara que le había dado falsas esperanzas y se largó.

A día de hoy no sé quién de los dos entendió mal el rollo, pero agradezco haber esquivado esa bala, porque no creo que hubiera sobrevivido a tener a esa señora como suegra.