Hace poco me hablaron del caso de una conocida que me llamó la atención. La chica tiene 34 años y mucho éxito según los estándares sociales, pero últimamente ha sufrido un revés que no esperaba.

Le tocó drama familiar siendo muy jovencita, se crio prácticamente sin padres y tuvo que madurar antes de tiempo, pero la terapia y el autocuidado han hecho de ella una mujer independiente y resuelta. A día de hoy, tiene puestazo, sueldazo y una vida, aparentemente, plena y satisfactoria.

Llegué a conocer a su novio en algún evento, a través de amigas en común. Era un chaval mono, sin más. Un tipo normal, según sus amigas, ni un muermo ni superenrollado. El caso es que el tío se vino a vivir con ella, pero era de otra ciudad bastante más lejana.

Un buen día, con la excusa de atender un asunto familiar, comenzó a ausentarse de forma relativamente frecuente durante semanas enteras, cargando el teletrabajo con él. Hasta que esta conocida, de modo totalmente fortuito, descubrió que el asunto familiar estaba más que resuelto, y que lo único que lo seguía forzando a hacer viajes periódicos era la relación que tenía con otra mujer. Vamos, que se la estaba pegando.

Hacía un par de años o tres que él se había mudado a la casa de ella, así que lo único que tuvo que hacer su ya exnovia fue ponerle las maletas en la puerta. A sus años, con su nivel de independencia y después de todo lo que ha vivido en la vida, no está como para aguantar a gilipollas.

De mayor quiero ser como tú

Le pregunté por ella a una amiga común poco después de la ruptura, y lo que me contó ahondó en la admiración de serie que yo siento hacia las mujeres independientes que toman las riendas de su vida. Me dijo que lo había echado de su casa sin miramientos y que el tipo se había vuelto a su ciudad de origen, pero que la amante no tenía ninguna intención de iniciar una relación con él. El tipo se pasó el verano de acá para allá, pasándolo “rico” soltero. Y, cuando llegó el otoño, inició campaña para volver con la ex a la que se la había estado pegando durante meses. A lo que ella, afortunadamente, hizo caso omiso.

La chica pareció pasar página pronto. Su trabajo, su gimnasio, sus amigas y sus aficiones y metas la ocupaban bastante como para andar pensando en cerdos. No estaba dispuesta a renunciar a ninguna nueva experiencia, ni siquiera a un viaje a Tailandia que tenía reservado con él, y al que se fue sola a modo de pasada de página definitiva.

Pero, hace unos días, ella volvió a salir a una conversación. Una de sus amigas me dijo que estaba pensando seriamente en operarse el pecho, y que creía que era porque, finalmente, aquella infidelidad y la ruptura posterior habían hecho mella en su autoestima. Comprensible, naturalmente. Estuvimos hablando sobre esas otras consecuencias de la infidelidad: aquel familiar de no sé quién que se puso pelo, mi amiga la que se enganchó a una secta de crossfiteros, la no-sé-quién que se puso labios… Repasamos algunas historias con un patrón común: todos pasaron por cambios físicos radicales después de sus rupturas, y muchas de ellas fueron consecuencia de infidelidades.

El vacío de la superficialidad

Unos cuernos te atormentan con un pensamiento: “Te ha pasado porque no eras suficiente”. Duele el hecho de que tu novio haya compartido intimidad con otra, pero su cuerpo no era de tu propiedad. Lo que duele es creer que estuvo dispuesto a traicionarte porque encontró a otra “mejor que tú” en algún sentido. Y esa herida en la autoestima se puede manifestar en un pensamiento: tienes algo que mejorar para ser merecedora del amor de alguien, y que nadie te la quiera pegar.

Una de esas cosas que solemos creer que nos falta en algún momento crítico es belleza. Nos afecta esa presunta falta de atractivo con el que nos autopercibimos en condiciones normales, más aún estando tan expuestos a la supuesta belleza “perfecta” de esos seres exitosísimos de las redes sociales. Pero, encima, si atravesamos una época de baja autoestima provocada, peor aún.

Hace poco vi el vídeo de una chica muy joven que me dio toda una lección de sensatez. Contestaba un comentario de alguien que le preguntaba si se sentía fea sin venir a cuento, y su respuesta venía a decir: “Según los cánones, soy fea. ¿Y qué? ¿Me supone incapacidad alguna para algo? ¿Impide mi desarrollo o mi socialización en algún sentido? Tal vez deberíamos empezar a reivindicar lo que no es estético para dejar de darle una importancia tan desproporcionada a algo tan poco funcional como la belleza. A ver si dejamos de aspirar a ella por encima de nuestra propia salud física y mental, y cultivamos aspectos más significativos en la vida”.

Es una pena que personas brillantes lleguen a plantearse algo tan radical e invasivo. Saco la conclusión de que hay dos cosas urgentísimas: dejar de darle tantísima importancia al físico desde que nacemos y dejar de normalizar y minimizar los cuernos. No por ser frecuentes son normales ni dejan de merecer cancelación.