– ‘¡Qué guapa estás hoy!’

– ‘Ay, ¿qué dices?, si llevo el pelo fatal…’

– ‘Qué va, si lo llevas como siempre…’

¿Os suena haber mantenido alguna vez una conversación de este tipo?, ¿y si cambiamos pelo por granos, arrugas, tripa, pelos de los dedos de los pies…?, ¿sabéis cuánto notan los demás todas esas cosas que para nosotras son un mundo?, NADA, no las notan nada! De hecho, tú y yo sabemos que en el momento en el que dejas de obsesionarte por eso que en un principio parece tan grave, también dejas de verlo y consigues que pierda importancia…

Yo, como buena portadora de pelo rizado, me paso la mitad de mi vida preocupada porque un rizo ha decidido que ancha es Castilla y que da igual lo mucho que lo intente poner en su sitio, no se va a mover, amargada porque esos rizos tan bonitos que llevaba ayer simplemente para ir al curro y al gimnasio no han vuelto a aparecer hoy, que tengo planes y me apetece estar guapa, cansada de escuchar repetidas veces eso de ‘Pero tía, el pelo rizado es precioso, me encantaaaaa’. ¿Que te encanta?, ay, qué atrevida es la ignorancia… En fin, que me paso media vida preocupada por cómo me queda el pelo. Y ¿sabéis qué os digo?, que la gente que me rodea no ve la diferencia entre cómo me quedó el pelo ayer y cómo me ha quedado hoy, por mucho que yo me castigue pensando en que hoy estoy horrible…

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Yo muchas mañanas al ver cómo me ha quedado el pelo, o las ojeras o las arrugas hijas de p*** que me salen en el entrecejo cuando duermo mal…

Seguro que muchas de vosotras sois incapaces de salir a la calle con un grano en la cara, o sin maquillar, ¿y qué me decís si encima os sale una calentura en el labio?, trauma, trauma infinito, tener que cruzar el umbral de la puerta y mostrarse al público con ESO en la cara (o en el cuerpo). Pensad por ejemplo en los pelos de los dedos de los pies, esos pobres pelos cuya existencia olvidamos durante todo el año hasta que llega el verano, sacas las piernas al sol, te depilas de ingles a tobillos y cuando llegas a la piscina ¡bum!, los ves, los malditos pelos de los dedos de los pies, ahí están, y tú te empiezas a poner nerviosa porque claro, a ver si se va a dar cuenta la gente de que tengo pelos en los dedos de los pies… Pues no querida, nadie se va a fijar en los pelos de tus dedos de los pies. Es más, es probable que tú nunca te hayas fijado en los pelos de los dedos de los pies de nadie, así que deja las obsesiones a un lado y disfruta de ese día de piscina, con pelos o sin ellos.

Seamos realistas, todos esos defectos que nos amargan y que nos condicionan, son invisibles para los demás. Ellos no ven nuestro pelo horrible, ese grano enooooorme que nos ha salido en la cara, esa cicatriz en la frente a lo Harry Potter que has intentado ocultar durante años dejándote flequillo, los brillos de nuestra piel porque se nos ha olvidado el maquillaje en casa, la calentura que ha hecho su aparición el día menos indicado, o esas patas de gallo que a partir de cierta edad se quedan ahí para siempre. Pero es que yo tampoco veo su grano, ni su pelo mal peinado, ni esas arrugas en la frente que les traumatizan tanto, ni esa tripa que dicen que ha decidido estar más hinchada hoy…

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Lo que le importan a los demás nuestros problemas del primer mundo…

Si quieres arreglarte más el pelo o taparte ese grano u ocultar la tripa bajo una faja o una camisa ancha, hazlo. Eres libre de vestirte, peinarte y maquillarte a tu antojo. Pero no dejes que eso te condicione, no dejes que sea más importante que lo que de verdad importa, porque ese pequeño ‘defecto’ que a tí te amarga el día, tú eres la única que lo ve.