Era un jueves cualquiera de finales de verano y a mí me apetecía salir a tomar algo, así que propuse plan para la noche a tres de mis amigas. Una cuarta amiga se enteró que íbamos a salir, y allá que se presentó y no sola, sino con su marido y sus dos niños un día entre semana.

Lo que iba a ser una velada agradable de desconexión del día a día, se convirtió rápidamente en una noche de mierda: mi amiga, la de los críos, sin dejar hablar a nadie y elevando el tono para hacerse oír por encima de las demás; su marido, haciendo chistes de “cuñao” con los que se ríe él solo; sus hijos, gritando como posesos, tirando vasos y dándose de hostias hasta la 12 de la noche, teniendo colegio al día siguiente.

Fue incomodísimo y, con ellos, siempre es así. A veces, incluso peor. Los niños tienen 9 y 6 años, y empiezan a ser preocupantes sus niveles de desatención. Sus padres, a lo suyo, no les llaman la atención ni una vez.

Encima, ahora, hemos observado que se enteran de conversaciones de las que no deberían enterarse, cosas que se tratan en su casa. El mayor de los dos, el de 9, le preguntó a una de mis amigas que por qué tenía novia y no novio. Y el pequeño, el de 6, le preguntó a otra qué por qué se había quedado embarazada si aún no se había casado.

Los valores de mi “amiga” y su marido dejan que desear y no lo digo por ser conservadores, sino porque caen con frecuencia en el racismo, el machismo, la homofobia y la xenofobia. Y, encima, lo comentan TODO sobre la vida de los demás en su casa y en la casa de los abuelos, con los niños delante, sin detenerse ni a filtrar ni a explicar nada a las criaturas.

Por sus hijos no, por ella

Para otra ocasión, me aseguraré de que no vengan. Es más, aquel día evité proponer a las amigas con las que había quedado un nuevo plan para el domingo siguiente, no fuera a ser que la familia se quisiera sumar. Ya tiene una bastante en el día a día como para soportar innecesariamente a gente cuando va se trata de pasar un buen rato y desconectar.

Matizo el titular: quiero perder la relación con ella, pero no es exactamente por sus hijos. A mí los críos me están empezando a parecer muy desagradables y caer mal, especialmente el mayor, que ya es un mayorcito muy maleducado. Pero la culpa de su actitud no es de él, sino de sus padres.

El caso es que observar cómo son los críos me hace confirmar cómo son los padres. En realidad, no comparto nada con ellos, ni valores, ni estilo de vida, ni aficiones, nada. Ni siquiera pueden darme un tema de conversación estimulante, como supongo que pasará al revés. Lo único que me aportan, a día de hoy, es malestar.

La que tengo o tenía con ella es una de esas amistades de pueblo que se forjan durante la adolescencia, pero, en este caso, no he tenido la suerte de que se haya enfriado y cada una haya tomado caminos distintos. Tenemos un grupo común y nos vemos con frecuencia.

No es tan fácil

No es la única persona más o menos presente en mi vida que ha tenido una evolución diferente a la mía, y con la que querría no tener que tratar más. Pero no es fácil. Pertenece a mi grupo de amigas, en el que pasan tres cosas:

  1. Para los 40 que vamos y muchas se siguen picando y molestando cuando otras quedamos “a sus espaldas”.
  2. Algunas coinciden frecuentemente por trabajo o por tener hijos de edades parecidas en el mismo colegio, así que todas se suelen enterar de los planes.
  3. Mis mejores amigas, que son también las más carismáticas y sociables, “arrastran” a las otras, con las que no siempre me apetece estar.

Entonces, ¿cómo se hace? ¿Cómo dejas de quedar con ciertas personas y sigues quedando con otras cuando todas pertenecemos al mismo grupo?

No contemplo tener un enfrentamiento, ni por mi propia salud mental ni por el efecto que vaya a tener en el grupo, así que no voy a ir a decirle a nadie que me hace sentir incómoda. O dejo que la relación se enfríe mediante la evitación y la consecuente disminución de mi vida social; o trato de ampliar mis círculos y le digo adiós a todo el grupo, tanto a aquellas con las que me gusta estar como con las que no.