¿Quién soy yo para decirte si debes quedarte o no en una cita —o en una relación— con alguien que suelta esa frase?

Una red flag es una bandera roja.
“Mujer de valor” es algo que ahora está más de moda que decir que eres apolítico (esto lo hablamos otro día con un café).

Te cuento.

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Si yo te preguntara qué es una persona de valor o cómo mides el valor de tus personas favoritas, me dirías mil cosas. Y me juego el meñique de la mano derecha a que ninguna coincidiría con lo que predican estos influencers con mentalidad del siglo XVIII.

Vamos por partes, como diría Jack el Destripador.

Primero, dos conceptos.

A mí me costó mucho entender qué era cosificar a la mujer. Lo entendía a medias, hasta que un día vi un vídeo donde una mujer ponía un ejemplo muy claro: cuando tratas a una mujer como si fuera un objeto, la estás cosificando. La conviertes en una cosa.

Por ejemplo, compara el oficio de limpiar con la prostitución.

Quien limpia usa trapos, escobas, fregonas.
En la prostitución, el cuerpo de la mujer se pone a disposición del hombre: se usa el cuerpo.

Ese ejemplo me abrió los ojos.

Si alguien quiere una pareja con cuerpazo para presumir, pero no le importa nada más, también está cosificando. Sea consciente o no.

Muchas de nuestras formas de relacionarnos son inconscientes: crianza, traumas, cultura, entorno. Mucha terapia hace falta para limpiar todo eso y aprender a vincularse de forma sana.

Todos tenemos nuestras taras. Pero aquí no hablamos de taras.

Hablamos de ideología.

Estos personajes que hablan de “mujeres de valor” son, casualmente, hombres. Y lo que buscan para formar “familia” es, según ellos, una mujer que haya estado con pocos hombres. Si no ha estado con ninguno, mejor: más puntos.

Hablan de contadores. De kilómetros.
Como si la mujer fuera un coche.
Como si estuviera “muy usada” por haber follado.

No es una preferencia personal. Es una ideología.
Y cuando se viraliza, es peligrosa.

Aquí es donde todo encaja.

Tratan a sus novias —o futuras novias— como objetos de valor. Las deshumanizan. Y este punto es clave para entender también el maltrato, el racismo o cualquier forma de dominación: cuando dejas de ver a alguien como persona, te sientes con derecho a hacerle daño.

Lo que más valoran de ellas es, básicamente, su falta de libertad.

Ellos seguirán con su vida, su trabajo, su dinero, sus canitas al aire y sus conversaciones de barra contando hazañas sexuales.

Pero su mujer ideal es:

La que no ha estado con nadie.
La que quiere ser madre.
La que no trabaje.
La que cocine.
La que tenga la casa limpia.
La que sea complaciente.
La que tenga el cerebro anclado en 1800.

Ojo.

Tú y yo sabemos que hay mujeres que quieren esa vida. Y están en su derecho. Pero una cosa es elegirlo y otra muy distinta es que alguien lo convierta en un modelo a imponer y lo predique ante miles de adolescentes.

Eso ya no es elección. Es adoctrinamiento.

Para mí, una mujer de valor es:

Sujeto, no trofeo: piensa, decide y se equivoca por sí misma.
Dueña de su cuerpo y de sus límites: no los negocia para gustar.
Con voz propia: no repite consignas ajenas para encajar.
Inconveniente cuando hace falta: elige la verdad antes que la aprobación.
Compleja: puede ser tierna y firme, vulnerable y fuerte, sin pedir permiso.

En resumen: libre.

Y eso incomoda muchísimo a quien necesita controlar.

El valor no está en cómo ama, ni en cuánto, ni en cómo viste, ni en cuánto agrada.

Está en no traicionarse, incluso cuando eso tiene un precio.

Así que recuerda esto:

Cuando alguien dice “quiero una mujer de valor”, muchas veces no está hablando de amor. Está hablando de control.

Y cuando el control se disfraza de virtud y se predica en redes, deja de ser opinión.

Pasa a ser proselitismo machista.

Y eso, siempre, es una red flag.

Raquel Romarís.