[Texto reescrito por una colaboradora a partir de un testimonio real]

De todas las formas desastrosas en las que puede acabar una primera cita, la mía es seria aspirante al primer puesto. Porque podría haber sido un triste polvo con una petición peculiar, algún comentario sobre mi físico o mi personalidad fuera de lugar o que, directamente, hubiera hecho bomba de humo aprovechando una visita al baño. Pero no. Fue más allá.

Accedí a quedar con él después de las buenas sensaciones que me generó en el chat de la app de citas que uso para conocer gente. Parecía agradable y divertido, así que, ¿por qué no? Una tiene la única aspiración de pasar un buen rato y dejarse llevar, y el chico apuntaba bien. ¿Quién hubiera podido sospechar sus oscuros planes?

La cita

Quedamos en un bar tranquilo para tomar algo. La primera impresión fue buenísima, porque el tipo no solo era atractivo, sino que me dedicó una sonrisa preciosa desde que hicimos contacto visual y que ya no borró. Fue muy atento conmigo, incluso por encima de la media de lo que había conocido hasta el momento. Me preguntó varias veces si estaba bien y se aseguró de que no me sintiera incómoda ni por el sitio elegido, ni por el ambiente ni por la conversación.

Si a eso le sumas elocuencia y sentido del humor, no sé vosotras, pero yo me enamoro. A su alrededor iban saliendo tics verdes a medida que avanzaba la cita, así que yo me esforcé por causarle buena impresión también. Me dio confianza, así que me relajé y me limité a ser yo misma. No había guardias que montar, ni alertas.

Estaba tan a gusto que la cita se alargó al menos un par de horas. Comimos, bebimos, charlamos, nos reímos y, en medio, tuve que ir al baño un par de veces. Y en una de ellas, como en el sitio había papel y yo no necesitaba retocar nada, dejé el bolso en la mesa.

Un momento…

Un buen rato después, el tipo anuncia que se va a ir pronto porque ha quedado con un amigo. Se levanta con la excusa de ir al baño y, cuando vuelve, me dice que ha sido un placer, que espera verme pronto, que soy estupenda y que él invita. Que ya estaba todo pagado.

Me dio la impresión de que se había despedido con mucha prisa. Nada de ese ciclo de breves conversaciones que es un clásico de las despedidas españolas. Es más, a mí no me hubiera importado darle un beso. A esas alturas, achispada con la bebida y encandilada con sus cualidades, mi cuerpo estaba pidiendo algo más. No pudo ser, pero me fui con buenas sensaciones.

Cogí el coche y me volví a casa. Un rato después, cuando fui a echar mano de la cartera, ¡no está en el bolso! Cundió un pánico que me hizo volverlo del revés y rebuscar de manera infructuosa en todos sus bolsillos y recovecos.

Me volví loca por la casa pensando que igual me la había dejado, y que no me había dado cuenta antes porque no había tenido que sacarla. Miré en todos los sitios posibles en los que podía estar y nada. Repasé mentalmente todos los lugares en los que me la había podido dejar, lo que me llevó a mi maravillosa cita con aquel chico.

Me daba muchísimo corte preguntarle directamente, no le fuera a parecer que lo acusaba. Se me ocurrió la excusa de haber olvidado el nombre del bar, ya que fue el quien lo propuso, y decirle que no encontraba la cartera y que a lo mejor me la había dejado. Puede que conociera bien el sitio y podía preguntar, o se acordaba de algún movimiento que yo hubiera hecho y me arrojaba luz.

Cuando me voy a las redes para localizar alguno de sus chats y preguntarle, ¡¡sorpresa!! ¡El tío me había bloqueado de todo y era imposible contactar con él! Me quise convencer de que había una explicación razonable, pero los hechos encajaban como un puzle: que invitara, que tuviera prisas repentinas por marcharse, que me hubiera dejado el bolso en la mesa en una de mis idas al baño, y ahora, además, el bloqueo en redes.

No es por ser mal pensada, pero me quedan pocas dudas de que fue él. Ahora me lo tomo a guasa, pero fue una putada. No por los 50 euros que me robó, sino porque no tuvo la decencia de dejarla tirada en cualquier sitio para que alguien la encontrara y, siquiera, recuperara mis documentos, que tuve que tramitar otra vez. Eso y la desconfianza que me generó, claro.

Para animarme, un amigo me envió una canción de Sabina que podría servir de banda sonora a esta historia:

“Lo malo no es que huyera

con mi cartera y con mi ordenador.

Peor es que se fuera

robándome además el corazón”.

Anónimo