Relato erótico

 

Ella era compañera de clase. Solíamos quedar para tomar café los viernes y luego nos íbamos a la catequesis. Nos hicimos muy buenos amigos y un día me propuso venirse a mi casa los domingos por la mañana para estudiar juntos. «Mis padres se van al piso de la playa y los tuyos también, podemos estudiar y luego comemos algo y me acompañas a mi casa antes de que vuelvan» me dijo. La idea me pareció bastante buena y al domingo siguiente vino a mi casa por primera vez.

Lo habitual es que ella trajese unos churros, yo ponía el café o el chocolate y luego a estudiar. Después preparábamos algo sencillo para comer y luego cada uno para su casa para que nadie supiera lo que hacíamos (por aquel entonces, lo de estar a solas con una persona del sexo opuesto era casi un crimen). Desde el primer día, ella se quedó enamorada del azucarero. Era de acero inoxidable y no tenía ni un solo adorno, pero era el mismo que tenía su abuela en su casa. Cuando la señora murió, el azucarero se perdió y ella, al ver el mío, asoció el objeto a los bonitos momentos que vivió con la madre de su padre.

Ese primer día no pasó nada. Estudiamos para un examen que teníamos el viernes siguiente y lo pasamos bien. Me dio por ponerme a buscar en las cuberterías que tenía mi madre por ahí escondidas si había algún azucarero similar para darle el cambiazo, pero tuve suerte y encontré exactamente el mismo. Mi madre comentó que es que le regalaron dos veces la misma cubertería, pero no añadió nada más.

Preparé el segundo azucarero en una caja con papel de regalo y al domingo siguiente, en cuanto terminamos de desayunar, se lo di. Se alegró muchísimo, incluso parecía llorar de alegría. Eso sí, me comentó que su abuela tenía una especie de ritual al respecto. «Ella me dijo que cuando regalase un azucarero que lo llenase antes de azúcar porque así le endulzaría la vida a la otra persona». No tardé mucho en coger el paquete de azúcar y en llenar su azucarero. Su reacción fue darme un beso y decirme «vamos a la cama».

Nunca me imaginé que ella tuviera ya cierta experiencia a sus 16 años, pero había salido ya con un par de chicos que la habían puesto al día. «Follar no he follado, pero lo demás sí» me dijo. Tras desnudarnos, nos pusimos a besarnos y a acariciarnos, nos masturbamos, se lo comí y llegó al orgasmo varias veces y dijo «me toca». Era la primera vez que me hacían una felación y sentí un cúmulo de sensaciones. Aquello era alucinante y ella movía muy bien la lengua y le echaba muchas ganas al asunto. 

Además, me dijo que le molestaba que le empujasen la cabeza, no tenía la menor intención en hacerlo, y que solo admitía sugerencias de ritmo, o de puntos para acariciar. Como no decía nada, paraba y me preguntaba «¿te gusta así?» y le respondía que sí. Lo hacía tan bien que comencé a darme cuenta de que no iba a tardar demasiado en correrme. Le avisé, pero las primeras gotas de semen le cayeron en la boca. Cuando salió todo, cogió el azucarero, mojó los dedos y se los llevó a la boca para tragárselo, «con azúcar sabe mejor» me dijo. Le pedí perdón y le dije que no quería que pensara que no le había avisado para obligarla a hacer algo que no quería. Me besó y me dijo que no había problema. Así me lo demostró durante varios domingos más. 

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