Iba caminando por el medio de la calle. El pavimento estaba mojado, como si también se sintiera culpable. Ningún auto pasaba a esa hora por ese sector. Las casas parecían fantasmas lejanos, aisladas, metidas en sí mismas como viejos que ya no quieren hablar con nadie. A un kilómetro entre una y otra. La nada.
No podía aguantar las lágrimas. Pero ya ni siquiera era llanto, era ese tipo de fuga silenciosa, líquida, en que todo se te sale por la cara y te deja hueca. Salí así no más, con lo puesto: unos jeans gastados, una camiseta blanca sin brasier. El pelo aún húmedo. Ni siquiera cerré bien la puerta.
El plan era pasar el fin de semana con mi hermana. Pero se enfermó. Nada grave. Me avisó en la mañana. Me quedé en casa y pensé: bueno, aprovecho y preparo algo rico para cuando llegue Jorge. Algo casero, como le gusta. Una noche tranquila, sin peleas. Nada raro.
No le conté lo de mi hermana. ¿Para qué?
Cociné. Algo con ajo y vino. Después me fui a la tina. Una media hora para relajarme. El agua estaba perfecta. Me desnudé frente al espejo. No me veía tan mal. Había engordado un poco, sí. El vientre más redondo, los pechos más llenos. Pero todavía quedaba algo de esa mujer que él amaba, supongo. Me gustaba el reflejo. Me sentía jodida, pero viva.
La esponja se deslizaba como una disculpa por la piel. Los brazos, las piernas, los pechos. El agua olía a lavanda vieja. Me daba pena salirme. Pero Jorge debía estar por llegar.
Preparé algo sencillo para ponerme. Pensaba en él. En su cuerpo. En cómo le gustaba el sexo cuando yo tomaba la iniciativa. Había preparado algo: lencería negra, tacones, aceites. Hasta los juguetes. Nos estábamos entendiendo mejor últimamente. O eso creía.
Estaba apenas poniéndome los calzones cuando escuché voces. Una risa de mujer. Y la voz de Jorge. Bajé las escaleras como si no existiera el tiempo. Lo vi.
Él. Con una mujer. Alta, morena, de pelo negro y largo. Tacones rojos. Vestido apretado. Vulgar. Él le chupaba las tetas como si su vida dependiera de eso. Como si la hubiera estado esperando toda su vida. Como si yo nunca hubiera existido.
Sentí que me abrían en dos con un cuchillo oxidado. Grité su nombre, ahogado. Como si me ahogara con mi propia lengua.
Jorge se quedó inmóvil. Pálido. La mujer me miró. Su cara no entendía nada. Bajé, corrí hacia él. Le pegué. Pequeños golpes inútiles en su pecho. No hacía ni mierda. Ni ruido. Ni un “perdón”. Nada. Le dije a la mujer que se fuera. Que el asunto no era con ella. Se fue. Corriendo. Como si yo fuera una plaga.
Silencio.
—Me voy —le dije. Y lo dije como si lo estuviera diciendo por última vez en mi vida.
Me agarró del brazo. Lo miré. Solté. Salí.
La calle me recibió como se reciben los fracasos. Con lluvia. Con viento. Con esa humedad que te cala en los huesos y te hace pensar que ojalá un rayo te caiga encima.
Caminé sin dirección. Sin casa. Sin nombre.
Me repetía: “estas cosas no tienen por qué tener explicación, tonta”. Como un mantra absurdo. Pero es que uno siempre quiere explicaciones. Y a veces solo hay mierda. Nada más.
Llegué al pueblo. Las luces eran amarillas, enfermas. Las sombras se movían como borrachos. Entré al bar como quien entra a un ataúd con música.
Me senté en la barra.
No llevaba mi billetera. Claro. Ni llaves, ni orgullo, ni dignidad. Mierda.
El barman era joven. Unos veintipocos. Bonito, de esos que no saben lo bonitos que son. Castaño. Ojos miel. Cara amable, pero con algo de ironía en la sonrisa. Un cuerpo macizo, como hecho para cargar el peso del mundo o el de una mujer al borde del colapso.
—¿Qué te sirvo? —preguntó.
—Un tiro entre los ojos —respondí. No sonreí.
Me miró. No se rió. Solo asintió despacio, como si entendiera.
—No puedo darte eso, pero tengo whisky barato.
—No tengo billetera —dije. La derrota me chorreaba por el pelo mojado.
—Es por cuenta de la casa —dijo. Y sonrió.
Esa sonrisa me mató un poco más. Pero también me salvó, un poco.
Me sirvió el trago. Lo tomé de un solo golpe. Me ardió como si me estuviera desinfectando las entrañas.
—¿Otro?
—Sí.
Y así empezamos. Él sirviendo, yo bebiendo. Nadie hablando demasiado. Yo llorando en silencio, él observando desde su mundo joven y lleno de preguntas. Hasta que no hubo más que ese momento, ese bar, ese tipo y yo. Y una tensión entre los cuerpos que se reconoce. Que no necesita explicaciones. Porque la carne reconoce a la carne. El dolor reconoce al otro dolor.
Se quedó mirándome. Sus ojos eran de esos que te desnudan con calma. No había morbidez en ellos, ni tampoco compasión. Solo hambre. Hambre de tocar algo vivo. De ser parte de la carne del mundo.
—¿Te patearon el alma? —preguntó, mientras secaba un vaso con un trapo.
—Más o menos —respondí.
Me miró y dijo:
—¿Quieres fumar?
Asentí. Me hizo un gesto con la cabeza y caminó hacia una puertecita al fondo del bar. Lo seguí. El piso crujía bajo mis pies descalzos —porque sí, en algún momento me había sacado los zapatos. El pasillo olía a humedad y cerveza rancia. Atravesamos la cocina vacía y salimos al callejón.
La noche estaba quieta. Solo se escuchaban las gotas cayendo desde los aleros y el zumbido lejano de un generador. El cielo era una lona sucia sin estrellas.
Encendió el cigarro y me lo pasó. Lo recibí con la boca y él me encendió el fuego con manos firmes. Luego, sin pedir permiso, se acercó. Me apoyé contra la pared del bar, las piedras estaban frías. Él puso una mano junto a mi cabeza, se acercó a mi oído.
—No tienes que decirme nada. Solo dime si quieres.
No lo pensé. Solo lo miré. Asentí. Fue como romper una presa.
Me besó. No con ternura, no con urgencia. Con hambre. Con esa desesperación de quien sabe que lo que tiene entre las manos es prestado. Sus labios bajaron por mi cuello, mientras sus manos subían por mi camiseta mojada. La tela se pegaba a mi piel como una segunda capa de miseria.
—Estás helada —susurró, y me besó más fuerte.
Yo no dije nada. Solo lo tomé por la nuca y lo acerqué más. Sentía sus dedos recorrerme la espalda, bajando por mis caderas, deslizándose bajo la tela empapada de mi ropa interior. Me tocó sin delicadeza, pero tampoco con violencia. Era como si quisiera sacarme el dolor a través de la piel.
Me subió los brazos por sobre la cabeza y me quitó la camiseta. Me quedé desnuda de torso en medio de la noche, con los pezones duros por el frío y la rabia. Me los besó. Me los chupó. Me mordió con una suavidad animal. Yo jadeaba como si me estuvieran sacando algo desde el pecho. Como si por fin alguien me arrancara ese grito que llevaba semanas acumulando.
Bajó por mi abdomen, me lamió el ombligo, se arrodilló sobre los charcos y me bajó la ropa interior. No me importó. No el callejón, ni los basureros, ni el olor a fritanga vieja. Estaba ahí. Era carne viva, era piel y saliva. Me separó las piernas con sus manos calientes y me lamió. Largo. Lento. Profundo. Me tocó como si supiera que no quería romanticismo, sino desgarro.
Grité. Por fin. Y me vine contra su lengua como si me abriera por dentro.
—Ahora —le dije. Solo eso. Me miró con los ojos encendidos.
Se bajó los jeans y sacó su sexo erecto, grueso, palpitante. Me dio vuelta y me tomó desde atrás, contra la pared húmeda. Entró en mí de una. Me llenó como si quisiera habitarme, como si el dolor fuera algo que se pudiera empujar con la pelvis.
Chocábamos como olas contra rocas. El sonido de nuestros cuerpos se mezclaba con la lluvia. Me tiraba del pelo y me decía cosas al oído que no entendía, o que tal vez sí, pero no importaban. Yo solo quería vaciarme. Romperme. Terminar de destruir lo que Jorge había dejado colgando.
Cuando nos vinimos, lo hicimos juntos. Me mordí el labio hasta sangrar. Él me abrazó por la espalda, aún dentro de mí, respirando agitado. Me sentí hueca. Pero hueca de otra manera. Como una botella vacía que al menos fue bebida.
Nos quedamos así unos segundos. Después me solté, recogí mi camiseta mojada y me la puse.
—¿Y ahora qué? —preguntó él.
—Ahora nada —dije. Me encendí otro cigarro y me alejé por la calle, descalza, con el sabor de él aún entre mis piernas y la certeza de que no volvería a casa.
Por Mae Keller
