Os pongo en contexto 

Hacía algún tiempo, había comenzado a ir a un nuevo gimnasio que abrieron en mi barrio  porque me quedaba muy cerca de casa. 

Yo, siempre he sido mucho de apuntarme a las actividades dirigidas y de probar todas las  clases, pero, en ese momento, no me digáis porque, me entraron ganas de centrarme más en  hacer entrenamiento en la sala con una rutina más enfocada a hacer ejercicios de fuerza y usar las pesas y las máquinas.  

Total, que uno de los primeros días que fui a la sala de máquinas, conocí al que, sin yo  imaginarlo, iba a darme uno de los momentos más gloriosos de mi vida.  

Recuerdo que, cuando lo vi venir en dirección hacia mí, se me aceleró el corazón y, al  establecer contacto visual, reconocí esa mirada de empotrador nato que parece que te  atraviesa como una daga y, me sentí, como un cervatillo al que el cazador acababa de disparar. 

De inmediato, me entró la risa nerviosa y tuve que hacer un gran esfuerzo para disimular y  mantener la calma cuando se presentó. 

Lo llamaremos Hugo. 

Pues bien, Hugo, era la mezcla perfecta entre profesional que sabe asesorarte y orientarte y  seductor de esos que con solo mirarte consigue que se te caigan las bragas.  

No tenía uno de esos físicos grandes y opulentos a lo Andoni pero tenía un físico armonioso y  delicioso. 

Pronto, empezamos a conversar y, tuvimos muy buena química así que, cuando decidí coger un  bono de entrenos personales, me asignaron a Hugo como entrenador personal y empezamos a  hacer los entrenos en una sala privada que tenía el gimnasio. 

¡Madre mía, no os puedo describir con palabras la tensión que se podía palpar en el ambiente  durante aquellos entrenos! 

Es que una aureola de electricidad nos rodeaba cada vez que estábamos cerca. Ya no os digo  cuando me ponía las manos encima para ayudarme o corregir mi postura, en esos momentos sentía que el corazón me iba a salir por la boca.  

Y ya, ni mencionar la parte final del entreno que siempre consistía en tumbarme en una  esterilla con los ojos cerrados mientras él me iba haciendo los estiramientos y me iba narrando  en voz bajita lo que iba haciendo y me pedía que respirara profundamente. 

¡Hay la hostia casi me lleva al Nirvana sin desvestirme! jajaja 

Y así, día a día, entreno a entreno, íbamos cogiendo más confianza y cercanía y, yo, empezaba a  notar que era muy evidente la atracción que sentíamos.  

Tenía muy claro que se trataba únicamente de una atracción sexual, que no era una persona  con la que yo me plantearía tener una relación estable a largo plazo, pero no sé que me pasaba  con él, que despertaba en mí, a un animal que nunca nadie había despertado. 

Os juro por Dios que era algo sobrenatural, era vernos y se nos encendía el fuego a los dos  como una atracción visceral irrefrenable que nos disparaba las pulsaciones y nos entrecortaba  la respiración, como una reacción química instintiva que no podíamos controlar. 

Hasta que un día, sin planearlo, pasó, lo que tenía que pasar. 

Eran las 9 de la noche y, por circunstancias de la vida, yo no podía ir a entrenar más pronto así  que fui su última clienta. Terminamos el entreno a las 10 y, poco a poco, la gente se había ido  yendo y el gimnasio quedó vacío y, Hugo, se quedó solo encargado de hacer el cierre. 

Así que, mientras él recogía y preparaba todo para cerrar, yo, estaba en el vestuario  duchándome intentando bajarme del globo en el que me había subido y bajar el sofocón que  llevaba encima tras el entreno. 

Cuando salí dispuesta a irme a casa, Hugo, ya tenía todo recogido, había cerrado y estaban  prácticamente todas las luces apagadas y solo quedábamos él y yo en medio de la sala. 

Me acerqué a despedirme y nos quedamos los dos mirándonos frente a frente como si se  detuviera el tiempo.  

Yo, noté el fuego en su mirada y se me empezó a faltar el aire. 

Me quedé inmóvil, paralizada, sin poder mediar palabra, temblando y, sin tiempo de  reaccionar, Hugo, se abalanzó sobre mí como un Jaguar que acaba de cazar a su presa, me  agarró con fuerza y me cortó la respiración con el beso más apasionado que me han dado  jamás. 

A mí, se me cayó la bolsa y el aliento, casi me muero del infarto, no me podía creer lo que  estaba pasando, de pronto, me sentí como si mi alma se saliera de mi cuerpo y estuviera  flotando viendo la escena desde fuera. 

¡¡Madre mía del amor hermoso!!  

Nos volvimos total y absolutamente locos, y fuimos presos de nuestros instintos más básicos y  nos dejamos llevar con lujuria y desenfreno por todo el gimnasio. 

Sin darme cuenta, mientras me besaba como si le fuera la vida en ello, me iba desvistiendo y  empezó a recorrer todo mi cuerpo con su boca. Le fascinaban mis pechos así que se recreó un  buen rato ahí mientras yo, me retorcía de placer y mi respiración se aceleraba cada vez más y  más perdiendo totalmente el control. 

Me empotró contra una espaldera, me inmovilizó y me masturbó de la forma más deliciosa que  jamás lo han hecho. Yo, sentí que iba a explotar de tanto placer y no podía dejar de gritar y  temblar y me agarraba como podía para no desvanecerme. 

Después, me cogió en brazos y me sentó sobre una camilla y, allí, experimenté los mayores  orgasmos de toda mi vida.  

Empezó a embestirme suavemente hasta asegurarse de que yo estaba bien y disfrutaba de esa  postura y, cuando nos acoplamos y se cercioró de que había encontrado mi punto, entonces,  aquello ya se salió totalmente de control y aceleró el ritmo salvajemente.  

Con cada acometida yo sentía que me iba a desmayar, nunca nadie me dio tanto gusto ni fue  tan delicado, pero a la vez salvaje conmigo.

Yo, estaba alucinada de la habilidad, la sensibilidad y la delicadeza que tenía con sus manos,  con su boca, con su lengua y con todo su cuerpo. Era increíble la forma en la que sabía  exactamente como y donde tocarme y como hacer que me ahogara entre gritos y gemidos de  placer. Sabía equilibrar perfectamente los gestos de cariño y delicadeza con los gestos más  sucios y lujuriosos y, eso, a mí me estaba volviendo loca. 

No sé cuantos orgasmos tuve, pero si puedo decir que fue increíble. 

Cuando terminamos, me dio un ataque de risa nerviosa de la vergüenza tan grande que sentía,  porque, yo, soy hipervergonzosa y me quería meter debajo de la tarima para esconderme jajaja 

Nunca había vivido una situación así y soy una persona de relaciones largas y nunca he tenido  sexo ocasional por lo que fue como una nueva dimensión descubierta. 

De aquello aprendí que, a veces, la química y las feromonas se apoderan de ti y no tiene nada  que ver con el amor ni la admiración, es algo visceral, hormonal e incontrolable y es muy  importante saber distinguirlo para no caer en equivocaciones porque, aunque tuviéramos esa  química sexual, yo, siempre tuve claro que nunca hubiéramos funcionado como pareja y, eso precisamente, fue lo que me permitió vivir esa experiencia con total libertad y disfrutarla al  máximo sin expectativas ni angustias, solo, vivir el momento y dejarme llevar.

 

Anónimo

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