Es fácil entender de qué va la vida: naces, te mean encima, te crían a medias, estudias una carrera que odias, trabajas en algo que te da asco, y te mueres sin que nadie lo note demasiado. En el medio, te caes a pedazos. Pero como somos cobardes, nos aferramos a cualquier mierda que brille, aunque sea un poquito. Una conversación tonta, un jean viejo que vuelve a entrar, una noche buena entre diez malas. Eso, y dos o tres distracciones más, son lo único que evita que te metas una bala entre ceja y ceja.
Era enero, hacía calor, y yo tenía la cabeza en otra parte. Me metí al computador, abrí el navegador, y ahí estaba la sorpresa: una página medio escrita que mi pololo había dejado abierta como si no tuviera ni dos neuronas funcionando. Lo leí tres veces para estar segura de que no era una publicidad rara. Pero no. Era real. Era claro. Era sexo con otros.
No me hice la víctima. Me hice la gilipollas. Porque a veces necesitas saber hasta dónde llega la podredumbre. Me armé un perfil. Nada de fotos. Nada de datos reales. No quería que me reconociera. Quería cazarlo. Como una detective barata con el corazón hecho mierda.
El sitio ofrecía suscripciones para ir a fiestas de intercambio de pareja. Obligatorio ir con alguien. Así que si Alex ya había ido… ¿con quién mierda? ¿Quién se lo montó mientras yo lavaba los platos y pensaba que me amaba? Me latía el pecho como si me hubieran metido un puñal, pero me quedé callada. Podía ser que sólo estaba mirando. Que no había hecho nada. Pero igual, ¿por qué carajo se había metido ahí?
Pagué un mes. Lo hice sin pensar. Después me di cuenta de que no tenía con quién ir. Pensé en algunas amigas, pero no tenía ganas de compartir esta mierda con nadie. Así que hice lo que hacen las personas desesperadas: fui por el ex. Pablo. Ese cabrón siempre había dicho que Alex era un mocoso, que yo merecía más. Se creía superior porque trabajaba, porque sabía meter las manos bajo el capó del auto, porque me había tocado primero. Y porque me había engañado también. Pero bueno, de imbéciles está hecho el mundo. Yo incluida.
Le escribí. Le dije que necesitaba que me acompañara a una fiesta privada. No le conté los detalles. No hacía falta. Me respondió con un “¿a qué hora paso por ti?” y supe que iba a venir con el traje bien planchado y el ego hinchado.
La página me dio opciones. ¿Swinger clásico o BDSM? Lo pensé. No me asusta el cuero ni las cadenas. Es más, algo en mí quería que fuera más oscuro. Pero Alex… Alex era un romántico con cara de bueno. Nunca me habló de nada raro. Lo más kinky que hicimos fue en una ducha y ni siquiera había agua caliente. Así que aposté por la clásica.
Esa semana Alex se portó como si estuviera compitiendo por el premio al mejor pololo del año. Cocinaba, fregaba, me hacía masajes. Me miraba como si yo fuera su todo. Me daba ternura. Me daban ganas de vomitar.
Y entonces, llegó el remate: me dijo que el sábado iría a una fiesta con amigos. Que volvería tarde. Que no me preocupara. Uber de regreso.
Fue en ese momento cuando todo se juntó: el calor, la rabia, el asco. Me tomé una cerveza tibia que quedaba, encendí un cigarro, y pensé: perfecto, hijo de puta. Nos vemos allá.
Sábado en la noche.
Pablo llegó puntual. Se veía mejor de lo que recordaba. Siempre tuvo esa mezcla entre bruto y encantador, como esos tipos que huelen a cigarro y leña, que se ríen fuerte y miran lento. Me abrazó como si todavía fuésemos algo, y yo me dejé. No dije nada. Esa noche no quería hablar. Sólo observar. Confirmar.
Me puse un vestido negro entallado, con un escote profundo en la espalda y encaje apenas visible entre los muslos. Nada vulgar, pero sugerente. Él se puso una camisa oscura y una chaqueta que olía a su perfume de siempre. Nos fuimos en silencio, como dos actores yendo a escena.
La dirección nos llevó a una casona antigua en Lo Barnechea. Afuera no había ningún cartel, sólo un hombre con traje que revisó nuestros nombres en una lista digital. Entramos.
La música era apenas un susurro de jazz distorsionado. Las luces eran tenues, rojizas, y olían a cuero, vino caro y algo más… algo húmedo, cálido, casi animal. Gente elegante caminaba por los pasillos como en cámara lenta. Algunas parejas hablaban bajito, otras ya se tocaban sin vergüenza, hombres y mujeres, mujeres con mujeres, hombres con hombres… nadie preguntaba nada, nadie miraba con juicio.
Nos ofrecieron máscaras. Escogí una negra con detalles dorados, como alas. Pablo eligió una que le cubría media cara. Yo escaneaba rostros como una detective en una novela barata. No podía dejar de buscarlo.
Entonces lo vi.
Alex.
Con una camisa de lino blanca, desabotonada hasta el pecho. De la mano de una mujer alta, de piel oscura y labios pintados de rojo furia. Él no llevaba máscara. Estaba cómodo, como en su ambiente. Sonreía. Y yo… me congelé.
Pablo me miró. No preguntó nada, sólo se acercó y me susurró:
—¿Qué hacemos ahora?
No respondí. Pero tomé su mano y lo llevé hacia la habitación donde se escuchaban latigazos suaves. Una cortina roja nos recibió y al entrar, la temperatura subió.
La escena era explícita, pero elegante. Un hombre atado a una cruz de San Andrés recibía azotes con una fusta. Sus quejidos eran como gemidos de placer, no de dolor. Frente a él, una mujer lo acariciaba con un guante de encaje, como si cada caricia fuese un poema.
Una anfitriona se acercó a nosotros. Tenía los ojos delineados como un felino y el cuerpo envuelto en un corset de charol. Se presentó como Isadora.
—¿Primera vez? —preguntó con una sonrisa sin malicia.
Asentí.
—No tienen que hacer nada que no quieran —dijo—. Observen, participen, exploren.
Me ofreció una copa de vino. La acepté. Pablo estaba rígido, pero curioso. Yo… yo sentía una mezcla de rabia y deseo que me recorrió como un latigazo bajo la piel.
Más allá, vi a Alex. Se había sentado con la mujer en un diván. Ella le quitaba la camisa lentamente. Él se dejaba hacer, entregado. Y entonces, me miró. Nos cruzamos los ojos. Pero no me reconoció. No aún.
Sentí fuego en la sangre.
Me giré hacia Pablo. Le tomé la mano. Lo guié hasta uno de los divanes y me senté sobre él, montándolo. Su sorpresa fue breve. Me besó con fuerza, con la rabia acumulada de años. Mis caderas comenzaron a moverse con una cadencia casi tribal, provocadora. Sabía que Alex me miraba. Sabía que ahora sí me reconocía.
—¿Eso querías? —le susurré al oído a Pablo—. ¿Esto te calienta?
—Tú me calientas —gruñó.
Me reí. No por él. Por mí. Porque en ese momento no me sentía triste. Ni traicionada. Me sentía poderosa. Expuesta. Viva.
El resto de la noche se volvió una sucesión de imágenes: manos, piel, suspiros, cadenas, miradas que rozaban los límites del deseo y del morbo. Alex se había ido. O tal vez se quedó. Ya no importaba.
Yo estaba en mi propio juego ahora. Y no pensaba perder.
La copa de vino me quemaba los labios. No por el alcohol, sino por lo que estaba haciendo. O por lo que estaba a punto de hacer.
Estaba sentada sobre Pablo, montándolo con la ropa puesta, moviéndome lento, como una danza íntima que solo nosotros entendíamos. Pero no estábamos solos. Gente nos miraba. Algunos con disimulo, otros con deseo. Yo tenía los ojos fijos en uno solo: Alex.
Había quedado paralizado en medio del salón. La mujer que lo acompañaba seguía hablando, pero él ya no la escuchaba. Me miraba con una mezcla de incredulidad y excitación. La máscara no me ocultaba tanto. Yo quería que me viera. Yo quería que doliera.
Pablo me apretó las caderas, su boca llegó a mi cuello, me mordió suave, y entonces lo vi caminar hacia nosotros. Alex. Con el ceño levemente fruncido, los ojos oscuros, como si estuviera confundido entre la furia y la fascinación.
—¿Paula…? —dijo, ya sin careta.
Yo lo miré. Sonreí. Bajé de Pablo lentamente, con movimientos felinos, y me acerqué a él. Estábamos tan cerca que podía sentir cómo su respiración se agitaba. No dijo nada más. Me tocó la cintura. Fue un toque suave, como si no supiera si debía empujarme o abrazarme.
—Viniste —le dije. Mi voz era baja, firme, pero tenía veneno en la lengua.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—Lo mismo que tú.
Lo miré un segundo más. Después tomé su mano y la llevé de vuelta al diván. Pablo nos observaba, algo desconcertado, pero no se levantó. No protestó. Sabía que lo que estaba ocurriendo ya no se detenía.
Me senté entre los dos. Una mano de Pablo en mi muslo derecho. Una de Alex en el izquierdo.
Mis piernas se abrieron.
No habíamos hablado. No habíamos pedido permiso. Pero los cuerpos a veces se entienden más allá del lenguaje. Alex me besó. No fue un beso dulce. Fue posesivo, caliente, casi sucio. Y cuando me soltó, Pablo me tomó del cuello con una delicadeza inesperada y me besó él también. Diferente. Más profundo. Más lento. Como si quisiera que me acordara de él.
Sus manos empezaron a explorarme. Subieron por debajo del vestido. Sentí dedos, piel, calor, deseo compartido. Me quitaron la ropa como si fuera un ritual. Las luces tenues hacían que todo se viera como una película que nadie debía ver pero todos querían mirar.
Alex estaba arrodillado frente a mí, sus labios bajaban por mi vientre. Pablo me besaba en la boca y al mismo tiempo me acariciaba desde la espalda hasta los muslos. Yo estaba desnuda. Abierta. Vulnerable. Poderosa.
Y entonces, el triángulo se cerró.
Las bocas se cruzaban, los cuerpos se rozaban. Pablo y Alex no se tocaron entre ellos, pero sus manos coincidían sobre mí. Era como si yo fuera el puente entre dos versiones del mismo deseo. Uno familiar, intenso y algo roto. El otro crudo, resentido, primitivo.
No sentí culpa. Ni asco. Ni siquiera confusión. Me sentí deseada por los dos hombres que más me habían marcado en los últimos años. Me sentí el centro exacto del caos.
La gente nos miraba, sí. Pero era como si el mundo entero se hubiese cerrado a ese rincón. El diván. La piel. Las respiraciones al unísono. Los jadeos. El roce de cuerpos que sabían, que recordaban, que dolían.
…Alex me besó con hambre, con una rabia que me quemó la boca. Me sujetó por la nuca mientras con la otra mano me subía el vestido hasta la cintura. Sus dedos bajaron entre mis piernas, encontraron humedad sin esfuerzo.
—Siempre tan lista para mí… —susurró contra mi cuello.
No le respondí. Porque ya tenía la boca ocupada con la de Pablo, que me había tomado desde atrás, sus manos rodeaban mi torso, y sus dedos me desabrochaban el sostén con una precisión que sólo se logra cuando uno ha amado antes.
Cuando el sostén cayó, los dos me tomaron al mismo tiempo: Alex se inclinó y atrapó uno de mis pezones con la lengua, mientras Pablo mordía el otro hombro, con fuerza, con urgencia. Sentía sus dos cuerpos pegados al mío, los dos duros, erectos, calientes.
Mi respiración se volvió descontrolada.
—Quiero verte en medio de los dos —dijo Pablo, y su voz era más grave que antes, como si algo oscuro se hubiese despertado en él.
Me arrodillé en el diván.
Alex se colocó frente a mí. Se bajó los pantalones sin dejar de mirarme, mientras Pablo, detrás, abría mis piernas con las suyas. Sentí su sexo rozarme, apenas, todavía vestido, provocándome. Alex ya no me miraba con amor. Me miraba como un hombre herido que quiere cobrarse el cuerpo como revancha.
Y yo… los dejé.
Alex entró en mi boca, lento al principio, con esa falsa ternura que precede al descontrol. Pablo, detrás, me subió las caderas y bajó su ropa. Me acarició. Me abrió con los dedos. Me lamió una vez, apenas. Y entonces, sin avisar, me penetró de golpe. Gemí ahogada, con Alex dentro de mi garganta, con Pablo empujando con furia desde atrás.
Me tenían. Yo lo sabía. Y también sabía que, esa noche, les pertenecía.
Pero lo más intenso no fue el placer. Fue el momento exacto en que ambos se encontraron, mirándose sobre mí. Silenciosos. Conectados por mi cuerpo. Por todo lo que nos habíamos hecho. Y por lo que, en esa noche, estábamos dispuestos a perdonar con la piel.
Al final, cuando ya no quedaban fuerzas, cuando el placer había estallado como una tormenta de verano, me recosté entre ellos. Uno a cada lado. Sudados. Exhaustos. Silenciosos.
Nadie dijo una palabra.
Alex me tomó la mano.
Pablo se puso a mirar el techo.
Yo cerré los ojos. Y por primera vez en semanas… no pensé en morir.
Por Mae Keller
