Yo no sé si es que la vida tiene un sentido del humor retorcido o si simplemente hay cosas que están destinadas a suceder. El caso es que el otro día en una fiesta de una amiga, me encontré con Hugo. Sí, ese Hugo. Mi viejo compañero de piso que me ponía de los nervios. El tío era un desorden con patas, un experto en dejar pelos en la ducha y en agotar el papel higiénico sin reponerlo. Vamos, que durante la convivencia nos llevábamos como las cabras. Él siempre decía que yo era una maniática y yo le respondía que al menos a mí no me olía la habitación a calcetín podrido. Buen rollo, ya ves.

Pero claro, pasan los años, las personas maduran… y allí me lo encuentro, mirándome con esa sonrisa que no sé si siempre había tenido y que, de repente, parecía más atractiva que nunca. Quizá era el alcohol o la nostalgia o simplemente que Hugo ya no era el mismo universitario dejado de antes. Había algo diferente en él. En serio, era como si el tiempo hubiese pulido esas asperezas. Estaba más buenorro, las cosas como son. Y yo que no soy tonta, enseguida noté cómo las miradas iban cambiando de ese oh, cuánto tiempo sin vernos a ese mmm, cuánto tiempo sin tocarnos.

No sé en qué momento la conversación sobre nuestros viejos compañeros de piso se convirtió en algo más, pero cuando me di cuenta Hugo y yo estábamos en la cocina solos y la tensión se cortaba con cuchillo. Él se acercó un poco, la típica broma sobre si todavía era tan maniática como antes y al segundo ya estábamos pegados, con las bocas buscándose como si fuera el último chupito de la fiesta.

Empezó a besarme, primero despacio, luego con más ganas, y yo pensé: madre mía, ¿cómo es que nunca pasó esto antes? Sus manos bajaron a mi cintura, y yo me pegué aún más a él, sin poder evitar sonreír entre beso y beso. Era raro, ¿sabéis? Besar a alguien que durante años no podías ni ver y ahora no querías soltar. Hugo me levantó y me sentó en la encimera, y ahí ya nos importaba poco si alguien más entraba en la cocina. Mi vestido empezó a subir y las manos de Hugo ya estaban acariciando la piel de mis muslos.

Cuando Hugo deslizó sus labios por mi cuello y mordió suavemente mi clavícula, un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Y sus manos, madre mía, sus manos sabían perfectamente qué hacer. Yo no podía pensar en nada más que en cómo había cambiado todo y en cómo quería seguir explorando cada centímetro de ese cuerpo.

No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, entre jadeos, besos, y risas contenidas, pero os juro que cada segundo fue como recuperar algo perdido y al mismo tiempo descubrir algo nuevo. Y cuando finalmente llegó el momento de más piel y menos ropa, fue un subidón. Algo salvaje, algo que durante años había estado guardado sin que lo supiéramos. Yo que siempre he sido fan de New Girl, me acordé de la química brutal entre Jess y Nick. Esa misma rabia, ese mismo deseo.

Al final, no sé si fue la fiesta, las copas o simplemente que el destino había estado esperando hasta este punto para echarnos una mano (o un polvo), pero aquella cocina se quedó grabada en mi memoria. Hugo y yo nos reímos y nos reencontramos de una manera que nunca habríamos imaginado años atrás. Y oye, que a veces, donde hubo fuego, hay rescoldos… y si no los había, pues los encendimos bien esa noche.

 

Anonimo

 

Envía tus relatos a [email protected]