Hemos ido a comprarme un vestido al Corte Inglés y ha subido la temperatura en los probadores. 

Con el verano y más después de dos años de pandemia y restricciones, había empezado la época de bodas y yo no iba a ser la que me libraría de ir a una. Mi prima se casaba y necesitaba un vestido para la ocasión. 

Ninguna de mis amigas podía acompañarme así que llame a Carlos. Carlos es un amigo mío desde hace unos años. Siempre sentí que teníamos una tensión sexual no resuelta, pero no había cercanía en ese sentido por su parte aunque yo le bromeara. Yo lo llamaba en tono cariñoso «osito», porque lo veía muy parado y pensaba que quizás, ni le gustaba mucho el sexo. 

Fuimos al Corte Inglés porque era donde encontraría más vestidos de ese estilo sin tener que ir a una tienda pequeña donde me estuvieran mirando con lupa. Escogí 3 vestidos la mar de bonitos y un poco escotados. 

Fuimos a los probadores y él se quedó detrás de la cortina esperando. 

Salí con el primero de ellos y le dije que no me gustaba mucho, me hacía bolsas raras y definitivamente no era mi vestido y él me dio la razón. 

Me puse otro y me veía súper bien con él, era azul eléctrico con escote en forma de V y una raja en la pierna hasta casi las bragas, era muy sexy. Salí y le pregunté qué le parecía. 

   – Te queda muy bien la verdad, es bonito. 

   – ¿Tan solo un «es bonito»? ¿No has visto esto?- Dije bromeando y señalando el escote.

   – Tienes un pecho precioso, ya lo sabes, así que todo lo que te pongas te queda bien. 

   – Siempre tan educado y condescendiente hijo, para sacarte algo hay que hacer casi un máster. 

   – ¿Qué quieres que te diga entonces, que te follaría aquí mismo?

Mi cara cambio de repente, me sorprendió mucho su respuesta y levanté las cejas instintivamente.

   – No creo que me dijeras eso nunca, o eres muy osito o no me rozarías ni con un palo, ¡no sé que es peor!, anda ayúdame a desabrocharme la cremallera.- Le dije girándome ya que estaba en la espalda. 

Me empezó a bajar la cremallera y me besó el cuello. Me giré con cara aún más de sorprendida y cuando iba a hablar, me plantó un beso que me dejó atónita.

Por si no lo sabéis, los probadores del Corte Inglés son muy amplios y no están vigilados como en otros lugares, así que no me lo pensé demasiado y estiré de su camiseta hasta meterlo en el probador. 

Empezamos a besarnos y esos besos os aseguro que sabían a ganas, a ganas de dar rienda suelta a la tensión sexual que llevábamos años arrastrando. Pensé que después de tantos años jamás llegaríamos a ese punto, pero sucedió. 

Me agarró de las tetas y bajó un poco el vestido para lamer y mordisquear suavemente mis pezones. Jugué un poquito con él y mientras lo miraba fijamente iba bajando poco a poco besando su cuello y su torso hasta llegar a su pantalón. 

Desabroché su cinturón y lo miré con una sonrisa picarona. Por fin iba a descubrir que tenía escondido tanto tiempo entre las piernas y si me dejaba, notarla dentro de mí por un ratito. Jugueteé con mi mano por encima de su calzoncillo, acariciando su erección y besando la zona sin dejar de apartarle la mirada. 

Se notaba que quería más, en su mirada se podía intuir quería que se la humedeciera con mis labios y mi lengua, lo sabía. También sabía que llegados a ese punto, íbamos follar como animales y como podréis imaginar, después de tanto tiempo estaba deseando que fuera así.

Le bajé los calzoncillos y me la metí en la boca, lamí y succione, jugueteé con mi lengua alrededor del glande y me la saqué de la boca para darme golpecitos en la cara con ella y ver su reacción. Estaba mordiéndose el labio y me comía con la mirada. 

Me levantó y me apoyó contra la pared, me agaché un poco para dejar más a la vista mi trasero y me la metió de un empujón. Sus caderas fueron golpeando mi cuerpo y hundiendo más su polla dentro de mí.

Notaba como salía y entraba de mí, tan fuerte, tan animal y tan intenso, que estaba rozando el orgasmo. Se agachó y me besó la espalda, me pareció un gesto de cariño dentro de tanta fogosidad, en el fondo no dejábamos de ser amigos y nos queríamos un poquito.

Acto seguido, una de sus manos bajó por mi espalda hasta mis caderas mientras la otra me agarró del pelo. Sabía que era algo que me ponía muchísimo y por lo que vi ese día, a él también. Mientras marcaba la profundidad agarrado a mis caderas, me sometía a él cogiéndome del pelo, me volvía loca esa combinación y en unos segundos acabé.

Él se tuvo que dar cuenta porque contraje los músculos de la vagina y se la apreté más fuerte. Sentí como le palpitaba la polla.

Lo miré y nos besamos y abrazamos. Había sido una locura, pero ¡Qué locura tan deliciosa!

Así como apunte final, no me compré ese vestido, así que lo dejamos en su percha “recién follado” y no pudimos evitar que se nos escapara una sonrisa cómplice.

 

Oaipa

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