¿Y tú, tienes taladro?

Tumbados en la cama, uno al lado del otro, ni encima ni debajo. Era la postura que más se repetía desde hace un tiempo. Los dos chequeando el móvil y descansando antes de salir a hacer unos simples recados, de esos que las parejas intentan hacer siempre juntos para no perder el hilo.

De repente, un ruido fuerte. Un zumbido penetrante, un gran rugido mecánico retumbó en el dormitorio, venía de nuestra vecina de arriba. 

Nos quedamos mirando por unos segundos y Jesús comentó irónicamente la posibilidad de que la pared se cayera abajo por el aparato y de mi boca simplemente salió un “¿Y tú tienes taladro?”.

Esa frase hizo un clic en nosotros. Nos miramos y simplemente nos dejamos llevar. Me lancé a sus labios y suavemente fui besándolos, incrementando poco a poco la intensidad. Sabía cuanto le gustaba que jugara con la lengua y le besará de aquella manera.

Iba enloqueciendo poco a poco mientras bajaba por su cuerpo. Me entretuve un buen rato en su cuello, detrás de las orejas… le volvía loco y cada vez me pedía más que llevará mi mano a su paquete. Finalmente, se lo concedí. 

Le masajeé muy lento, quería que me suplicase y cuando ya lo tenía a mi merced, me la metí en la boca. Que rica sabía… Lametones, besos y hasta dentro. 

Empezó a tocarme, pero no le dejé, sabía lo que quería directamente y era tenerlo dentro de mí. Ahí, paré de besar su hermosa grandiosidad, le tumbé con ímpetu y me monté encima de el cabalgando, exigiéndole que me tocará los pezones.

Nuestros gemidos cada vez eran más fuertes y sabíamos que íbamos a acabar… Gritamos a la vez y se corrió dentro de mí. 

Nos tumbamos, nos abrazamos y nos dimos cuenta de lo mucho que nos echábamos de menos. 

Ese taladro… siempre será bienvenido en nuestra casa.

 

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